Usted está aquí: sábado 17 de septiembre de 2005 Opinión Katrina y la locura

John Berger

Katrina y la locura

A veces ocurre que por un momento una pregunta es más pertinente que las respuestas o las explicaciones. No estoy seguro de que la pregunta que quiero hacer sea de este orden, pues tiene aire de ser ingenua. Sin embargo quiero compartirla con ustedes.

En septiembre, a consecuencia de la catástrofe ocurrida en Nueva Orleáns, cuyos efectos y aflicciones durarán por años, la gente en Estados Unidos y en todo el mundo comienza a examinar de nuevo la cuenta de Bush, Cheney, Rumsfeld, Rice, Rove et al, hasta hoy líderes de la primera superpotencia mundial. Un cambio en la opinión de las personas ocurrió de la noche a la mañana. Tumbándonos en nuestros asientos, la historia abrió de pronto su vórtice.

Mientras en Nueva Orleáns 20 mil personas quedaban atrapadas y varadas en el Superdome, Katrina reveló (todo mundo se refiere al huracán por su nombre, como si fuera una especie de avatar) que en Estados Unidos hay una aguda y rampante pobreza, que es común que los negros sean tratados como indeseables ciudadanos de segunda clase, que los sistemáticos recortes de la inversión gubernamental en las instituciones públicas ha producido un vasto desequilibrio y abandono social (40 millones de estadunidenses viven sin asistencia alguna cuando enferman o se lastiman), que la llamada guerra contra el terrorismo está produciendo un caos administrativo y que en esta situación, y contra todo esto, comienzan a elevarse voces de protesta claras y fuertes.

Para quienes lo padecen, y para quienes quieren entender, todo esto era evidente antes de Katrina. Lo que cambió fue que los medios, por una vez, estuvieron ahí, mostrando lo que ocurría. Con su terrible gesto Katrina barrió y limpió la pantalla opaca. En forma fantasmal los todavía innumerables muertos del Golfo de México hablaron no en favor de, sino con, los cientos de miles de iraquíes que murieron a consecuencia de la desastrosa y criminal guerra que ahí continúa. Una y otra vez, la prensa estadunidense mencionó a Katrina e Irak juntos.

Y con todo, Katrina obedeció las reglas. Pertenecía a las condiciones climáticas familiares que afectan al golfo mexicano. No estaba escondida en Afganistán. Y con todo lo inmisericorde que fue no pertenecía a ningún eje del mal. Era simplemente una amenaza natural para las vidas y propiedades estadunidenses en su camino a Luisiana. Que el presidente y sus colegas selectos enfrentaran los retos que implicaba Katrina habría ido en favor de sus propios intereses (y de la nación), como también lo era prever las necesidades de sus víctimas y reducir lo más posible el dolor y el pánico que se instalaron. Si ellos, el gobierno, no pudieron hacer esto, no podrán culpar a nadie más: son los responsables. Un niño puede darse cuenta de esto. Y ellos fracasaron rotundamente. Su fracaso fue técnico, político, emocional. "Pasan cosas", murmura Rumsfeld.

¿Será posible que este gobierno esté loco? Es mi pregunta ingenua. Esperen. Intentemos definir esta variante de locura, porque tal vez nunca antes haya ocurrido. No tiene nada que ver con la locura de un Nerón que canta y toca la lira mientras arde Roma. Toda locura, sin embargo, implica una desconexión con la realidad o, para ponerlo de forma más precisa, con lo existente. La variante de la que hablamos toca las relaciones entre el miedo y la confianza, entre ser amenazado y ser supremo.

No hay negociación posible entre estos dos polos. Su "locura", entonces, opera como obturador que instantáneamente apaga un polo y prende el otro.

Y lo grave de esto es que en los largos periodos de negociación entre el miedo y la confianza es donde lo existente se analiza y observa en su complejidad multitudinaria. Es ahí donde uno aprende algo acerca de lo que uno enfrenta. Una "locura" binaria excluye esta reflexión.

En el portaviones Abraham Lincoln Bush anunció hace dos años: "¡Misión cumplida en Irak!" De alguna manera esta aflicción binaria hace eco con los mecanismos de la bolsa de valores, donde sólo hay la posibilidad de comprar o vender, sólo operan dos polos -aguantar o empujar- y apenas si se siente el resto de lo que existe: no pesa ni dónde ni cómo existe.

En Wall Street los analistas financieros predicen un aumento en las ganancias de las corporaciones petroleras como resultado del desabasto ocasionado por la catástrofe del Golfo de México.

Cinco días después del impacto de Katrina, cuando por fin el presidente Bush visitara la devastada ciudad, dejó mudos a los periodistas al decir: "No creo que nadie haya anticipado ese desconcierto de los que huían". El mismo día, en el pequeño poblado de Biloxi, un equipo se anticipó a la visita aérea del presidente y con presteza limpió los escombros y los cadáveres en la ruta que tomaría el cortejo. Dos horas después el equipo se desvaneció, dejando el resto del pueblo como estaba.

Apenas si se siente el resto de lo que existe. Nos equivocamos en el diagnóstico al pensar que esto es cinismo o mera dureza del alma. Sus visitas fueron una operación planeada como preludio a la aseveración: "Mostraremos una vez más al mundo que las peores adversidades sacan lo mejor de Estados Unidos". El obturador cambia de fase.

Los cálculos del actual gobierno estadunidense están íntimamente relacionados con los intereses globales de las corporaciones y de lo que se define como supervivencia de los más ricos, aquellos que también, constante y abruptamente, vacilan entre el miedo y la confianza. El economista Grover Norquist, vocero de los intereses corporativos, y a quien Bush & Company escuchan al planear sus reformas fiscales para beneficio de los pudientes, dijo: "No quiero abolir el gobierno. Simplemente quiero reducirlo al tamaño necesario para poder arrastrarlo al baño y ahogarlo en la tina".

Una ignorancia de casi todo lo que existe, y una abdicación de lo mínimo que puede esperarse de un gobierno. ¿No nos aproximamos a desconexiones que pueden considerarse locura cuando se presentan en quienes creen que dominan el planeta?

Todos los líderes especulan alguna vez con la verdad, pero aquí las desconexiones son sistemáticas y cercenan no sólo sus anuncios sino sus cálculos estratégicos. De ahí su ineptitud. Su operación en Afganistán falló, su guerra en Irak la ganó Irán (o al menos eso se dice). Katrina pudo producir la peor catástrofe natural en la historia de Estados Unidos y las actividades terroristas aumentan.

En mi teléfono celular recibí un mensaje de texto. La propuesta era que si quería ayudar a los desamparados de Luisiana enviara la palabra FLOOD (inundación) a un número determinado, más el equivalente de cinco dólares descontables a mi cuenta, que se transferirían de inmediato a la organización. Me gustaría enviar más palabras que escribiéramos entre todos nosotros: ???? + el poder global / manos inútiles d los q nada saben?

Nota: el mensaje de "texto" escrito en forma abreviada se ha vuelto tradición en los mensajes de celular, y dice: ¿Cuánto más el poder global en las manos inútiles de los que nada saben?

Traducción: Ramón Vera Herrera

© John Berger

 
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