Usted está aquí: jueves 15 de septiembre de 2005 Opinión Hitler: La caída

José María Pérez Gay /IV y última

Hitler: La caída

A principios de marzo de 1967, Alexander y Margarete Mitscherlich, médicos, siquiatras y sicoanalistas -Alexander Mitscherlich era director del Instituto Sigmund Freud de Frankfurt, autor de Medicina inhumana (1958), análisis de los experimentos médicos nazis practicados en los judíos- publicaron La Incapacidad del Duelo en Alemania (Die Unfähigkeit zu trauern) un ensayo cuya vigencia, después del éxito del filme La caída, sigue presente. Su hipótesis: después de la Segunda Guerra Mundial, la incapacidad del duelo en los alemanes llegó a convertirse, aunque sea imposible comprobarlo con estadísticas, en una de las explicaciones más sorprendentes sobre la configuración de la nueva República Federal de Alemania. La ausencia del duelo en la población alemana, después de una catástrofe nacional de dimensiones descomunales, "la notable apatía" con la que se respondió ante las montañas de cadáveres en los campos de exterminio, la desaparición masiva de los ejércitos alemanes en las prisiones soviéticas, las noticias sobre los millones de asesinatos a judíos, polacos, rusos, sobre los bombardeos de las ciudades, la eliminación de los propios enemigos políticos, dejaron a principios de los 50 un resultado nocivo en la nueva sociedad.

Alexander y Margarete Mitscherlich partían de uno de los ensayos más conocidos de Sigmund Freud, Duelo y Melancolía, (Trauer und Melancholie), donde el profesor de Viena sostiene, en 1915, que "el duelo no es sino la reacción ante la pérdida o la muerte de una persona amada o de una abstracción que haga sus veces, como la patria, la libertad, un ideal, etc. Detrás de influencias idénticas", continuaba Freud, "en muchas personas observamos, en lugar de duelo, melancolía". A pesar de que el duelo ante la pérdida de un ser amado trae consigo graves desviaciones emocionales de la conducta normal de la vida, nunca se nos ocurre, dice Freud, considerarlo un estado patológico. Sin embargo, muchas veces el duelo ante la muerte de un ser amado se parece demasiado a la melancolía, cuyos rasgos distintivos son devastadores: la cancelación del interés por el mundo exterior, la pérdida de la capacidad de amar, la inhibición de toda productividad, un profundo deterioro de la propia autoestima y, algunas veces, una delirante expectativa de autocastigo.

Las semejanzas entre el duelo y la melancolía son perturbadoras. No todo duelo es patológico, pero muchas veces presenta los síntomas de una profunda melancolía o, como ahora se le llama, "depresión". Freud reveló la gradación entre el duelo normal y los duelos patológicos -cuando nos consideramos culpables de la muerte ocurrida, la negamos, nos creemos poseídos por el difunto o creemos padecer la misma enfermedad que ocasionó la muerte- y la melancolía. Freud propuso entonces "el trabajo de duelo" (Trauerarbeit) como un camino para salir de ese laberinto del dolor y la angustia. Ante la pérdida de un ser amado debemos acatar la realidad; pero el duelo se cumple, dice Freud, con un gran gasto de tiempo y energía. Cada uno de nuestros recuerdos y cada una de las expectativas que nos anudaron al ausente se van clausurando no sólo en nuestra memoria sino también en nuestros deseos. "¿Por qué resulta tan doloroso acatar la orden de la realidad?"

Duelo y melancolía es sin duda uno de los ensayos más admirables de Freud; pero en la interpretación de los Mitscherlich resulta, quizá, aún más sorprendente. La caída del Tercer Reich fue una catástrofe para la cual no estaban preparados los alemanes de esa generación. Los fantasmas de su omnipotencia les impidieron no sólo ver la realidad sino también verse a ellos mismos. "Al darse cuenta del esfuerzo bélico descomunal y, sobre todo, del genocidio de los judíos, los alemanes intentaron defenderse de una culpa tan grande", escribía Mitscherlich, "porque la única respuesta posible habría sido una devastadora melancolía de las masas." ¿Qué llevó al pueblo alemán a entregarse a Hitler con una pasión y una credulidad tan formidables, que los arrastraron hasta su propia destrucción? El permanente estado de apoteosis en que vivían los alemanes (1933-1943) habla de un "enamoramiento popular del Führer", que encarna el lugar del ideal del yo de cada individuo, como diría Freud, el autorretrato síquico trazado por las más audaces fantasías sobre nuestra importancia, perfección y superioridad, pero también sobre una legítima esperanza: ¿cómo y qué quiero llegar a ser? Al seguir yo al Führer, al venerarlo, vuelvo realidad un fragmento de ese ideal del yo que tanto hemos soñado. Si participo directamente en su vida heroica y patriota, en sus proyectos históricos, el Führer y su significación se transforman en una parte de mí mismo.

