Usted está aquí: miércoles 4 de enero de 2006 Opinión La doble campaña

Enrique Dussel A.*

La doble campaña

El argumento que quiero exponer consta de dos premisas. La primera señala que el enemigo a vencer por la elite en el poder en México, después de 76 años, es el candidato de un partido de izquierda a la presidencia. Todo otro enemigo es secundario en el corto plazo de seis meses.

La segunda premisa indica que, según especialistas nacionales y extranjeros en encuestas políticas, los que definen las elecciones, cuando hay un amplio margen de la población indecisa (hasta 40 por ciento hoy en México), éstas reaccionan como un voto de castigo ante los errores de los gobiernos recientes (de los 76 últimos años). Si hay votación masiva (mayor de 65 por ciento) el candidato indicado difícilmente será derrotado. Los votos "duros" de los partidos cuentan si hubiera baja participación, menos de 50 por ciento. Hacer que la población no vote es un objetivo táctico fundamental para la elite en el poder.

Radio Monitor, con gran lujo de detalle, anuncia el 31 de diciembre de 2005 que el 1º de enero comienza la otra campaña. Me extrañó que dieran tanta importancia a la noticia (repetida varias veces), siendo que Enrique Muñoz no pierde ocasión de criticar al candidato indicado, y la anunciaran de la siguiente manera: "Una campaña para formar un frente de izquierda no electoral". Lo que me llamó de nuevo la atención es que se definiera no en positivo (por ejemplo, informando que se realizará una crítica al capitalismo, a la influencia estadunidense en nuestro suelo, etcétera), sino lo de "no electoral". Esto me advirtió sobre la manera en que la elite en el poder quiere manipular la otra campaña, contra la voluntad de los que la organizan (que cuentan desde hace años con mi decidido respaldo ideológico y político, manifestado en mis obras, artículos y libros, conferencias y cursos). Es decir, se propone dividir a la izquierda entre: (a) los que se sentirán responsables por los destinos de la patria, a la que hay que rescatar, y militantemente jugarán un papel en la primera campaña, y donde la juventud de izquierda deberá cumplir una función importantísima en la propaganda, en el convencimiento, en el uso de todos los medios a disposición para alcanzar la Presidencia; (b) de la juventud de izquierda que, comprometida en la otra campaña, deberá necesariamente disminuir, o simplemente no intervenir, en la primera campaña.

Dividir la ya menguada izquierda militante, y sobre todo la juventud que es mucho más minoritaria, pero fundamental por su entusiasmo y decisión, debilitará la primera campaña y, además, podría presentar un falso dilema teórico y estratégico a la ciudadanía en general.

Pareciera que lo de la elección presidencial es una acción menor para llenar escrúpulos de pequeños burgueses que se sentirán satisfechos de compensar la imposibilidad de una revolución con una transformación de maquillaje; tal sería la elección de un presidente de la república. Mientras que la lucha revolucionaria contra el capitalismo y las reformas de fondo, que sólo se logran a largo plazo y por una concientización profunda que supone otra política, es la tarea inmediata -en el tiempo- que debe absorber la totalidad del esfuerzo, dejando para los reformistas la primera campaña.

Creo que el dilema es falso; la argumentación es débil y, sobre todo a corto plazo (en los próximos seis meses), es política y estratégicamente cuestionable.

Una elección presidencial en México tiene hoy importancia capital en la historia latinoamericana y nacional. Si tomamos en primer lugar la significación latinoamericana, el "cambio de rostro" -del que nos habla Fidel Castro- que viene produciéndose en América Latina (con Néstor Kirchner, Tabaré Vázquez, Luiz Inacio Lula, Hugo Chávez, Evo Morales) cobraría un carácter irreversible con la presencia de un presidente de la misma inspiración en México. Adviértase que en 2006 habrá además elecciones en Haití, Perú y Nicaragua (pudiendo volver al poder el Frente Sandinista de Liberación Nacional, sea cual fuere el estado en que se encuentre). La potenciación de la experiencia del Mercosur, con la entrada de Venezuela y Bolivia, recibiría un remate final si México pudiera igualmente intervenir en ese organismo de integración latinoamericana creciente.

Un gobierno que pudiera invertir el ejercicio del poder desde el Ejecutivo es también muy importante. Estamos demasiado acostumbrados (desde Hernán Cortés, aunque con honrosas excepciones) a que el ejercicio del poder siempre se haya fetichizado. Entiendo por fetichización del poder el ejercicio del poder del Estado o de alguna institución de gobierno que pretende que es soberano, que ejerce la autoridad desde sí, que es autorreferente, frecuentemente al servicio de una potencia extranjera (España o Estados Unidos) o de las elites criollas. "Los que mandan, mandan mandando." Lograr que se ejerza de otra manera el poder, de manera que dicho ejercicio delegado del poder sea un servicio responsable al pueblo mexicano, a la gente, para que "los que mandan manden obedeciendo" (le llamo a este tipo de poder, en mi próxima obra Política de la liberación, el "poder obediencial"), no es pequeño intento. Claro que no es sólo devolver el poder al pueblo (el único y último soberano), sino igualmente reformar el Estado (lo que a corto o largo plazo supone un cambio radical de la Constitución y de la concepción misma del Estado). Todo esto depende a mediano plazo de una "política electoral" inevitablemente. Despreciarla es cuestionable. Porque, de haber un cambio de inspiración en el gobierno nacional, la ocupación del ejército en Chiapas debería terminar de inmediato, la autonomía indígena entraría en una fase de estudio efectivo; se podría pensar en el rescate de Pemex, del gas y de la energía eléctrica; se vería la importancia de estudiar la reducción de la deuda externa e interna (como ha hecho Argentina), el ajuste de cuentas del Fobaproa y el IPAB, etcétera. Las condiciones políticas para el logro a largo plazo de la otra campaña se darían con muchas más posibilidades de efectos tangibles.

Todo se trata, tácticamente, de un problema de ritmo y de uso del tiempo (que en la estrategia política es esencial). Dicen los Proverbios que "hay un tiempo para llorar, y un tiempo para reír". Por ello no hay que equivocar los tiempos. Las dos campañas son complementarias y estratégicamente deberían tener un mismo fin. Oponerlas daría lugar a muchos equívocos teórico y práctico. Hay que ordenar los tiempos y dosificarlos tácticamente.

En los próximos seis meses la primera campaña debe jugarse a fondo, por toda la izquierda unida, el centro izquierda ampliado y los ciudadanos de buena voluntad que están cansados de las traiciones que la patria sufre de la elite en el poder, para que nos gobiernen políticos que cuando "manden, manden obedeciendo" a la gente.

Esto no quiere decir que haya que dejar de efectuar el trabajo de la otra campaña. Como se trata de una campaña del largo plazo, revolucionaria, de fondo, es adecuado que se vayan dando sus pasos, pero mostrando públicamente que en este tiempo (en el corto plazo de los seis meses prelectorales) no hay enemistad entre las dos campañas, sino fraternidad, estricta colaboración, con autonomía, es verdad, y aun con saludables críticas (pero críticas constructivas y no puramente destructivas).

El que quite entusiasmo a la ciudadanía por la participación electoral de julio de 2006 opera contra la transformación (la Veränderung de la que nos habla Marx en las Tesis sobre Feuerbach) histórica, y, aunque no se tenga conciencia, desvía el caudal del agua hacia el molino controlado por la elite en el poder. ¡El enemigo de mi enemigo -dice esa elite en el poder- es mi aliado!

¡Es una cuestión de principios, no de personas!

* Filósofo

 
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