Usted está aquí: jueves 15 de septiembre de 2005 Opinión La revancha

Adolfo Sánchez Rebolledo

La revancha

Los actos políticos casi nunca tienen un sentido unívoco. Tómese, por ejemplo, el debate que antecedió a la victoria de Felipe Calderón en la primera de tres elecciones regionales. Allí vimos a los aspirantes queriendo agradar más que razonar, o sea, superficiales a más no poder. Uno sonreía sin sentido ante las cámaras; otro miraba a un punto lejano del horizonte donde hipotéticamente se hallaba el espectador, muy al uso del manual de imagen panista, y el último atropellaba ideas y palabras mientras se reflejaba en el espejo de su obra pasada. En rigor no hubo tal debate, ni siquiera cuando el moderador les pidió un poco más de compromiso con el espectáculo.

Del trío resultó mayormente afectado Santiago Creel, pues hasta ese momento figuraba a la cabeza de las encuestas, justamente como el "candidato oficial", figura especialmente odiosa en un partido forjado en el combate al presidencialismo, que se resiste a morir del todo. La imposibilidad de usar como argumento a su favor la experiencia como secretario de Gobernación define la patética situación de Creel en este instante de la contienda. Calderón, despedido del gobierno gracias a un aletazo foxista, sacó ventaja de ese hecho y se permitió saludar los logros de la administración sin comprometerse demasiado con ellos. Destacó la contradictoria situación de un partido que llega a la Presidencia pero no gobierna. Por su parte, el autonombrado caballo negro apenas si alcanzó la meta e involuntariamente ratificó un lugar común: que México es algo más grande, más complejo, que cualquier estado, sea éste Guanajuato o Jalisco.

En fin, para un partido que se dice doctrinario, las notas aportadas por los precandidatos a la comprensión de la realidad fueron nulas: faltaron ideas-fuerza, posturas definitorias. Especializado en las campañas contra el PRI, el PAN se quedó sin programa, sometido a las modas discursivas, sin aliento histórico, cuando más falta le hacía. La pretensión centrista y la asunción de la política mediática lo han dejado intelectualmente desnudo, vacío de planteamientos hacia el futuro, como no sean los que dictan desde los centros de poder las elites pensantes del capitalismo global y/o la curia vaticana. En esas circunstancias, no extraña que Calderón se impusiera en el primer debate, por capacidad de transmitir a los suyos esa mezcla explosiva de nostalgia por el espíritu de cuerpo, por una edad perdida donde florecían principios y valores cuya presencia marca a más de uno en esta postransición. Miró hacia adentro de su partido y, por esta vez, tuvo éxito.

La crisis de los partidos es real, sin duda, pero lo peor que puede hacer un político en activo es olvidar que aquí y hora es imposible navegar en la democracia sin esos grupos a veces invisibles de personas organizadas sobre los cuales se han edificado las grandes pero débiles instituciones partidistas que son consustanciales a la democracia. El error de Creel consiste en no tomar en cuenta esa realidad. Pese a todo, los partidos existen. No son, desde luego, las formaciones deseables para la vida pública democrática, pero tampoco son invenciones caprichosas construidas al vapor: son comunidades políticas vinculadas por costumbres, tradiciones, símbolos e intereses no siempre reductibles a la voluntad de los líderes o a los cálculos de la mercadotecnia, que sustituye la calidad de "militante" por la de consumidor pasivo de los dictámenes de las encuestas.

Con la "sociedad civil" se ganan los comicios generales, es obvio, pero es muy difícil atraer miembros de los partidos diluyendo los símbolos y las ideologías que, en definitiva, les dan cohesión e identidad. A eso se refiere Calderón (que no oculta la parroquia de la que viene) cuando dice, en entrevista con El Universal: "Esto de las elecciones primeras era un poco como con las iglesias: podrá haber muchos católicos, pero los que van a misa son mucho más pocos. Finalmente son los feligreses, y aquí votaron los feligreses y me conocen bien y votaron por mí mayoritariamente. Votó el núcleo duro del PAN y votó por un panista". El PAN votó por un panista, señala Felipe. ¡Definición más excluyente de sus adversarios no la hay!

Con una retórica que en otro contexto sería puro anacronismo, otro panista, Javier Corral, escribe al respecto: "Si no se adentra en el alma del partido -escribe-, nunca se detectarán los fuegos internos de rescate y salvación que cruzan a la disputa electoral interna, los sentimientos de rencuentro que estrujan a la institución en uno de sus momentos más dramáticos, y frente a la amenaza de la regresión priísta en el país" (El Universal, 13/septiembre/2005).

Esta idea del partido como feligresía (amenazada) no es nueva en forma alguna, pero en boca de un precandidato panista equivale a confesar en público lo que se sabía en privado: el fracaso del foxismo, al que de siempre le ha estorbado la idea de partido, aunque en ocasiones se haya servido de ello.

Las elecciones modernas no se ganan con el voto de los convencidos, es cierto, pero: ¿de esa simple verdad se deduce que los partidos ya no son necesarios, o que a la ciudadanía le basta con ser ella misma para definir el rumbo del país? Es improbable que a estas alturas cambie el modelo que rige las relaciones entre la política, los medios y el dinero, pero al menos se advierte que no todo se reduce a ello.

 
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