Usted está aquí: jueves 12 de enero de 2006 Opinión Otro régimen de partidos

Adolfo Sánchez Rebolledo

Otro régimen de partidos

A falta de algunos detalles, están listos los partidos que disputarán la contienda electoral de 2006. Todos compiten por ganarse al electorado, pero sólo tres tienen posibilidades reales de hacerse con la victoria. Los otros, dicen, cumplen un papel testimonial y, en el mejor de los casos, si consiguen el registro definitivo podrán ser una especie de fiel de la balanza en situaciones de empate.

El gran problema, sin embargo, está no en lo que hagan o dejen de hacer todos estos partidos -grandes y pequeños, viejos y nuevos- para reproducirse y en su caso ganar el poder, sino en la erosión creciente del régimen de partidos como tal, en la distancia que separa al ciudadano común de los profesionales de la política, esto es, en la crisis de representación que se vive actualmente.

Un sistema democrático requiere de partidos y grupos parlamentarios vivos, sensibles a las necesidades de la calle y, sobre todo, capaces de imponerse tareas intelectualmente más exigentes que las que normalmente se piden a los oradores vecinales o a los asambleístas estudiantiles o parroquiales.

Pero no es eso lo que nos dan los partidos actuales. En ellos se advierte una especie de sordera prematura causada por los altos decibeles de sus contiendas internas, el aburrimiento de quien se sabe privilegiado por un código electoral elaborado para tiempos más difíciles que éstos y no arriesga nada. Se dirá que esta apreciación es exagerada, pues en todas las formaciones hay individuos, líderes o simples militantes cuyo esfuerzo merece reconocimiento; que hay candidatos cuya presencia trasciende el estrecho marco partidista y grupos dispuestos a realizar un esfuerzo de calidad para elevar el tono general de las campañas. Y, sin embargo, sigo pensando que, así como en 1977 la ley comenzó a modelar el sistema de partidos vigente, hoy hace falta una reforma mayúscula para poner en sintonía con la vida nacional el funcionamiento de éstos. Me refiero, por supuesto, a los temas del financiamiento y a otros que ya han sido consignados como asuntos pendientes en la agenda legislativa.

Pero hay algo más. Se trata de pensar seriamente si éstos son realmente los partidos que nos merecemos. Me explico. Si el PAN, por ejemplo, dice que ganando las elecciones perdió la Presidencia con Fox; si el PRI no acusa internamente el descrédito que lo llevó a la derrota de 2000; si el PRD continúa creyendo que las banderas de izquierda son el botín de sus corrientes, entonces algo está podrido en Dinamarca y hay que comenzar a picar piedra para reconstruir el "régimen de partidos". En condiciones políticas "normales", los conflictos internos ya habrían dado lugar a nuevas formaciones, toda vez que son irresolubles. Pero esto no ocurre porque persiste el monopolio del registro, llave de todas las prerrogativas. El resultado es que la diversidad realmente existente no se expresa por vías institucionales, pero explota paralizando la vida interna de dichos partidos o se recrea paralelamente de la mano de los candidatos.

Es verdad que la ley prevé la formación de nuevos partidos, pero en cierta forma, en vez de asegurar el cumplimiento de requisitos mínimos, tal disposición es un candado para mantener intocado el tripartidismo vigente: la experiencia demuestra la imposibilidad de construir una candidatura y un partido al mismo tiempo. De paso, se olvida que un partido ha de ser antes una "corriente", es decir, un punto vista social y político, incluso un referente moral reconocido por los futuros militantes y, luego, por una parte de la ciudadanía. Un partido, en el sentido amplio de la palabra, existe únicamente por la voluntad de sus miembros, por los intereses y, en general, por las ideas que sostiene. Es decir, es autónomo respecto a otras consideraciones políticas o legales. ¿Se puede llamar partido "nacional" la reunión de un grupo de individuos sin ideología dispuestos a mercar con el mejor postor? Mucho se habla de la pulverización de los votos y se magnifica con razón el tema del financiamiento, pero en este punto hay que andarse con pies de plomo, pues es obvio que en esta materia se requieren ajustes de fondo, es decir, una restructuración completa del modo en que concebimos la relación entre política y dinero, una vez alcanzados los objetivos de la transición. Aquí no cabe más que reformar la ley para separar el "registro" del financiamiento, condicionando el acceso al dinero público a los votos obtenidos en la urnas.

En algunos países democráticos se permite a partidos muy minoritarios aparecer en las boletas, de modo que se acepta en su totalidad el pluralismo sin temor alguno a la dispersión, asegurando que todas las voces se oigan con independencia de sus recursos. Si ese derecho de las minorías a la participación no se asegura, ¿de qué democracia estamos hablando?

En ciertos asuntos la participación "minoritaria" es y ha sido muy relevante, como ha ocurrido, por ejemplo, con la defensa de la diversidad, concebida como una categoría política imprescindible que no se disuelve en el concepto de desigualdad, propio de las izquierdas en general. La lucha sostenida por los derechos de la mujer y, más recientemente, contra la discriminación étnica o sexual, tiene una importancia estratégica en la constitución de una sociedad más tolerante y libertaria. ¿Debe caber en el régimen de partidos una formación que se proponga como tarea central la expresión positiva de los derechos humanos? Por supuesto que mi respuesta es positiva.

 
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