Usted está aquí: lunes 9 de enero de 2006 Cultura Ver puede dañar la vista

Hermann Bellinghausen

Ver puede dañar la vista

Empezó a usar lentes cuando regresó de la laguna, como si sus ojos se hubieran abismado en el azul del fondo, sin saber qué es lo que vio, si acaso vio algo.

Era demasiado joven para conocer las leyendas de antes. Una vaga idea si acaso, de una historia hecha de amor y magia, como cualquier tragedia romántica. Una superstición popular.

Pero toma pocos pasos ir del "no se te ocurra nadar allí" al "ten cuidado", y por fin al olvido. Total, quién cree en esos cuentos.

De un día para el otro se volvió miope, a varias dioptrías de distancia de su visión anterior. La capacidad panorámica de la mirada se perdió en la laguna después de flotar en una lancha de remos sin más compañía que el Sol o las estrellas del día y la noche, y las guabinas que asomaban en los nerviosismos del agua lacia.

Como vio lo que vio, no lamenta la súbita cortedad de su vista; sólo se hace preguntas incontestables. Al inicio de la tarde el calor lo puso en la parrilla, así que en cueros, igual que rana, se echó un clavado y nadó y buceó un buen rato, hasta que aprendió que el azul es verde, que las ondas líquidas llevan cabelleras, y que ciertos abrazos duran una eternidad. O deberían.

Cardúmenes de peces diminutos y posiblemente ciegos que pegan sus bocanadas torpes en las piernas y la espalda, cual benignos mosquitos que no sacaran sangre. Sintió cosquillas.

La criatura que encarna las leyendas de la laguna le atrapó tan suavemente la cintura que debió suspender su natación subacuática, como el gavilán deja quietas las alas abiertas y se deja papalotear por las corrientes del aire.

Le vio los ojos de cerca y de frente, y aún hoy no logra decir si son verdes, azules o terracota. Pero los recuerda con la exactitud que hay en el paso de lo desconocido al conocer bien y por completo.

Naturalmente, le faltó oxígeno y tuvo que nadar a la superficie como flecha, rompió en el aire y tragó el que pudo, entero, con sed ahogada y los labios morados.

"Me tocó", recordaba su piel, aún sintiendo las yemas de la hermosa criatura, los ojos y el espacio de su boca (alguna clase de boca debió ser).

Recobró la fuerza y el orgullo, se sumergió de nuevo. Infructuosamente. Ni rastro de la onda, criatura o cosa que lo había abrazado unos minutos atrás. Le quedó sólo un adiós a solas, partido por la mitad, como quien dice.

Le tomó tiempo, hasta el calambre, aceptar que uno pierde todo lo que encuentra. Luego de un par de intentos más, braceó a la lancha a la deriva, la mente en blanco y el cielo sin nubes, en un tránsito de azul a púrpura hasta cerrarse progresivamente en lo negro.

Ahora sólo mira de cerca. Aprovecha para leer, pecho tierra si hace falta. En cierto modo, ya no salió de la laguna ni alcanzó la orilla. En cierto modo no es esta persona entre nosotros cuyo nombre conocemos. Su verdadero ser sigue allá, en el fondo de la laguna, ante unos ojos que no termina nunca de descifrar.

Acá afuera sus ojos limitados son la huella de una ausencia que le es fiel y no se aleja ni cuando se tumba a descansar.

 
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