Usted está aquí: jueves 15 de septiembre de 2005 Opinión Para infantes

Olga Harmony

Para infantes

El teatro, como todas las artes y más que muchas de ellas, tiene la virtud de despertar el goce estético, la imaginación, a veces la reflexión y el razonamiento y, a diferencia del cine o el video, tiene la característica inigualable de ser un acontecimiento efímero, realizado por seres de carne y hueso. Estos pensamientos dignos de Pero Grullo vienen al caso al pensar en acontecimientos como el Teatro de Arquitectura de la UNAM vuelva a acoger espectáculos teatrales para los estudiantes de varias facultades que, siendo sensibles e imaginativos no tienen la costumbre de asistir a estas escenificaciones. Y, sobre todo, cuando se trata de montajes para niños que se hacen con interés y buen gusto. Dos grupos muy diferentes, pero de igual calidad, presentan en estos días sendas obras dedicadas a los pequeños.

El grupo Bochinche, dirigido desde hace varios años por Carlos Corona, cuenta en su haber con montajes tanto para niños como para adultos, con algunos textos, en el primer caso, del propio Corona. La cacería del pirata se inscribe entre ellos, dirigida por el autor. Se trata de una obra plena de ludismo y gracia, en que se exalta la posibilidad del amor entre desiguales que son complemento uno de otro. El pirata Babilonio, que busca a su amada bruja Marina, quien huyó con un delfín, termina por caer rendido ante el hada Tea. Un ratón y una langosta son lunamieleros polizones en el buque pirata y Cartapacio, el ayudante del capitán, será feliz en los brazos de una sirena. Si alguna moraleja se encuentra en la divertida historia de aventuras y amores enredados, sería acerca de todas las posibilidades del amor de pareja que los niños pueden o no, entender y aceptar.

La escenografía de Matías Gorlero -también iluminador-, Ateneo Chávez Miramontes y Auda Carazo, representa el interior de un barco de vela, con algunos trastos como un tonel, un cofre, un par de cajones, una escalera de cuerda; el vestuario es de Estela Fagoaga y los títeres de Haydeé Boetto, manipulados por los otros actores cubiertos, excepto Tea que es manejada por Mariana Treviño -que alternará funciones con Micaela Gramajo- a la vista del público. Carlos Aragón encarna a Babilonio, alternando con el propio autor y director, y Cartapacio es interpretado por Ricardo Zárraga, quien alterna con Ricardo Esquerra. La música original es de Mariano Cossa.

El grupo 55 encabezado por Larry Silberman, se especializa en teatro para niños y jóvenes. Presenta bajo la dirección de Larry la obra del inglés Robin Kigsland Mar de silencio en traducción de Alberto Lomnitz, que supuestamente transcurre en el Japón imperial en una aldea de pescadores. Es también una historia de amor pero, sobre todo, es la representación de cómo el abuso del más fuerte al más débil puede convertir a éste, como ocurre con Hiro ante la humillación que le inflinge el padre, en un abusador que llega a devastar la autoestima de Koto con su crueldad gratuita y sus mentiras ante la comunidad representada por la vieja del pueblo y que incluso atrae hacia su área de maldad impune a Sumori, el antiguo amigo de Koto, hasta que la víctima encuentra su propia integridad al correr grandes riesgos, historia no lejana a la experiencia de muchos niños. Leyendas del Rey del Mar y dragones de las profundidades, o la tortuga mágica que responde a sus compromisos, son parte de la narración que tiene sus momentos humorísticos alternando con otros crueles o emotivos.

La escenografía de Jorge Ferro, en varios planos de profundidad, respeta elementos japoneses, como las cortinillas que suben y bajan de las puertas o el mobiliario y la utilería, pero la mezcla, en las escenas del mar y el fondo marino, con pintura escénica que sugiere una mano infantil. El vestuario de Edyta Rzewska y la música original de Leopoldo Novoa, perfilan un ambiente japonés, llegando, en el caso del vestuario, a dar un suntuoso Rey del Mar y un Dragón, con ayuda de las máscaras diseñadas por Guillermo Méndez que recuerdan estampas del Japón clásico y un acierto es que no se intente dar rasgos japoneses a los actores a base de maquillaje, sino con las actitudes corporales. Aracelia Guerrero, en su doble papel de anciana y tortuga, Bernardo Gamboa como Koto, Abigail Soqui como Kishima, Salvador Jiménez como Hiro y como Dragón, Larick Huerta como Sumori, como Rey del Mar y como padre de Hiro, cumplen con los parámetros de calidad de este excelente grupo dedicado al espectador infantil.

 
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