Usted está aquí: viernes 13 de enero de 2006 Opinión El muro en perspectiva

Jorge Camil

El muro en perspectiva

Sobre el muro se pueden adoptar dos posiciones. Una, la nacionalista, tan válida como cualquiera otra, exigiría confrontación: rasgarnos las vestiduras para buscar la manera de vindicar al pueblo de México por una ofensa que rebasa los límites de la vida en una moderna comunidad de naciones. Vaya, levantan muros los pueblos en guerra (fría o caliente); las dictaduras separatistas gobernadas por tiranos desequilibrados, como Kim Jong Il, que en plena época de Internet pretende tapar el Sol con un dedo ocultando la barbarie que ocurre en el interior. También construyen barreras infranqueables los pueblos invasores, para ampliar sus fronteras hincando las garras sobre territorios expoliados, o los fundamentalistas, que construyen murallas alrededor de alguna quimera basada en una supuesta pureza ideológica.

Esta vía, la de la confrontación, habría que buscarla no por conducto del gobierno federal, que ha actuado con la tibieza e impericia de siempre en un tema que ofende a los mexicanos, sino por medio de la sociedad civil. Usted y yo, que al fin de cuentas somos la elusiva "sociedad civil", podríamos organizarnos para sustituir la parálisis gubernamental e intentar detener la promulgación de la ley. Pero se requiere organización, liderazgo y solidaridad nacional. Con eso se podría armar un boicot de productos estadunidenses. No más refrescos de cola, hamburguesas, papitas, cereales, películas de Hollywood, donas caramelizadas, pizzas a domicilio o automóviles hechos en Estados Unidos (aun los japoneses armados en Detroit). Eso, y no el excesivo debate de los últimos días, es lo que daría resultado. Somos el principal mercado de productos estadunidenses, así que la medida obligaría a las empresas afectadas a exigir el repudio de la iniciativa de James Sensenbrenner (el legislador patriotero con nombre de sales para las agruras). Recuerde que para ellos time is money, and money makes the world go 'round (el tiempo es oro, y el dinero hace rodar al mundo). Además, cualquier acción reivindicatoria de la sociedad civil no debiera provocar represalias oficiales de Washington, pero con Bush es difícil predecir.

La otra es olvidarse del tema y reconocer que Bush ha sido finalmente atrapado por los fundamentalistas evangélicos que controlan el gobierno de Washington. Quienes le dieron luz verde para erradicar el terrorismo, y aplaudieron a rabiar cuando secuestró y torturó sospechosos (los cheerleaders de Guantánamo), hoy le exigen cuentas. Resulta que están en época de elecciones legislativas, y aun los más recalcitrantes derechistas republicanos comienzan a distanciarse, porque los muertos de Irak pesan mucho. Con los evangélicos nunca se sabe. Son, como decía Eric Hoffer, true believers (creyentes verdaderos, fanáticos); hoy están aquí y mañana, con el mismo grado de intensidad, aparecen del otro lado de la barda (o del muro). Por eso el editorial del Washington Post del sábado pasado comparó a Pat Robertson, el influyente predicador ultraderechista, con Mahmoud Ahmadinejad, presidente de Irán. Mientras éste, envalentonado por su programa nuclear, amenaza con erradicar a Israel de la faz de la Tierra, Robertson, el cristiano con cara de bobo que exigió a la CIA "deshacerse de Hugo Chávez", ha ventilado en los últimos días su fatwa contra Ariel Sharon: el derrame cerebral -dice, pontificando- fue castigo divino por devolver la franja de Gaza y parte de los territorios ocupados a los palestinos.

Así que Bush, en el peor año de su mandato y con un nivel de aprobación en caída libre, enfrenta a veleidosos electores que le exigen a un tiempo seguridad en la frontera, resultados militares en Irak y una estrategia de salida; también el triunfo republicano en las próximas elecciones legislativas y la aclaración de las escuchas ilegales.

El muro es la crónica de una estupidez anunciada, porque el 23 de marzo pasado, aún bajo la sombra del 11 de septiembre, México, Canadá y Estados Unidos suscribieron en Waco, Texas, sin aprobación de sus poderes legislativos, un misterioso "acuerdo ejecutivo" para fundar una amorfa entidad denominada "Alianza para la Seguridad y Prosperidad para América del Norte (ASPAN)", que tiene el evidente propósito de sellar las fronteras de Estados Unidos otorgándole a Bush facultades extraordinarias. (Aunque en México Eduardo Sojo, ocultando o desconociendo el verdadero propósito, haya pretendido vender el acuerdo como una extensión del TLCAN, para "mantener nuestras fronteras abiertas al comercio pero cerradas al terrorismo".)

La alianza de Waco, como otros instrumentos de política internacional, significó cosas distintas para cada suscriptor. Para Canadá, la oportunidad de incrementar lazos militares con Estados Unidos, y para los grupos que persiguen indocumentados, "un paso más hacia la desaparición de la porosa frontera con México". Para México, el invitado de palo, sólo cargas, porque el propósito es controlar el tránsito "legítimo y de bajo riesgo" en la frontera, para "combatir terrorismo, crimen organizado, tráfico de drogas y contrabando de migrantes y mercancías".

 
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