Usted está aquí: jueves 19 de enero de 2006 Cultura Sancochado maratón de música en el Teatro de Bellas Artes

Escasos melómanos disfrutaron ese privilegio sonoro que duró más de tres horas

Sancochado maratón de música en el Teatro de Bellas Artes

Brilló el talento de Ute Lemper, Laurie Anderson y Philip Glass, entre otras estrellas

La soprano mexicana Olivia Gorra ofreció una sobresaliente actuación

PABLO ESPINOSA

Durante tres horas y media, la noche del martes se desarrolló en el Teatro de Bellas Artes un festival de música judía con una constelación de estrellas frente a un público que repitió esa dosis de ignorancia y prepotencia característica de su condición de dueños del dinero. Lo que menos le importaba, que era la música, brilló con el talento de Ute Lemper, Laurie Anderson, Philip Glass y otras personalidades del firmamento artístico en distintas disciplinas.

Antes de la hora de inicio, las ocho de la noche, frente al pórtico de Bellas Artes se deslizó el desfile de camionetas blindadas, un ejército de guaruras tras de ellas, rostros de suficiencia y miradas de reojo a las personas que se aprestaban a resistir el intenso frío de la noche frente a una pantalla gigante desplegada para el efecto, pues las localidades estaban agotadas muy de antemano para los poderosos e invitados al desfile de súperestars.

Desplantes ridículos

Desde el comienzo del concierto hasta el final no dejaron de sonar los celulares, las zapatillas hiriendo la duela, las pláticas de ''sociedad" entre butacas y el desprecio de los adinerados hacia la música, inclusive en las partes más sublimes, como en la Segunda Sinfonía de Mahler, cuando el comportamiento grosero de los ricos solamente en dinero (eran tan pobres que lo único que tenían eran chequeras) arremetía con murmullos, toses, más pláticas de falsa societé y otros desplantes ridículos.

El maratón sancochado se inició con el clarinetista Giora Feidman, quien ingresó a la sala por una entrada lateral entre el público con un solo de música klezmer, cuya afinación marcaría el talante del concierto entero: una tonalidad opaca, entre sepia y gris en busca del lamento que dio al traste con la selec-ción natural de un programa de repertorio judío, tono que quedó de manifiesto por completo en la última parte del programa, conformado con el pasaje final de la Sinfonía Resurrección, pues en busca de un efectismo ''dramático" (cuando Mahler en realidad despliega un aliento metafísico) el director, Elli Jaffe, marcó un tempo lentísimo que solamente rindió efecto en la parte de los solos de la masa coral, que fue la única parte de entre todo el conglomerado que logró un rendimiento óptimo, pues fue también evidente que los tiempos de ensayo no fueron suficientes en la parte instrumental para lograr una buena interpretación de la música de Mahler, tan erizada de dificultades técnicas.

Intensidades disparejas

Sobre el escenario se desarrolló en las tres horas y media de intensidades disparejas una serie de propuestas variopintas, mientras en las butacas seguía la chorcha de los adinerados. Por cierto, se había anunciado la presencia del Presidente de la República, cosa que no ocurrió para fortuna de los asistentes no adinerados, pues este ha sido el sexenio del relumbrón y cuando al mandatario se le ocurre pararse en algún concierto en Bellas Artes, el público sufre los estragos de un virtual estado de sitio por las ''fuerzas" de seguridad extremas.

Quien sí llegó a la cita fue la señora Marta Sahagún, pero no hubo discursos. De manera que el país se perdió de una nueva perla oratoria, es decir, otra de entre las propuestas culturales que Fox y Sahagún han aportado a la cultura nacional. Así pues, ni el Presidente citó a José Luis Borgues, sería porque no era judío el argentino ciego, ni la señora Sahagún citó algún verso de la gran escritora, esa sí judía, Rabina Gran Tagora.

Entre las virtudes desplegadas por las luminarias consagradas, es digno de destacar el desempeño brillante de la soprano mexicana Olivia Gorra, quien resolvió con maestría, concentración y exquisitez, la deliciosa dificultad de Dos canciones hebreas: Kaddish, del flaco de oro, Maurice Ravel, así como su parte en la Segunda de Mahler, donde sí se notó la ausencia de la máxima figura que se había anunciado para este acto, la soprano Jessye Norman, quien canceló en fechas recientes.

También particularmente notable fue la participación de Laurie Anderson, quien desplegó la parte más íntima de su especialidad, el recitativo poético, su noble oficio de contar historias, además de que pulsó su violín electrónico y su teclado formulador de maravillas.

La dama Laurie Anderson escanció historias poéticas a manera de cuentos zen. Pobló su prosa de alondras, fábulas, magia. Ironizó, al igual que Ute Lemper, las ''mentiras de los presidentes". Su magnífica prosodia alumbró una noche que se quiso para una ideología en particular y la rescató para un verdadero ejercicio libertario. Hay genocidios que se cometen hoy día con beneplácito de los dueños del dinero y de esos crímenes advirtió la artista, quien así enalteció el ''magnificente acto de escuchar".

De su parte, el maestro Felipe Vidrio, Philip Glass, escanció uno de sus intrincados Estudios para piano y enseguida los postró al servicio de la imagen, que es otra de sus especialidades supremas. Una suerte de Powaqatsi, pero de cámara y judío.

Transcurrieron así tres horas de privilegio musical para los escasos melómanos asistentes y de falsos privilegios para los dueños del dinero. Sólo eso. Y nada más.

 
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