Usted está aquí: miércoles 4 de enero de 2006 Opinión La derecha: posturas y disfraces

Luis Linares Zapata

La derecha: posturas y disfraces

El arsenal de argumentos hoy en boga, esgrimidos por algunos críticos con irrefrenables tendencias inclinadas hacia la derecha del espectro político, recala en dos aspectos: uno visualiza el futuro de la contienda electoral de 2006 como territorio bajo cerrada disputa, a tercios iguales, entre las fuerzas contendientes principales del PAN, PRI y PRD; el otro, derivado de lo anterior, adelanta un supuesto negativo, o de rechazo, al veredicto de las urnas por parte de López Obrador de serle éste contrario a sus pretensiones. Un agravante lo presenta la predicción, no contemplada hasta ahora en sondeos, de una diferencia entre vencedor y vencido de apenas uno o dos puntos porcentuales. Bajo tales como improbables escenarios, la protesta, claro está, sería del perredista perdedor, quien para su defensa recurriría a lo que sabe hacer: la movilización callejera. Nada se dice de la que levantarían los panistas o priístas a pesar de las múltiples evidencias pasadas (Veracruz, Oaxaca, Colima, Nayarit); hasta los demócratas de Al Gore lo hicieron en similares condiciones (Florida, Estados Unidos).

Esta negra perspectiva va acompañada o precedida de noticias no confirmadas ni precisas sobre visitas al país de diversas delegaciones de analistas, académicos, funcionarios públicos y hasta legisladores federales estadunidenses en busca de información que mitigue la seria preocupación que, supuestamente, ya inunda a los medios decisorios de los vecinos del norte. El llamado al temor, la siembra de la inestabilidad venidera y la injerencia externa quedan así en el sitio adecuado para la sospecha y la desinformación.

Ninguno de los críticos que recurren a tales argumentos confiesa sus reales intenciones, menos aún transparenta las razones para defender sus posturas de fondo. Lo que hacen es disfrazarlas bajo la aparente descripción de pensables acontecimientos futuros. Ninguno de ellos tiene sustento en los estudios demoscópicos recientes, que apuntan una marcada diferencia (7 a 11 puntos de diferencia) entre el adelantado, en todos los casos AMLO, y los intercambiables segundo y tercer lugares. En primer término porque tales métodos de auscultar la opinión o las actitudes del electorado en un momento específico no tienen la capacidad predictiva que se les solicitan. En segundo lugar porque las series de estudios publicados no apuntan en tal dirección, sino, por el contrario, acentúan la posibilidad de que se mantenga la distancia registrada, tal como ha ocurrido a lo largo de más de dos años.

De inmediato surge el argumento que esconden entre ropajes de juiciosos analistas. En ese descrito caso imaginario, es probable (por su pasado contestatario que asumen cierto, abarcador y continuado), afirman con estudiada sencillez, que López Obrador, de resultar perdedor, no acepte un resultado desfavorable y cuestione la validez de todo el proceso. Como apoyo a sus fulminantes conclusiones arrojan al aire otra verdad que no requiere demostración adicional. Y no la requiere porque, asumen, dimana de sus asentadas biografías de hombres o mujeres de prestigio, probadas en un sinnúmero de apariciones ante las amplias audiencias que les proporcionan unos medios masivos obsequiosos para con sus atrevidas disertaciones: AMLO recurrirá a la movilización callejera y desatará un proceso de inestabilidad que mucho habrá de costar al país. El peine oculto queda expuesto, está a la vista de los temerosos votantes, ésos que, suponen, pueden cambiar de parecer. Esa clase de votantes que recogerían los juiciosos panistas del joven inflado o, en su ausencia, el persistente priísta que espera agazapado cualquier error de los revoltosos.

Varias son las acusaciones que no se atreven a enunciar de manera directa dichos observadores a futuro de hechos que, muy posiblemente, no sucederán. Una es la del guía iluminado que se coloca por encima de las leyes junto con la del político que no construye acuerdos, sino destruye instituciones. Por eso, aclaran de inmediato, la constante labor de zapa que AMLO lleva a cabo con sus críticas tanto al IFE como a la Suprema Corte de Justicia.

Se refieren tan astutos críticos con hálitos de imparcialidad a las hechas cuando Andrés Manuel reclama a los consejeros del IFE algunos de sus parciales y hasta confusos dictados (prohibir sus viajes proyectados, por ejemplo) o cuando anticipa sus intenciones de imponer la mayor de las austeridades en el ejercicio público. La alusión a los elevados emolumentos que cobran los jueces, las prerrogativas fuera de normas establecidas que se han ido asignando y de las cuales hay suficiente evidencia documental, se transforman en actos disolutivos. De aquí sacan la irrefrenable propensión del tabasqueño a destruir las instituciones que tanto trabajo ha costado levantar. Una consecuencia compartida con esa izquierda anarquista, deslizan como conclusión. Saben que de prosperar tales prejuicios el miedo se extenderá, cundirá la desazón entre un electorado al que piensan reaccionario, temeroso, estúpido. Poca mella harán con su inquina en ese amplio sector de la sociedad que ha decidido respaldar una opción de cambio frente a la de la continuidad. A estos adivinadores del porvenir habría que recordarles el poema de García Lorca cuando dice: "aquí pasó lo de siempre, han muerto cuatro romanos y cinco cartagineses".

 
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