Usted está aquí: jueves 19 de enero de 2006 Opinión Los murales de María Izquierdo

Margo Glantz

Los murales de María Izquierdo

En febrero de 1945 se contrata a María Izquierdo para una empresa que, de haberse realizado, hubiera sido de gran significación para ella, si se tiene en cuenta que en esa época los pintores más importantes eran quienes habían decorado los muros de los inmensos edificios coloniales que la Revolución Mexicana había puesto a su disposición. Firma un contrato con Javier Rojo Gómez, jefe del Departamento del Distrito Federal, para que decore al fresco los muros y plafones de la escalera central de ese edificio emblemático, situado en el centro mítico de la ciudad, el Zócalo. Es interesante anotar aquí algunos datos, pues revelan la magnitud de la tarea que de haberse realizado hubiera completado el panorama mural citadino: una superficie total de 154.86 metros cuadrados, con un costo total de 34 mil 843 pesos de entonces. Para los muros se había elegido un motivo que ahora se nos antoja populista: ''El progreso de la ciudad de México" y, para los plafones, ''Las artes en general", tema alegórico en esencia.

De inmediato, pone manos a la obra, empieza a trazar bosquejos, levanta andamios, adquiere los materiales. Empero, la obra se retrasa y se enfrenta a varios tropiezos, aun antes de que se inicien los trabajos. Al cabo de los meses, el boicot se vuelve insoslayable. Se le avisa de pronto que se le ha cancelado el contrato y se le ofrece otro mural en un edificio de poca importancia. ¿Qué ha sucedido?

Tardíamente, cuando ya había sido firmado el compromiso, Rojo Gómez decide consultar sobre el proyecto a los pintores más influyentes del momento, Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros, quienes decretan que María no está capacitada para pintar al fresco, lo que en suma equivale a decir que hubiera podido participar en el proyecto solamente como pintora subordinada a un gran muralista: nos encontramos en el territorio conocido de lo patriarcal. María no se conforma, se moviliza, protesta; a sus cartas de reclamo contra las autoridades se adhieren figuras importantes; en vano, triunfan los poderosos. De los nueve bocetos que compo-nían el proyecto, María pinta sólo dos tableros transportables: La música (2.50 x 1.73) y La tragedia (2.40 x 1.70). ''Hice estos muros para demostrar que soy capaz de pintar al fresco y con proporciones monumentales, y que se me trató injustamente al rescindir mi contrato'', declaró María a la prensa.

María Izquierdo acostumbraba pintar directamente sobre el lienzo con colores vívidos y primarios, para convocar de esa forma ''lo oculto", según sus propias palabras. Al contemplar los murales, se hace evidente que no son sus cuadros más representativos; quizá su genio no se adecuaba perfectamente a las tiranías de la pintura alegórica o su manera de concebirla era muy distinta. Ella misma había definido el concepto que tenía de su propio quehacer artístico:

''Siempre ha sido mi propósito buscar en la técnica y en el estilo una personalidad distinta a la que tienen los demás pintores mexicanos, Me esfuerzo para que mi pintura refleje al México auténtico que siento y que amo: huyo de caer en temas anecdóticos, folclóricos y políticos porque dichos temas no tienen ni fuerza plástica ni poética, y pienso que en el mundo de la pintura, un cuadro es una ventana abierta a la imaginación humana.''

Combinación que hizo decir al poeta Antonin Artaud, cuando visitó nuestro país en la década de los años 30, que María Izquierdo era la expresión más acabada y auténtica de la pintura mexicana.

Pero ahora, después de estar almacenados o de peregrinar por diversos lugares, estos tableros pueden ya admirarse en la Sala de Actos de la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional Autónoma de México, gracias a los buenos oficios de su director, Fernando Serrano Migallón.

Las pinturas rebasan las dimensiones habituales de sus cuadros y el uso del color es muy diferente al que se despliega en la mayoría de sus composiciones de caballete; sin embargo, la masiva y escultórica disposición de los cuerpos, así como su postura inhabitual, su distorsionada perspectiva, la manera tan peculiar de distribuir las figuras dentro del lienzo y, también, de manera preponderante, el uso de elementos pictóricos que podrían describirse como cortinajes, paños, montones de paja, paredes y hasta nubes, más bien masas pictóricas, demuestran que, a pesar de todo, esos trabajos son muestra inconfundible de su talento.

 
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