Usted está aquí: miércoles 18 de enero de 2006 Opinión Indiferencia moral

Arnoldo Kraus

Indiferencia moral

Indiferencia es una palabra que no debería ser seguida por el término moral. A pesar de que la razón es obvia, la realidad es otra: la moral no debería ser indiferente. Indiferencia moral es una mezcla peligrosa que delata el inmenso peso del mal y que retrata lo que sucede actualmente en muchas partes del mundo y que permite, además, que las cosas malas que han pasado sigan repitiéndose. La vieja frase de Edmund Burke: "para que triunfe el mal, sólo es necesario que los buenos no hagan nada", ejemplifica bien la nociva trascendencia de la indiferencia moral. De mil maneras los avances tecnológicos de las sociedades modernas facilitan el crecimiento exponencial de la indiferencia moral.

La televisión, los cada vez más novedosos aparatos telefónicos, la tendencia a desechar todo, el imperio del ruido, el consumismo y un largo etcétera son algunos de los factores que minimizan al ser humano e incrementan la ceguera y el olvido. Es obvio, y así ha sido diseñado por los dueños del mercado, que existe una relación inversamente proporcional entre economía e indiferencia. Entre mayor sea el ruido y la aniquilación de la persona, menor la moral.

La indiferencia moral es una enfermedad que nos acompaña desde hace muchas décadas. Las guerras lejanas, los niños en situación de la calle o las niñas que paren niñas son ejemplos constantes y latentes de ese desprendimiento, de ese "no querer ver las cosas". Si a ese fenómeno se agrega el poco valor que se le otorga en muchas sociedades contemporáneas a la persona, el resultado es catastrófico. La propagación de los genocidios y la falta de castigo a muchos verdugos modernos son ejemplo de esa nefanda combinación.

Lograr que el ser humano se convierta en objeto invisible es una de las metas de la indiferencia moral y una de las constantes de las sociedades de consumo. Esa indiferencia se percibe cuando lo inimaginable se torna cotidiano -como sucede con los muertos de cada día en Irak desde la guerra de Bush-, o cuando lo cotidiano deja de sorprender, como sería la exoneración y el perdón de algunos políticos mexicanos, o cuando la justicia se desdibuja sin cesar -el caso Pinochet-, o bien cuando el dolor ajeno pasa casi desapercibido, como sería el asesinato y la violencia contra trabajadores migratorios.

Aniquilar a la persona resquebrajando su voz y minimizando su opinión, haciéndola invisible, son los pasos necesarios para conseguir que la indiferencia moral triunfe. No creo exagerar al decir que la sociedad contemporánea, sobre todo en Occidente, es una inmensa fábrica de indiferencia moral, donde la técnica -entre más sofisticada y avanzada mejor- sustituye al individuo. Pensadores contemporáneos han señalado que entre más burocrática y moderna sea una sociedad, mayor la posibilidad para impedir el juicio y la razón, fenómeno que deviene sujetos invisibles y que incrementa la posibilidad de que lo anormal -guerras, violencia, asesinatos en masa- se transforme en normal. Esa es una de las características de la indiferencia moral: lograr que el sujeto no aborrezca lo que otros humanos hacen a pesar de que sean actos inhumanos y conseguir que el individuo se integre a la masa que poco se inmuta y poco protesta.

Paliar la indiferencia moral es indispensable. No dudo que la mayor parte de las catástrofes humanas del siglo pasado triunfaron porque la indiferencia genera silencio e irresponsabilidad. El problema es contrarrestar el poder que la produce. Problema inmenso, pues sus rostros son proteicos, fuertes y capaces de penetrar y modificar muchas conductas de la sociedad. El poder y sus brazos se han encargado de pisotear e incluso borrar la dignidad del ser humano. ¿Cómo paliar la indiferencia moral y cómo detener la maquinaria que ha hecho que muchos seres humanos sean invisibles? Yermo de mejores ideas recurro a Jean Améry, quien aseveraba que la dignidad es el derecho a la vida. Lo contrario, sepultar la dignidad humana, es uno de los logros fundamentales de esa fatídica realidad: la indiferencia humana.

 
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