Los alemanes de esas generaciones padecieron una infatuación delirante del sentimiento de su propia dignidad, de su propia grandeza e inteligencia (les repitieron día y noche que eran una raza superior), un narcisismo extremo que se expandió hasta lo grotesco. "Las personas de todas las clases sociales se refugiaron bajo las banderas de la esvástica o cruz gamada, un símbolo mágico que nos ha demostrado", comentan los Mitscherlich, "nuestra poderosa aversión contra la vida racional, y nuestra proclividad a la consciencia alemana del mesianismo." La pasión por Hitler se llevó a cabo sobre una plataforma narcisista, es decir, sobre el amor a nosotros mismos. Si la realidad ha refutado al líder carismático, si el Führer pierde la partida en el juego de las fuerzas políticas mundiales, entonces no es él solo el que se hunde, sino que con él se hunde la encarnación del ideal del yo de las masas fascinadas con él.

La destrucción de ese sentimiento de grandeza ocasionó una profunda melancolía en el pueblo alemán, y la defensa más eficaz contra una melancolía de las masas es el trabajo: el milagro económico alemán (1946-1966) no es, para los Mitscherlich, sino un duelo postergado e imposible, una manera alemana de amar y sobrevivir. Hay una copiosa literatura, contagiada de pesadez sicoanalítica, que se obstina en ver la infancia de Hitler como el teatro de la perversidad polimórfica y en donde el Führer sufre la más cruel amputación: la de su felicidad, lo que explicaría su increíble maldad. La interpretación de los Mitscherlich escapa a estos lugares comunes del sicoanálisis, y se centra en la incapacidad de una nación para ejercer el trabajo de duelo. Las historias clínicas que refieren hablan de esa torpeza vital, de esa ceguera nacional. Cuando la sociedad alemana elude su responsabilidad política concreta, y argumenta que lo único que hizo en realidad era "obedecer las órdenes", entonces todo duelo es imposible. "Aun cuando no hayamos asesinado a nadie, sino sólo colaborado con nuestro silencio en esas monstruosidades", afirman los Mitscherlich, "la rendición incondicional después de tanta arrogancia debe provocar un intenso sentimiento de vergüenza". Cuando, a principios de los 70, se decía "los nazis tuvieron la culpa de todo", todos querían decir: "somos culpables y nadie escapará a nuestro propio veredicto". El trabajo del duelo es el ejemplo más sugestivo de cómo el dolor y la memoria pueden unirse en un largo proceso de desprendimiento. El duelo por el Führer es imposible, porque no se llegaría al dolor, sino al odio de los alemanes por sí mismos, propio de la melancolía.

Hannah Arendt habla de "la banalidad del mal" al referirse al caso de Eichmann, el asesino nazi administrador de la "solución final". Arendt manifiesta su horror ante la manera rutinaria, objetiva, burocrática, diligente, en la que hombres de una normalidad desconcertante pusieron en marcha una máquina asesina. "El carácter industrial y administrativo de la empresa homicida junto con la 'orden suprema'", escribe Rüdiger Safranski, "permitieron a esos ciudadanos comunes y corrientes mantener 'la conciencia tranquila'". Si bien esa "orden suprema" surgió de una metafísica del mal. El asesinato fue promovido por una obsesión metafísica abismalmente maligna, por lo que el término "banal" resulta, dice Safranski, del todo incorrecto. Hitler escribió: "Quien entiende el nacionalsocialismo sólo como un movimiento político no conoce nada de él. El nacionalsocialismo es más que una religión: se trata de la voluntad de crear un hombre nuevo, una creación que pasa por la aniquilación del ser humano". Ante esta declaración de principios del Führer, el trabajo de duelo es imposible, un laberinto sin salida, un enigma alemán cuya historia concluyó sepultada en un búnker de Berlín.

 
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