Usted está aquí: martes 24 de enero de 2006 Opinión Sandra Cisneros en Tepoztlán

Elena Poniatowska/ I

Sandra Cisneros en Tepoztlán

"La verdad me da pena admitir que han pasado 10 años y no he venido a México, me da vergüenza. Pasé nueve años escribiendo mi novela Caramelo. Pensé regresar para la promoción de la novela en México, pero tuve una agenda muy cargada en ese año 2002 y, cuando pude venir, el libro no estaba listo, 'Mexican time', ¿sabes? y cuando estuvo listo y la editorial Planeta me dijo: 'vente' yo estaba en Berlín, porque el libro se publicó en Alemania."

Alfred A. Knopf, la gran casa editorial de Nueva York, lanzó simultáneamente una edición en inglés de Caramelo y una en español, y el libro se agotó de inmediato y se tradujo a mil idiomas.

Sandra Cisneros va de éxito en éxito. Ninguna escritora chicana ha triunfado en grande como ella. Es un icono de los 37 millones de latinoamericanos en Estados Unidos. En Los Angeles, donde sitúa su primera célebre novela, La casa en Mango Street, la detienen en las esquinas para abrazarla, pedirle autógrafos, darle las gracias.

En Los Angeles, ¡imagínense nada más!, se habla más español que inglés. Sin embargo, Sandra escribe en inglés y tiene un público cautivo que la idolatra por vital y por graciosa. A todos los que alguna vez fueron mexicanos les gusta recordar su pasado y la leen con fruición porque escribe en forma coloquial y seductora de los tés de la abuela, los milagros en las sacristías de la iglesia de los Remedios, los clavadistas de La Quebrada, el rostro viril de Pedro Armendáriz, los tambores de Tongolele, la voz de Toña la Negra.

La acompañé en una conferencia en Washington, en el Museo de las Mujeres, vestida de manola, con peineta y abanico. Cautivó a un público devoto y reverente; lo mismo sucedió en Dallas: sus admiradores le llevaban hasta 10 libros apilados para que los firmara. ''Este es para mí, éste para mi tía, mi prima, mi sobrino, mis ahijados..." A toda la familia le tocaba un ejemplar. Incansable, Sandra nunca dejaba de sonreír, aunque ahora en Tepoztlán se pone seria al decir:

''Mis libros no han tenido ningún impacto aquí; es como echar una moneda en el cenote. No escuchas nada. De vez en cuando escuchas a alguien como Pablo Maya, que te dice que en Monterrey mandó imprimir 800 ejemplares para los estudiantes, pero si no, no hay repercusión. Aquí busqué algunos ejemplares de Caramelo y no los encontré. Tuve que traerlo a mano, como si fueran rompopes, porque no se hallaba ninguna de las dos novelas. Es un poco triste.''

Me aman en Italia

-¿Cuál es el país fuera de Estados Unidos donde tienes mayor recepción?

-¿Sabes dónde? No lo vas a creer: en Italia. Tengo una casa editorial muy pequeña, se llama La Nova Frontiera, una familia que hace un esfuerzo enorme, madre, padre, hijo, wonderful people. Ellos son mis ''coyotes culturales", ellos me cruzaron del otro lado. Mi libro Caramelo acaba de ganar el premio Napoli, porque los italianos se reconocen a sí mismos en Caramelo, en la xenofobia, en la lucha de los inmigrantes, en el maltrato que reciben, en su mala economía.

''En Italia ves a la mujer polaca vendiendo sombreros frente a un hotel, ves a las nanas peruanas gritando en el parque: '¡Daniela, Nina!', ves a los uruguayos que buscan trabajo. Por eso pegó mi libro en Italia. Además, los italianos son escandalosos como los mexicanos.''

-¡Y tú en San Antonio provocaste un enorme escándalo al pintar tu casa color morado, y todos hablaban de la purple house en un barrio residencial que uniformaba todas las casas!

