Usted está aquí: lunes 27 de marzo de 2006 Cultura Dientes

Hermann Bellinghausen

Dientes

Las calzadas, ejes viales y carreteras del país se han poblado de dientes. Más que nunca, gracias al concurso de candidatos a candidatos y los que, aún siendo de su condición, ya amarraron. Los calculo sonrientes en 95 por ciento de los casos. Exhiben la dentadura sin pudor, como si con eso inspiraran confianza.

Por suerte, las herramientas de la publicidad se han perfeccionado. Hoy con tantito photoshop se le practica ortodoncia virtual al cliente que lo solicite. Y dado el caso, le blanquean el esmalte como con bicarbonato.

Así que andar por la calle en estos días permite conocer, en carteles, espectaculares, y en autobuses por los cuatro costados, las próximas dentaduras que nos van a morder.

Sonríen. Los que ganen seguirán haciéndolo. No hay gobernador que resista la tentación de autoalabar los logros de su administración en curso con grandes retratos suyos enseñando los dientes satisfechos, paternales, cumplidores.

Difícil, en cambio, imaginar que alcance éxito electoral alguien con brackets o un diente de oro o chimuelo. Las leyes del mercado no se andan por las ramas. Que se haga rapero.

La exhibición dental dominante estos meses pertenece al primer tipo, el de los que todavía necesitan quedar bien. Convencer. Voten por esta sonrisa, no sean gachos. Sigan este eslogan pegajoso y revelador: "Integridad y esperanza para que las cosas marchen" o algo así.

Si se vale opinar, permítaseme decir que es una onda de mal gusto. Pésimo. Causa contaminación visual, desfiguración del paisaje, distracción de los automovilistas, perversión del idioma.

Las caras colgadas a ojos vistas, con optimismo y maquillaje hoy, serán mañana portadas de Proceso, y unas pocas quizá padezcan el tratamiento desaliñado de las fichas judiciales, esas que llevan numeración e incitan al morbo. Tras las rejas todos esconden los dientes, no se animan a mostrarlos. No ayuda, les dice su abogado. Al cabo se les habrán ido las ganas.

Pero que de momento gocen todos los privilegios plásticos que el Instituto Federal Electoral acceda pagar.

Más que en la calle, por televisión el desfile dental de los políticos se entremezcla con otros alardes de integridad odontológica. Los candidatos se internan en la jungla de los sonrientes profesionales: conductoras de la barra femenina, animadores de la conversación política, chismosos de la farándula, maestros de ceremonias en programas de variedad o de concurso.

Los políticos desperdician dinero, si se me permite. Es mala idea gastarlo en compartir constelación con las estrellas profesionales de la felicidad aparente, o con los anuncios de dentífrico, actuados por modelos guapos y guapas que la realidad partidaria no es capaz de igualar aunque se esfuerce.

Recordemos ese candidato de gran sonrisa que llegó a gobernador en tiempos recientes gracias a que era guapo, o al menos eso les hicieron creer a los electores. Como sea, y concediendo el beneficio de la duda, se trató de una excepción. Los candidatos y candidatas tienden a estar medio feyuyitos.

Convengamos que donde la guapura no alcanza bien aguanta una manita de gato. Candidato que no sonríe, aburre o asusta, y lo último que quiere esa gente es ahuyentar al público. Ni siquiera cuando profieren amenazas tipo "los derechos humanos no son para las ratas" o promesas de "mano firme aunque duela".

Solacémonos pues con el desfile de dientes, colmillos, y en los más confianzudos hasta premolares. El día que lleguemos a las urnas, si llegamos, para cruzar por los aspirantes de nuestra preferencia, pensemos en sus dientes. Eso disipará las dudas que, Dios no quiera, nos pudieran asaltar de último minuto.

 
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