Usted está aquí: jueves 15 de diciembre de 2005 Opinión Las fuerzas del mal

Soledad Loaeza

Las fuerzas del mal

A la mejor es la culpa de Vicente Lombardo Toledano, que después de haber sido un poderoso líder sindical en México y en América Latina, temido por la FBI y la CIA, terminó viajando a Washington en la comitiva oficial del presidente Gustavo Díaz Ordaz, quien dio su aval para que le otorgaran la visa. Aunque en realidad no se sabe quién lanzó la maldición contra las izquierdas mexicanas que las ha condenado a vivir bajo el talón del discurso oficial, el mismo que llevó al poder a Lázaro Cárdenas, Miguel Alemán, Adolfo López Mateos y Luis Echeverría. Lo cierto es que, ahora como antes, el lopezobradorismo ha sometido las perspectivas de formación y desarrollo de un partido de izquierda independiente y moderno al liderazgo de avezados priístas. La única diferencia con el pasado es más bien tenue, los conquistadores de esta izquierda son los derrotados de su partido de origen.

El argumento más socorrido para justificar el retorno de estos políticos al primer plano de lo que debería ser una oferta fresca y distinta es que las fuerzas del mal se han confabulado para detener el avance de la izquierda que dice encabezar Andrés Manuel López Obrador. No es la primera vez que se utiliza esta explicación para justificar que las izquierdas se pongan en brazos del priísmo. La amenaza de un golpe fascista -nunca comprobado- acercó a los sindicatos y a las formaciones de izquierda -incluidos los comunistas- al presidente Cárdenas; en 1946 una supuesta conspiración armada sinarquista impulsó el compromiso del PCM y de los trabajadores todavía radicalizados de la CTM a apoyar la candidatura de Alemán; la presunta inminencia de un ataque del eje Vaticano-Washington le valió a López Mateos la reverencia de muchos miembros y simpatizantes de izquierda; poco tardó Echeverría en ganarse su corazón cuando les hizo ver que luchaba en contra de poderosas fuerzas oscuras cuya identidad dejaba a nuestra imaginación: la burguesía, el gran capital multinacional, el imperialismo yanqui, la jerarquía católica, el cacerolismo clasemediero, oficiales del Ejército que conspiraban con organizaciones de extrema derecha. Pero todos coincidieron en apoyar al antiguo secretario de Gobernación de Gustavo Díaz Ordaz.

Ahora, Andrés Manuel López Obrador ha retomado esta figura retórica, las fuerzas del mal, que al igual que las promesas incumplidas de la Revolución, es ya una pieza de museo, pero en sus manos se convierte en la estafeta de un linaje político exhausto. Solamente ha cambiado la identidad de los habitantes de las cavernas de la maldad. El Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, el innombrable, los priístas que no se han pasado al perredismo y todo aquel que no apoye a López Obrador.

Cada uno de nosotros es libre de construir su propio universo político; sin embargo, los candidatos presidenciales tienen una responsabilidad que los obliga a educarnos en la comprensión de ese mundo. Una parte importante de su papel como líderes es ayudarnos a entender las instituciones, su funcionamiento, sus reglas, las contradicciones y predicamentos reales que enfrentan, las opciones que han construido y las restricciones que han identificado. El discurso de López Obrador y de los perredistas poco o nada hace al respecto. Su mensaje es pueril: "Hay unos malos que son ellos, los otros, que quieren frenar a los buenos que somos nosotros". Este lenguaje infantil denota un supremo desdén por nuestra capacidad de discernimiento; tiende a frenar el proceso de educación que debe ser toda campaña electoral y a mantenernos en la minoría de edad que por décadas justificó el autoritarismo presidencial y el fraude electoral.

Entre lo que hoy ocurre en el perredismo que administran viejos priístas y el pasado hay una diferencia importante. Antes las izquierdas podían justificar su adhesión al PRI y a sus presidentes con el argumento de que esa era la única vía posible de participación y, por ende, una estrategia de crecimiento. Ahora difícilmente pueden convencernos de que la elección de un gobierno de izquierda pasa por las manos indispensables de priístas que se han transfigurado y trabajan ahora para el bueno.

Lo más sorprendente del flujo de priístas a las posiciones dirigentes del PRD es que no inspiran ninguna desconfianza en quien ha resultado ser el primer suspicaz de la nación: ¿no teme López Obrador que quien fuera el brazo derecho de Carlos Salinas y quien fuera el brazo derecho del brazo derecho de Carlos Salinas, en realidad sigan siendo sus agentes y, por consiguiente, jefes de una peligrosa conspiración incrustada en el corazón de su campaña?

 
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