La casa morada

-Yo no lo hago adrede, yo lo hago porque me parece bonito y a todo mundo le parece loco. Siento que ellos son los locos porque no piensan con el corazón, sólo tienen miedo de pintar sus casas del color que los haría felices.

-Tú me contaste que hasta los autobuses daban la vuelta frente a tu casa para enseñársela a los turistas, que estaban tan asombrados de que hubiera una casa morada en San Antonio.

-Sí, pasaban combis, porque la incluyeron en las guías de turistas, pero ahora mi casa ya no es tan escandalosa porque la pinté de color rosa mexicano. Todavía es un poco fuerte en comparación con mis vecinos y actualmente están pintando mi oficina de color amarillo cempasúchil y también creo que van a llegar los periodistas y las cámaras. Espero que no, quizá, puede ser, pedí permiso esta vez, pero van a acudir los periodistas, ¿no? No porque sea noticia, sino porque vivo en un pueblo, la gente es muy provinciana, muy de rancho, muy cerrada, muy limitada. Pesa más que una mujer pinte su casa de morado que el presidente Bush haga una guerra en Irak. Esa es la realidad, yo vivo en Macondo, en un mundo absurdo.

-Pero tú escogiste vivir en San Antonio.

-No, yo no lo escogí, yo fui ahí porque me dieron trabajo en un tiempo en que estaba huyendo de mi casa. Yo tenía que buscar un cuarto propio fuera de Chicago, porque tenía la obligación de asistir a la cena del domingo en casa de mis padres y el domingo era el único día en que podía yo escribir. Por eso me tuve que ir.

''Me quedé en San Antonio no porque me gustara, sino porque mi casa editorial en ese tiempo era Arte Público Press y ellos me avisaron de un trabajo en San Antonio y como escritora tenía que buscar una manera de ganar mis centavos y luego dejar de trabajar unos meses para poder escribir, y allá podía encontrar horas para hacerlo fuera del trabajo.''

Bad boys, mi primer libro

-¿Y tu primer libro de poesía fue My wicked, wicked ways?

-Mi primer librito de poesía fue Bad boys, después siguió The house on Mango Street y luego My wicked, wicked ways.

-Pero, ¿cuándo escribiste el poema en el que cuentas que, como sabes que a tu tío en México no le gustan las mujeres que tienen pelos debajo de las axilas, tú vas al baño del avión y te rasuras?

-Sí, fue en Loose woman. De repente yo iba a visitar a unos tíos en México: el vuelo de San Antonio a México es muy rápido, no te da tiempo; la azafata te sirve la comida, luego una bebida, e híjole, el avión vuela rápido, rápido, y yo creo que quiere llegar a la hora para ver la telenovela o quién sabe qué cosa y apenas si me daba tiempo de rasurarme en el baño.

Me fascinan los tiempos pasados

-Oye, Sandra, hace años empezaste una colección espléndida de joyería de plata antigua que ya no se encuentra en ningún lado. ¿Sigues haciéndolo? Recuerdo un collar de palomas que sostenían una cartita.

-Siempre me han fascinado los tiempos pasados. Cuando llego a México, busco un México que no existe. Soy producto de los inmigrantes que inventamos un México que existe solamente en el cine de la época de oro de Pedro Armendáriz, Emilio el Indio Fernández, Dolores del Río, María Félix, Columba Domínguez, Pedro Infante. (Por cierto estoy escribiendo sobre Columba Domínguez.)

''Todos los niños vimos esas películas en el San Juan Movie House, en Chicago. Siempre vamos buscando ese México que no existe. Me quedo aquí frente a una cerca como huérfano perdido, yo quiero conocer a la señora que puso los geranios en el bote de Mobil Oil, pero lo que yo quiero no existe, porque yo quiero entrar al pasado, mi cuerpo recuerda, mi cuerpo el que vino a México de vacaciones cuando era yo muy niña.

''Soy muy romántica, no tengo nostalgia de un sitio, pero sí la tengo de un tiempo, un tiempo en el que fui feliz.''

 
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