Usted está aquí: jueves 13 de octubre de 2005 Estados Tapachula pugna por ''espantarse las brujas'' y no caer en la deseperación

Las cotidianas tareas domésticas se han convertido en faena que dura todo el día

Tapachula pugna por ''espantarse las brujas'' y no caer en la deseperación

ANGELES MARISCAL Y RODOLFO VILLALBA CORRESPONSALES

Ampliar la imagen Miguel, campesino del ejido El Santo, municipio de Suchiate, rescata un tanque de gas. Los pobladores siguen esperando la ayuda del gobierno FOTO Alfredo Dom�uez Foto: Alfredo Dom�uez

Tapachula, Chis., 12 de octubre. El olor a podrido que se empieza a sentir a lo largo de la ribera del Coatán despertó a Rosario. Abrió los ojos y encontró un panorama desolador: una capa de lodo aún cubre las paredes de su vivienda. Sin embargo, ''la vida tiene que seguir'' y esta mujer de 38 años se dio tiempo para arreglarse y hacer la travesía de dos horas para llegar al mercado de esta ciudad, saber si su hija adolescente se reintegrará a la escuela este jueves y darse una vuelta para ver el puente que, al caer, la dejó a ella y a cientos de familias ''al otro lado de la ciudad''.

El esposo de Rosario González está trabajando en Estados Unidos. Ayer le informó que envió dinero ''para que vea yo qué hago mientras pasa esto''. Así, a una semana de las inundaciones este miércoles se siente ''un poco más contenta''.

Su vivienda de interés social, ubicada en la colonia Framboyanes, fue una de las pocas que el río no se llevó, aun cuando la cubrió una capa de casi metro y medio de agua y lodo. Con la ayuda de sus hijos (una jovencita de 17 años y dos varones, de seis y dos años, respectivamente) limpió lo que pudo y acondicionó la vivienda para regresar a habitarla.

Las camas, estufa, refrigerador y otros enseres domésticos se perdieron, así que la familia duerme en unas colchonetas que les regaló el gobierno y cocina en un fogón improvisado que enciende con leña de los árboles caídos que ahora abundan a lo largo del río, el cual casi ha bajado al nivel que tenía antes de recibir los remanentes del huracán Stan.

Rosario, con el temperamento de las mujeres de la costa de Chiapas, se viste coqueta y hasta se da el lujo de calzarse una zapatillas con las que increíblemente puede caminar por las calles lodosas. Carga a Pedro, de dos años, y decide que la joven Itzel y Rolando se queden en la vivienda ''para que no nos vayan a robar lo poco que tenemos''.

Al salir, la invade la pestilencia de los animales muertos y otros desechos que siguen a la orilla del río. Apenas camina media cuadra se topa con los restos de las casas que derribó la corriente. Sigue hasta la calle principal de la colonia y convence a un transportista de que la lleve unos tres kilómetros, hasta donde estaba el libramiento sur de la ciudad.

Aquí la corriente del Coatán arrasó con la carretera, pero al bajar el nivel de agua dejó una especie de playón en medio del río, que ahora sirve para que aquellos que se quedaron de ese lado de la ribera puedan pasar con una cuerda tirolesa.

Rosario se forma en una larga fila de mujeres con sus bolsas de mandado y sus hijos a cuestas, de hombres que intentan reingresar a su trabajo y de indocumentados que siguen su paso rumbo a Estados Unidos. Pasar una a una las personas por la tirolesa es un trabajo titánico que obliga a los hombres que tiran de las cuerdas a cambio de ''cuotas voluntarias'' a desnudarse el torso para aguantar el calor, superior a 30 grados centígrados.

Cruzar al otro lado de la ciudad lleva dos horas, porque además de atravesar el río hay que caminar unos cinco kilómetros de pastizales hasta encontrar nuevamente la carretera.Un discapacitado se abre paso lentamente entre las piedras y el lodo. Cuando llega al playón en medio del río deja sus muletas a un lado y se recarga en un tronco. Mira a lo lejos mientras se seca el sudor. Aún le falta la mitad del camino.

Las filas no terminan para los habitantes ''del otro lado del río'', que luego tienen que formarse en los bancos donde decenas llegan a sacar dinero de sus cuentas. Y luego el mercado, donde, para sorpresa de las mujeres, las hortalizas y verduras empiezan a escasear. Rosario no encuentra en ningún puesto tomate, cebolla o huevo.

Se abastece con lo que consigue y emprende el regreso a su vivienda. Otras dos horas de camino. Ya son las dos de la tarde y aún no han comido ella ni sus hijos. Se dispone a prender el fogón mientras su hija sale a conseguir agua de un pozo ubicado unas siete cuadras arriba. El servicio de agua potable ahora es un sueño, aunque decenas de trabajadores de la Comisión Federal de Electricidad (CFE) ya empiezan a reinstalar los postes y el cableado.

Itzel tarda en volver a casa. Narra que al lado del pozo unos policías estatales detuvieron a indocumentados que se abastecían del líquido y cuando vieron a los uniformados intentaron subirse a un camión de redilas que sirve de transporte público.

''No los vamos a llevar presos, pero les pedimos que regresen a su país porque ya no hay paso más allá. Además, adelante está la Marina y no los va a dejar seguir'', les dijeron los policías.

Luego de comer, y cuando la noche empieza a caer, la pesadumbre agobia nuevamente a la familia de Rosario. Cuentan ''de cuando todo estaba bien''.

''Yo me dedico a la venta de cosméticos, ropa y accesorios. Mi mercancía la tenía en casa y pues, vean ustedes, no quedó nada. Además, ahora no creo que haya mucha venta. A ver cómo le hago'', dijo Rosario.

Para ''espantarse las brujas'', la familia sale de paseo, en compañía de amigos, adonde estaba el puente Coatán, que comunicaba las dos secciones de la ciudad. En el camino las señoras planean pedir despensas a los encargados de los albergues en esa parte de la ciudad. Comentan que sería prudente abastecerse de alimentos ante lo incierto de su situación.

Mientras van caminando, Itzel le dice a su mamá que oyó por la radio local que este jueves se reanudarán las clases en la preparatoria, la cual no resultó afectada porque está al otro lado del río. Intenta convencerla de que la deje ir.

Rosario se opone. ''¿Cómo vas a creer? Te tendrías que despertar a las cuatro de la mañana para que te dé tiempo de cruzar el Coatán y llegar a las siete a la escuela. Además, ya ves que están cobrando diez pesos la pasada, más lo que cobran las dos combis de transporte, y ya ves que el camino es peligroso por las brechas que hay que andar y la gente que nomás está ahí'', le argumenta a Itzel.

En el puesto de la Subsecretaría de Protección Civil, ubicado junto al puente caído, el personal que atiende niega despensas a Rosario y a sus amigas ''porque ustedes digamos que son afectados indirectos, porque sus casas todavía las tienen. Hay otra gente que lo necesita más, y pues si quieren comer lleguen a los albergues''.

Un par de campesinos del poblado 20 de Noviembre alegan ante los funcionarios de Protección Civil que fueron comisionados para llevar auxilio. Muestran una hoja con la solicitud y la firma de unas cien personas. Explican que si bien sus casas no fueron destruidas ellos y sus vecinos no tienen medios de subsistencia porque son jornaleros agrícolas o albañiles, ''y pues ahora no hay trabajo''.

A regañadientes, los encargados del lugar les responden: ''Esperen, vamos a preguntar por radio a ver qué dicen''.

La espera durará horas. Pero no importa: hoy la necesidad es paciente y tiempo es lo que sobra a quienes han perdido todo lo material.

 
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