Usted está aquí: domingo 27 de noviembre de 2005 Política Cambio y riesgo en la globalización: reformar las reformas

Rolando Cordera Campos /IV

Cambio y riesgo en la globalización: reformar las reformas

Las reformas dieron de sí y deben renovarse por medio de políticas e innovación institucional: ésta debería ser el punto de partida del debate por la sucesión presidencial. Sólo así podrá romperse el círculo vicioso en que nos metió la reformitis de los años recientes.

"Estancado y dividido sobre su futuro", describió a México el gobernador del Banco de México hace unos meses en Washington. Escindido y encogido, el país tiene que recuperar una senda de crecimiento rápido y, al mismo tiempo, su democracia debe embarnecer y someter la fiebre del corto plazo a acuerdos nacionales estratégicos. Este debería ser el núcleo deliberativo de la lucha por el poder presidencial. De aquí, insistamos, la necesidad vital de reformar y revisar las reformas.

La reforma económica no fortaleció las finanzas del Estado; más bien las afectó negativamente por su permisividad fiscal hacia el comercio exterior. Hoy, frente a las enormes desigualdades y las cuotas mayúsculas de pobreza que afectan a las ciudades, un éxito exportador sin crecimiento en empleo y con un Estado incapaz de cumplir sus obligaciones fundamentales no puede sostener la legitimidad de la democracia. No son las veleidades pluralistas las que frenan la economía, sino el casi estancamiento de ésta el que pone al nuevo sistema político contra la pared del descontento social.

La democracia formalizó el pluralismo y abrió la puerta a un despertar ciudadano forjado al calor del desarrollo anterior y de movilizaciones sociales frente a la adversidad más cruel (el sismo de 85) o de abierta oposición política (el 88 cardenista). Sin embargo, a juzgar por las conductas cotidianas de los políticos, parece haber servido más para afirmar la autonomía de los grupos políticos dirigentes respecto de la ciudadanía que para obligarlos a la deliberación que es propia de la política moderna.

Por su parte, los poderes de hecho, legales y no, se instalan festivamente en el centro de la política del poder y presumen de su hegemonía y capacidad de articulación del resto de las fuerzas políticas. Así lo hizo el consorcio televisivo mayor en Bellas Artes y así quisieron hacerlo las autonombradas "cúpulas" empresariales, en el caso del desafuero del jefe del Gobierno del Distrito Federal.

Las reformas cambiaron usos y costumbres, pero las dislocaciones que propiciaron no fueron interiorizadas oportunamente por el cuerpo social y productivo que emergía, y redundaron en un debilitamiento del Estado, cuyas fallas, aparentes o inventadas, sirvieron para justificar una reforma económica a rajatabla y, luego, una reforma política dejada al amparo de los votos.

Sin un Estado capaz de modular el cambio por él mismo desatado para globalizar a la nación y modernizarla, lo que tenemos es un Estado más débil que antes, sin capacidad fiscal y sin credibilidad política suficiente. La necesidad de una tercera reforma, esta vez de carácter moral e intelectual, tendría que ser evidente para todos. Pero no lo es.

Más de lo mismo o business as usual son las consignas de quienes se disputan el poder constituido o desde la barrera quieren mantener la riqueza y el privilegio alcanzados en las crisis y el cambio.

Una renovación intelectual y moral de la política mexicana, después de tanto cambio, supone un redescubrimiento descarnado de la sociedad desigual que somos, así como un intenso reconocimiento de que la política democrática y la economía abierta, para consolidarse, deben estar incrustadas en una dimensión social atenazada por la concentración del ingreso y la riqueza, la pobreza masiva, y por una pérdida de cohesión social y nacional que la reforma económica y política del Estado apenas encaró con políticas subalternas, dependientes de los cálculos miopes sobre las restricciones de la globalización y sujetas a una obsesión estabilizadora instrumentada a rajatabla por la Secretaría de Hacienda, pero aceptada y hasta celebrada en los hechos por todos los partidos y sus legisladores.

Los tiempos y los movimientos de las transiciones no están nunca predeterminados, pero hay que reiterar que las decisiones que estuvieron detrás de nuestras mudanzas no son el fruto de ninguna ley natural. Las elites dirigentes y los grupos dominantes de la economía y las finanzas no consideraron que la cuestión social fuese un tema crucial del que hubiera que encargarse con urgencia y de frente.

El caso es que ahora se ha vuelto tsunami que pone a prueba la capacidad intelectual y ética de estas elites para encauzarlo y aliviar creíblemente a sus víctimas. La escasa sensibilidad de la política y de la economía ante el malvivir colectivo y las grietas de la coexistencia social se acerca a un peligroso tope que la válvula de escape de la emigración no regula más, al menos no con la eficiencia política de antaño.

Volver a lo social y convertirlo en el corazón de una tercera reforma del Estado es crucial, porque en ello nos va lo que nos queda: la dimensión intelectual, cultural, ética, de un Estado nacional que no puede renunciar impunemente a sus obligaciones de cuidar el orden social y político y hacer frente a las relaciones con el resto de los estados que todavía son los actores decisivos de la globalización. De no hacerlo así, los desatinos de la política exterior darán paso a un destructivo navegar al garete.

Las lecciones de la globalización de México son muchas y su historia es todavía presente. Darlas por sabidas o por consumadas es el más grave despropósito en el que puede incurrir el México político de la sucesión presidencial que se avecina.

Lo que se puede adelantar aquí es que tras 20 años de globalizar a la nación toca ahora nacionalizar la globalización: crear capacidades productivas y de imaginación empresarial para asimilar la tecnología global y hacer que la apertura externa trabaje a nuestro favor. Más que continuar por la senda de la reformitis en que cayó el actual gobierno, debido a su mala lectura de lo que realmente significaron las reformas de los años 90, hay que darle otra vuelta de tuerca al reformismo: "importar" las lecciones de los países exitosos en la globalización, pero para adaptarlas a nuestras tradiciones y necesidades.

No se trata de inventar sumas cero que lleven a los callejones sin salida de una ilusoria autarquía o un cambio total; lo que urge es darle al reformismo un sentido innovador que haga del riesgo una opción histórica y racional. Lo que falte, tendrá que volverlo agenda política y legal, de instituciones y de conducción económica, una democracia dispuesta a experimentar para volverse una democracia social que sustente un Estado democrático de derecho, capaz de darle sentido nacional a la globalización de México.

 
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