Usted está aquí: domingo 27 de noviembre de 2005 Opinión Parémoslo, porque anda suelto

Guillermo Almeyra

Parémoslo, porque anda suelto

Desde el punto de vista del país, aunque no desde el de su clase, Fox es un peligro, pero sabe lo que hace, ya que avanza porque no tiene una verdadera oposición ni en el campo de los partidos (gobierna con la yunta PRI y PAN) ni en el de la sociedad, pues no hay actualmente movimientos sociales que lo enfrenten. Por eso muestra desafiantemente sus músculos a Venezuela para dar seguridad a los posibles inversionistas y granjearse el apoyo de la Casa Blanca. Está destrozando, así, la posibilidad de alianzas latinoamericanas, particularmente con Venezuela y el Mercosur, que puedan contrarrestar la presión de Estados Unidos, y está atando el país al carro de Washington, además de desangrarlo y debilitarlo con su política económica y su presupuesto abiertamente antipopular. Promete entregar o entrega todo lo que le dejan entregar, y sirve -además, gratuitamente, sin obtener nada para el país- a la política de Bush, que incluso una buena parte de las clases gobernantes de Estados Unidos quiere abandonar. Anda suelto, sin control alguno, como un elefante en una cristalería, imponiendo en el presupuesto para 2006 recortes al apoyo al campo, a la cultura, a la educación, y reforzando la alianza con Carlos Salinas de Gortari, influyendo en la campaña electoral con su apoyo abierto a Felipe Calderón, pero también reforzando a Roberto Madrazo. Después de hacer el papel de muñeco del ventrílocuo imperial en Mar del Plata, ahora lleva al país al borde de la ruptura de relaciones con Caracas con el pretexto nimio de la torpeza e inoportunidad de las palabras de Hugo Chávez, al cual, sin embargo, había previamente insultado y provocado. Su actitud ante los desastres en el sureste del país y el presupuesto que ha hecho aprobar por la alianza PRI-PAN demuestran por enésima vez la continuidad de su política con la del salinismo.

Es indispensable frenarlo. Pero para ponerle coto e impedir que utilice todo el peso del Estado a favor del PRIAN y de la continuidad de las políticas neoliberales es necesario encauzar la protesta social y darle objetivos. El PRD no lo hace, y su oposición -al presupuesto, al retiro del embajador en Venezuela, a la intromisión presidencial en el proceso prelectoral- ha sido sólo formal y de una tibieza extrema, y el propio López Obrador ha creído necesario, para mostrarse moderado ante los del Pacto del Castillo de Chapultepec, respaldar la majestad de la figura presidencial en el mismo momento en que el inquilino de Los Pinos la arrastraba por el lodo y hacía el ridículo día tras día. Tampoco las organizaciones sociales han presentado, unificadamente, una propuesta alternativa de presupuesto, explicada y fundamentada, a millones de personas para enfrentar realmente la política gubernamental, funesta para las clases subalternas, terrible para el país. En cuanto a la otra campaña, sigue empantanada en deslindes internos, sin hablar de los objetivos sociales que unen, sin intentar organizar la protesta y la resistencia de los sectores populares -que están huérfanos de propuestas y de dirección-, y sin intentar definir con ellos los puntos centrales para una movilización alternativa que frene la ofensiva gubernamental contra los salarios reales y contra las conquistas sociales. El electoralismo de unos (PRD y direcciones sindicales) y el antielectoralismo de otros, es decir, de quienes hacen, por ausencia, otro tipo de política electoral, dan como resultado el abandono del terreno de las luchas y de la construcción de alternativas. Ese vacío es el que le otorga protagonismo a quien, desde Los Pinos, sólo piensa en los intereses del gran capital internacional, presenta como única política lógica y posible la de George W. Bush y da garantías al capital financiero incluso antes de que se las pidan.

La campaña electoral de López Obrador no alza vuelo, y hasta hoy tiene aliento entrecortado no sólo por la gran moderación y el conservadurismo de los discursos del candidato del PRD, sino también porque no despierta ni moviliza esperanzas en las mayorías, que están ajenas a la disputa electoral y no ven la posibilidad de un cambio social y político real. El PRD, pues, está lejos de tener una victoria asegurada, y no sólo por la actuación gubernamental a favor de Felipe Calderón o por el fraude que le harán sino, sobre todo, por su propia impotencia.

¿Qué queda? Si en el lapso corto que queda hasta las elecciones no intervienen los hasta ahora inaudibles, campesinos, indígenas, obreros, pobres de la ciudad y del campo, México sufrirá una nueva dosis masiva y letal de políticas neoliberales, los salarios reales seguirán disminuyendo, la desocupación aumentando, la emigración será aún más masiva y descenderemos un nuevo peldaño hacia la barbarie. Ahora bien: ni las direcciones sindicales y campesinas, ni los estudiantes y profesores, ni nadie (con excepción de la digna protesta de los trabajadores de la cultura), ha suplido con su iniciativa y acción el vacío dejado por una oposición parlamentaria preocupada por las elecciones que dejó pasar un presupuesto regresivo sin mostrar siquiera sus implicaciones, sin movilizarse contra el mismo. No hay sólo un vacío político: tampoco hay movimientos que traten de dar un cauce a la protesta, que sí existe pero está desorganizada. Las víctimas "votan con los pies" en todo México, incluso Chiapas, yéndose silenciosamente "del otro lado", o se preparan estallidos de desesperación salvajes y sin objetivos. Más que nunca es necesario un plan de lucha, de meses, y un amplio frente social para cambiar este negro panorama.

 
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