Usted está aquí: sábado 17 de septiembre de 2005 Mundo Las guerras mienten

Eduardo Galeano

Las guerras mienten

Ampliar la imagen El presidente de EU, George W. Bush, aborda el Air Force One en Nueva Orle� FOTO Reuters Foto: Reuters

-Pero el motivo... -indagó el señor
Duval-. Un hombre no mata por nada.

-¿El motivo? -contestó Ellery,

encogiéndose de hombros-.

Usted ya conoce el motivo.

(Ellery Queen, Aventura
en la Mansión de las Tinieblas)

Las guerras dicen que ocurren por nobles razones: la seguridad internacional, la dignidad nacional, la democracia, la libertad, el orden, el mandato de la civilización o la voluntad de Dios.

Ninguna tiene la honestidad de confesar: "Yo mato para robar".

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No menos de tres millones de civiles murieron en el Congo a lo largo de la guerra de cuatro años que está en suspenso desde fines de 2002.

Murieron por el coltan, pero ni ellos lo sabían. El coltan es un mineral raro, y su raro nombre designa la mezcla de dos raros minerales llamados columbita y tantalita. Poco o nada valía el coltan, hasta que se descubrió que era imprescindible para la fabricación de teléfonos celulares, naves espaciales, computadoras y misiles; y entonces pasó a ser más caro que el oro.

Casi todas las reservas conocidas de coltan están en las arenas del Congo. Hace más de cuarenta años, Patricio Lumumba fue sacrificado en un altar de oro y diamantes. Su país vuelve a matarlo cada día. El Congo, país pobrísimo, es riquísimo en minerales, y ese regalo de la naturaleza se sigue convirtiendo en maldición de la historia.

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Los africanos llaman al petróleo mierda del Diablo.

En 1978 se descubrió petróleo en el sur de Sudán. Siete años después, se sabe que las reservas llegan a más del doble, y la mayor cantidad yace al oeste del país, en la región de Darfur.

Allí ha ocurrido recientemente, y sigue ocurriendo, otra matanza. Muchos campesinos negros, dos millones según algunas estimaciones, han huido o han sucumbido, por bala, cuchillo o hambre, al paso de milicias árabes que el gobierno respalda con tanques y helicópteros.

Esta guerra se disfraza de conflicto étnico y religioso entre los pastores árabes, islámicos, y los labriegos negros, cristianos y animistas. Pero ocurre que las aldeas incendiadas y los cultivos arrasados estaban donde ahora empiezan a estar las torres petroleras que perforan la tierra.

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La negación de la evidencia, injustamente atribuida a los borrachos, es la más notoria costumbre del presidente del planeta, que gracias a Dios no bebe una gota.

El sigue afirmando, un día sí y otro también, que su guerra de Irak no tiene nada que ver con el petróleo.

"Nos han engañado ocultando información sistemáticamente", escribía desde Irak, allá por 1920, un tal Lawrence de Arabia: "El pueblo de Inglaterra ha sido llevado a Mesopotamia para caer en una trampa de la que será difícil salir con dignidad y con honor".

Yo sé que la historia no se repite; pero a veces dudo.

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¿Y la obsesión contra Chávez? ¿Nada tiene que ver con el petróleo de Venezuela esta frenética campaña que amenaza matar, en nombre de la democracia, al dictador que ha ganado nueve elecciones limpias?

Y los continuos gritos de alarma por el peligro nuclear iraní, ¿nada tienen que ver con el hecho de que Irán contenga una de las reservas de gas más ricas del mundo? Y si no, ¿cómo se explica eso del peligro nuclear? ¿Fue Irán el país que descargó las bombas nucleares sobre la población civil de Hiroshima y Nagasaki?

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La empresa Bechtel, con sede en California, había recibido en concesión por cuarenta años el agua de Cochabamba. Toda el agua, incluida la de las lluvias. No bien se instaló, triplicó las tarifas. Una pueblada estalló y la empresa tuvo que irse de Bolivia.

El presidente Bush se apiadó de la expulsada, y la consoló otorgándole el agua de Irak.

Muy generoso de su parte. Irak no sólo es digno de aniquilación por su fabulosa riqueza petrolera: este país, regado por el Tigris y el Eufrates, también merece lo peor porque es la más rica fuente de agua dulce de Medio Oriente.

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El mundo está sediento. Los venenos químicos pudren los ríos y las sequías los exterminan, la sociedad de consumo consume cada vez más agua, el agua es cada vez menos potable y cada vez más escasa. Todos lo dicen, todos lo saben: las guerras del petróleo serán, mañana, guerras del agua.

En realidad, las guerras del agua ya están ocurriendo.

Son guerras de conquista, pero los invasores no echan bombas ni desembarcan tropas. Viajan vestidos de civil estos tecnócratas internacionales que someten a los países pobres a estado de sitio y exigen privatización o muerte. Sus armas, mortíferos instrumentos de extorsión y de castigo, no hacen bulto ni meten ruido.

El Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, dos dientes de la misma pinza, impusieron, en estos años, la privatización del agua en dieciseis países pobres. Entre ellos, algunos de los más pobres del mundo, como Benín, Níger, Mozambique, Ruanda, Yemen, Tanzania, Camerún, Honduras, Nicaragua... El argumento era irrefutable: o entregan el agua o no habrá clemencia con la deuda ni préstamos nuevos.

Los expertos también tuvieron la paciencia de explicar que no hacían eso por desmantelar soberanías, sino por ayudar a la modernización de los países hundidos en el atraso por la ineficiencia del Estado. Y si las cuentas del agua privatizada resultaban impagables para la mayoría de la población, tanto mejor: a ver si así se despertaba por fin su dormida voluntad de trabajo y de superación personal.

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En la democracia, ¿quién manda? ¿Los funcionarios internacionales de las altas finanzas, votados por nadie?

A finales de octubre del año pasado, un plebiscito decidió el destino del agua en Uruguay. La gran mayoría de la población votó, por abrumadora mayoría, confirmando que el agua es un servicio público y un derecho de todos.

Fue una victoria de la democracia contra la tradición de impotencia, que nos enseña que somos incapaces de gestionar el agua ni nada; y contra la mala fama de la propiedad pública, desprestigiada por los políticos que la han usado y maltratado como si lo que es de todos fuera de nadie.

El plebiscito de Uruguay no tuvo ninguna repercusión internacional. Los grandes medios de comunicación no se enteraron de esta batalla de la guerra del agua, perdida por los que siempre ganan; y el ejemplo no contagió a ningún país del mundo. Este fue el primer plebiscito del agua y hasta ahora, que se sepa, fue también el último.

 
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