Usted está aquí: lunes 2 de enero de 2006 Cultura Concierto para sonrisas de la Filarmónica de Viena para homenajear a Mozart

Por primera vez se pudo disfrutar en México el recital de Año Nuevo en vivo

Concierto para sonrisas de la Filarmónica de Viena para homenajear a Mozart

PABLO ESPINOSA

El 2006 inició con un hermoso homenaje a Mozart y el estreno mundial de un Concierto para teléfono celular y orquesta, otro para Pistolón y Orquesta, uno más para Aplausos y Orquesta, otro para Silbatitos y Orquesta y el más radiante de todos, transmitido a todo el planeta desde la sala Musikverein de Viena: un Bello Concierto para Sonrisas y Orquesta Opus Morocus Topus.

Merced al avance tecnológico, la masificación de la humanidad electrónica se ha convertido en buena parte en humanismo. Entre sus bondades figuró en las primeras horas de este año la posibilidad de estar, en vivo y en directo en la mismísima Musikverein, la sala sede de la segunda mejor orquesta del mundo, que es la Filarmónica de Viena, y mientras lo más rancio de la aristocracia vienesa y japonesa y otros dueños del dinero tosían afectadamente (en euros) enfundados en fracs, pieles y perfumes caros en aquella sala de privilegio, uno podía disfrutar plácidamente en casa en pijama y en pantuflas y además con las bondades tecnológicas, pues podía conectar la pantalla gigante a un poderoso amplificador Harmann Kardon y un juego de cinco bocinas Polk Audio y, con la asesoría del experto Cuauhtémoc Valdiosera, un par de bafles B&W ingleses. Pasu.

Asistimos así al debut del director letón Mariss Jansons en el Olimpo de los directores consagrados que cada año inauguran las cabanillas con el desparpajo, optimismo, alegría de vivir de los valses de la familia Strauss. La primicia obedeció a la inclusión, por vez primera, de México en la lista amplificada de países a los que se transmitió en vivo la señal desde Viena. Además del ascenso de Mariss Jansons, el programa incluyó una serie de modificaciones que dotaron de frescura al formato que ya todos nos sabemos de memoria pero que siempre disfrutamos con la alegría de la primera vez. La más importante, fue la inclusión de la obertura para Las bodas de Fígaro, a manera de pastel del cumpleaños 250 de Wolfangus Amadeus Muzartus, además del estreno mundial de varios valses de los Strauss que glosan alegremente melodías de las óperas de Mozart, como la partitura titulada Kunstler-Quadrillen.

El momento estelar ocurrió con otro estreno mundial, el de la partitura titulada Telephon, una "polka francaise" escrita por Eduard Strauss (1835-1916) que celebró el nacimiento de esos en aquel entonces aparatotes y hoy aparatitos, el sonido de uno de los cuales incluyó el hermano de Johann Strauss al final de su polka (ahí fue donde la polka torció el rabo again and again and again).

En la interpretación que disfrutamos ayer en vivo por televisión, al llegar al final de la obra ocurrió uno de los mejores chistoretes que jamás se hayan concebido en un concierto pues empezó a sonar un teléfono celular en la sala, como si alguno de esos nacos en los conciertos no hubiera apagado su teléfono. El director, sacado de onda, volteó hacia el público en busca del impertinente. Su oído lo guió hasta su bolsillo, de donde extrajo el oscuro objeto del delito, intentó apagarlo pero el celular seguía sonando en su mano izquierda, siguiendo los compases que marcaba con la batuta Mariss en la derecha, hasta que logró apagarlo en la coda final, ante el asombro, júbilo y carcajadas de músicos y público.

Sonaron otras bromas musicales, como en la Bandit Gallop (La galopa de los bandidos) de Johann Strauss, donde al final el director extrae de debajo del atril tremendo pistolón decimonónico y lo hace sonar al unísono de otra pistolota que un músico lucía entre la orquesta, aunque el segundo disparo se cebó y de inmediato el director de cámaras protegió con una panorámica la acción que, sin embargo, no pasó desapercibida para algunos melómanos de buen oído, ahora sí que de los de oído de artillero.

En la polka Im Krapfenwald, los músicos lucieron una serie de antiguos artefactos de maravilla, como una cajita de madera que hacía el sonido de un cu-cú, una cajita de metal que sonaba como un mirlo y un silbatito monón que pintó su pechillo de amarillo.

Lo mejor de todo fueron las sonrisas. Uno desde casa se contagiaba de las sonrisas mozartianas, de las bromas mozartianísimas en música. Uno en casa podía aplaudir dirigido por la batuta del mismísimo Mariss Jansons desde Viena a control remoto y uno, en el colmo del privilegio, podía cantar a coro con todos los músicos de la orquesta: Prosit Neujahr!

Felicidad para todos.

 
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