Usted está aquí: miércoles 1 de febrero de 2006 Opinión Recordar: casa y compromiso

Arnoldo Kraus

Recordar: casa y compromiso

Todos los seres humanos habitamos muchas casas. Poco sabemos de las vivencias de la primera y nada de lo que sucede en la última. El movimiento quedo en el vientre materno anticipa el inicio de la vida, predice la toma de conciencia y anuncia la llegada de una nueva voz. En la tumba sucede lo contrario: finaliza el movimiento, la conciencia calla y el silencio perpetuo ocupa las paredes de la última morada.

A partir del útero, la imaginación y el deseo, muchas veces desbordados, construyen los primeros recuerdos, siembran las memorias primigenias y dan paso a los trazos iniciales de los futuros hogares. Esas evocaciones llenas de vida serán la tierra de las nuevas casas y las semillas para que la libido se transforme en recuerdo y el recuerdo en memoria. El recuerdo nunca es una obsesión desmesurada ni una vivencia sin sentido de ese difícil oficio que es el oficio de vivir. Todo menos es eso. Desde el primer hogar los recuerdos son piedras fundamentales del ser humano.

Con la muerte no todo muere. La mayoría de los muertos nunca fenecen del todo. Mudan de casa, dejan de apersonarse, cambian la cadencia de la voz, pero siguen inquietando, no por lo que dijeron, sino por lo que nunca más dirán. Quizás por eso, y por el peso de los recuerdos, los muertos nunca callan por completo. Quedan las añoranzas, los testimonios y la mirada. No mueren del todo, porque las evocaciones de los vivos son antídotos contra el silencio absoluto y dardos contra la inanidad que impera en las largas e infinitas noches de los cementerios. No mueren del todo, porque todo muerto susurra, y porque el mutismo siempre inquieta.

La vida alrededor de los túmulos es fuente inagotable de añoranzas, no sólo viejas, sino nuevas. A sus lados florecen los recuerdos y nace una forma diferente de entender y de construir. Una forma distinta de estar que permite aminorar el triunfo absoluto de la muerte. Una forma vieja y nueva, posible e imposible, bienhechora y aborrecible de habitar y de habitarse. Un camino que nos invita a habitarnos en la memoria y a construir con los recuerdos nuestras casas: las de los progenitores, las del cuerpo, las de la escuela, las de las calles, las de los hijos, las del alma, las de las muertes. Sembramos a partir de los recuerdos y con ellos nos edificamos.

Los recuerdos son un espacio infinito. Hay quienes piensan que son vacunas contra el olvido; otros los consideran semillas para la vida y algunos herramientas para habitar el presente. Con el paso del tiempo las evocaciones dan pie a una miríada de imágenes que no cejan, que no paran, que no dejan de preguntar y que no callan porque inquietan. Con ellas nace la memoria y con el tiempo la memoria se convierte en la casa del recuerdo. ¿Qué sería del ser humano si la desmemoria triunfase sobre la memoria y el olvido sobre el recuerdo? ¿Qué será de nuestra especie si silenciamos la voz de los supervivientes?

Este pequeño libro es un testimonio que reúne remembranzas y que evoca el valor de la memoria. Es un periplo obligado que indaga en las razones del Mal y que penetra, a través de la memoria, los motivos por los cuales algunos seres humanos pueden transformar el dolor y la muerte en vida y en esperanza. Los testimonios de los supervivientes, de las víctimas y de los seres abandonados son fuente inagotable de sabiduría; sus lechos deberían siempre ser escuchados y rescatados. No sólo para impedir que lo sucedido siga repitiéndose, sino como homenaje a su sapiencia y como enseñanza de lo que debe y puede ser la vida después de padecer dolores inenarrables y pérdidas irrecuperables. Esa mirada nace y se sustenta en el valor del recuerdo y en la voz del testigo.

Testigo y recuerdo es un binomio complejo e indispensable. Borrar a los testigos es la tarea principal del Mal. Toneladas de muertos inocentes, de cadáveres insepultos, de mujeres violadas y asesinadas y de desaparecidos sin rastro son fiel testimonio del poder del odio y de la sinrazón del Mal. Acabar con los testigos es acabar con los recuerdos

De la pervivencia del odio se escribe y se habla a diario en los medios de información. De la posibilidad de restañar las heridas y darle peso a la Palabra se ocupan los testigos. La Palabra, con mayúscula, es una de las armas principales para impedir que las huellas del terror sigan borrando las huellas del dolor y de las injusticias. Se dice que en la Rusia estaliniana, en las islas Solovetskiye, se mataba a tiros a las gaviotas para que no pudiesen llevar consigo los mensajes de los prisioneros. Esos celadores eran maestros del Mal. No asesinaban a los presos. Hacían algo peor: mataban su posibilidad de expresarse y con ello aniquilaban el alma y el peso de las Palabras.

En éste, y en otros ensayos similares, la voz del testigo es la voz del recuerdo y la memoria de muchos muertos que fallecieron como seres anónimos, sin tumbas, sin actas, sin rezos. Que dejaron de ser por el silencio cómplice y soterrado que despersonaliza al individuo y que exime a los verdugos. Sobrevivir a las matanzas transforma para siempre la mirada. Lo mismo sucede con la vida de los supervivientes: las sonrisas de los hijos evocan las sonrisas de los muertos, la felicidad de los vivos, los deseos de los ancestros, las calles del presente, las historias viejas y los recuerdos de la tierra natal, las paredes de las casas nuevas. Este libro es un libro cuya casa es el recuerdo y cuyo cuerpo es el testimonio. Este libro suma tiempos dolorosos, presentes inciertos y compromisos ineludibles. Este libro fue escrito para darle peso a la memoria, voz a la Palabra, y como mínimo homenaje a todos los testigos que devienen luz, y que a pesar de sus crudas vivencias, transforman el odio en vida.

* Texto leído en la presentación del libro ¿Quién hablará por ti? Un recuento del Holocausto en Polonia. AK (Editorial Taurus, 2005).

 
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