Usted está aquí: miércoles 12 de octubre de 2005 Opinión El IMSS y las esvásticas

Arnoldo Kraus

El IMSS y las esvásticas

He escrito, a lo largo de 14 años, dos artículos acerca de El Correo Ilustrado de La Jornada, apartado dedicado a los lectores del periódico. En ambas oportunidades comenté -y lo reitero- que la sección de correspondencia de los diarios es buen espejo de lo que sucede en el ambiente por ser un espacio neutral y plural.

El domingo 9 de octubre el dotor Bulmaro Guerrero Cárdenas, secretario general del Sindicato Nacional de Trabajadores del Seguro Social, sección cinco, estado de México, publicó una carta dirigida a Soledad Loaeza en la que explica cinco cosas: que fue él quien empezó a mostrar las esvásticas que luego fueron pintadas en el edificio del IMSS y sus alrededores, que repudia el genocidio perpetrado por Hitler, que quiso recordarle a Santiago Levy que su administración estaba ocasionando pérdidas de vidas en los hospitales del Seguro Social, que no está de acuerdo con el antisemitismo y que por lo mismo buscó llamar la atención de Levy sin importar su origen para que no estuviera cometiendo voluntaria e involuntariamente un genocidio en nuestro país (por respeto al doctor Bulmaro he respetado casi toda su sintaxis).

El doctor Bulmaro también comenta que admira a Loaeza, le sugiere ver una película de Costa-Gravas (me imagino que es un nuevo cineasta, a menos que se refiera a Costa Gavras) y dice que "es un profundo admirador de Jesucristo, y Cristo fue judío". El brete no es Bulmaro ni si Cristo o Levy son semejantes por ser judíos -intento pensar como el doctor Bulmaro. El problema es otro: las masas se contagian con facilidad cuando se les invita, por medio del encono, a seguir ideologías como la representada por la esvástica.

En el edificio del Seguro Social, en plena avenida Reforma, en el corazón de nuestra ciudad, las pintas de Bulmaro y asociados, además de las esvásticas contenían sentencias como "Levy cerdo judío", "Sí, sacamos al judío". Dichas alusiones permanecieron en el edificio aproximadamente quince días. Me parece que quince días son muchos días.

Aclaro que soy judío y que no conozco a Levy. Acepto que estas líneas conllevan sesgo, no sólo por mi origen, sino porque la mayor parte de mi familia fue asesinada por la ideología nazi, cuyas esvásticas ahora reproducen el doctor Bulmaro y algunos de sus allegados. Aclaro también que me es imposible juzgar con prudencia la labor de Levy, pero, cuando he externado mi opinión acerca de su labor ha sido reprobatoria. Con lo anterior quiero darle entender al doctor Bulmaro et al que no laboro para ninguna agencia judía y que no formo parte de ningún complot.

Aunque a posteriori sepamos la verdad -como suele suceder en nuestro país-, la renuncia de Levy contiene tintes políticos poco claros que no pretendo discutir. Lo que sí me parece en cambio obvio es que el pésimo funcionamiento del Seguro Social no es responsabilidad exclusiva de Levy, sino de la añeja depauperación del instituto ocasionada por funcionarios o sindicatos corruptos.

De Bulmaro no me preocupa la lección que les endilga a Loaeza y a Levy; ni siquiera sé si se molestaron en leerlo. Tampoco me inquieta su pensar. Basta cavilar en la comparación que hace entre el genocidio del pueblo judío y las imprudencias perpetradas por Levy "para que no estuviera cometiendo voluntaria o involuntariamente un genocidio en nuestro país" para comprender la imposibilidad de la razón o de la Palabra. Lo que alarma es el silencio (casi total) de quienes tienen que ver con la posición de esa fracción -o fracciones- del sindicato del IMSS e incluso el mutis de Vicente Fox, de Carlos Abascal Carranza, secretario de Gobernación, y de la máxima dirigencia del IMSS.

Levy, por judío, y por la terrible realidad del IMSS es una víctima idónea del sindicalismo antiguo. Bien harían nuestro gobierno y Abascal en explicar a quienes siguieron y permitieron actuar a Bulmaro el significado de las esvásticas; resalto la figura de Abascal, pues no se molestó en interceder ante los líderes del Sindicato Nacional de Trabajadores del Seguro Social cuando desconocieron a Levy como interlocutor válido. Bien dice Soledad Loaeza cuando afirma que "la historia enseña que en casos como éste no hay nada peor que el silencio, y que pasar por alto este tipo de incidentes -que no lo son- tiene un costo muy alto para todos". Refuerzo a Loaeza recordando a Yeats: "Los mejores carecen de convicciones mientras los peores rebasan la intensidad apasionada".

Presidente Fox, secretario Abascal, líderes y superlíderes del IMSS: los invito a olvidar los exabruptos del doctor Bulmaro, pero los insto a recordar sus múltiples y frescas intersecciones con Levy. Su silencio denuesta su figura y su silencio es el mejor cómplice de la sinrazón. En El Correo Ilustrado, con seguridad, publicarían sus opiniones.

 
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