Usted está aquí: sábado 5 de noviembre de 2005 Política El río revuelto de los partidos

Heriberto M. Galindo Quiñones

El río revuelto de los partidos

El río revuelto en que navegan los partidos políticos en México, de cara a la culminación del proceso de elección de sus candidatos presidenciales, debería ser asunto del mayor interés para los mexicanos, ante lo que promete ser una reñida competencia que culminará en julio del año entrante.

Lo que más está dañando es la división y el desprestigio, pues se trata de las instituciones legales que tenemos para alcanzar el poder político en nuestro país. De ahí que se requiera que las dirigencias se ocupen más en sanear procedimientos, depurar estrategias, conciliar intereses, cicatrizar heridas, integrar armónicamente sus estructuras y, en síntesis, cerrar filas en aras del fortalecimiento de sus organizaciones y sus posibles candidatos.

Los resultados que arrojan los tempraneros sondeos de opinión no pronostican un triunfo arrollador para nadie; más aún, cuando vemos el sube y baja de las encuestas confirmamos que la moneda está en el aire y nada es imposible.

La situación es tan cambiante que escándalos y campañas mediáticas eficaces alteran el panorama político con rapidez asombrosa.

Basta ver de qué manera comenzó y la forma en que terminó Santiago Creel su precampaña la semana antepasada, y cómo agitó las aguas y afectó la declinación de Arturo Montiel. A la luz de esta dinámica es necesario escudriñar los indicadores tan cercanos entre Andrés Manuel López Obrador, Roberto Madrazo y Felipe Calderón.

A los partidos les urge poner orden en sus filas, apagar los fuegos, abrir espacios y unir fuerzas para lucir sus fortalezas con propuestas convincentes.

Las alianzas políticas también serán vitales en este proceso.

Debe revertirse el desprestigio bien ganado que políticos, hombres y mujeres, hemos alcanzado a causa del abandono de principios, escrúpulos y vocaciones, así como por descuidos, negligencia, insensibilidad, prepotencia, incomunicación, cerrazón, corrupción y perversidad, o por falta de probidad, creatividad y eficacia, que son auténticas maldiciones con las que muchos protagonistas, integrantes de toda la gama de partidos políticos, vienen cargando. Afortunadamente en los partidos sobreviven personajes de gran dignidad, rectitud y prestigio que deberán ser incorporados para enriquecer las opciones y atender a un electorado exigente y descontento que no sabe por quién votar.

Es indispensable poner en práctica estrategias eficaces de unidad y productividad que contribuyan a una mayor estabilidad de la vida nacional, que logren los acuerdos que el país requiere para acelerar su desarrollo.

La ausencia de espíritus conciliadores entre los poderes de la Unión ha acrecentado el malestar de una sociedad civil que exige una clase política mejor calificada, más cercana a la gente, de prestigio y honor; de vocación y compromiso sociales, con moral, valor y rectitud; formación y capacidad sólidas, capaz de generar liderazgos aceptados y reconocidos, que enarbolen las causas más nobles y sentidas de la nación.

La ausencia de dichos valores propició las crisis en los partidos políticos, por ello es imperativo que éstos escuchen más a la sociedad y apliquen los correctivos adecuados.

Siempre será preferible actuar con sensibilidad, permeabilidad y flexibilidad frente al endurecimiento.

Es vital la unidad política basada en la pluralidad y sustentada en principios de tolerancia, respeto, inclusión y lealtad.

Esa unidad se logrará por voluntad y convencimiento, no por la fuerza, decreto u obligación estatutaria. Hoy más que nunca es menester usar la fuerza de la política con razón y sin cerrazón. Con buenas maneras, como recomendaba Antonio Gramsci.

 
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