Usted está aquí: lunes 4 de julio de 2005 Opinión ¡Oh Bob!

Hermann Bellinghausen

¡Oh Bob!

Bob Dylan (nacido Robert Allen Zimmerman en 1941, Duluth, Minnesota), el más popular de los grandes artistas contemporáneos de Estados Unidos, ha sido siempre el rey de la decepción. Argumento más que presentable del pop como cultura, la izquierda de su país y diversas partes del globo lo han hecho icono, modelo y vocero no obstante que casi desde el inicio de su carrera, hace más de 40 años, se la ha pasado haciendo trastadas que lo destruyen y enseguida lo revitalizan. Nadie en el mainstream ha sido más caótico, impredecible e imperdonable que él.

La útima de Dylan tiene con el corazón roto al movimiento altermunista de Estados Unidos y el Reino Unido pues vendió un disco inédito (sinónimo de "su alma") al Enemigo: la cadena de cafeterías Starbucks. Lo que sorprende es que se sigan decepcionando sus fans. Que todavía existan.

Si apenas el año pasado traspasó de un tajo los corazones de las feministas de vieja guardia al entregar su imagen y una canción a la empresa Victoria Secret, vendedora de la lencería más sexy y masiva del mundo (y él tan feo), que con hiperguapas modelos proyecta lo más bajo de las chavas totalmente Palacio. ¿Cómo tú, Bob, el de Just like a woman?

Pero qué esperar del bardo del copyright, el más pirateado del mundo y que, uno supone, no necesita el dinero de brasieres y pantaletas de las chicas cosmo para subsistir. Tampoco del café extraído del sufrimiento de nativos en Tailandia, Costa Rica, Brasil o Indonesia para lucro de Starbucks en los malls y los barrios chidos del primer mundo.

No fue culpa suya que los Weathermen, el grupo más ultra del 68 gabacho (y que derivaron en Weather Underground, la notable guerrilla clandestina de los 70) tomaran el nombre de su guerra contra la de Vietnam del Blues de la nostagia subterránea: "You don't need the weatherman/To know which way the wind blows".

A este Dylan que ya ganó un Oscar, cantó en la Casa Blanca para el presidente Clinton (pudo ser peor) y hace poco se dejó contratar para el fundrising de un candidato republicano, ¿qué otra bofetada podrá ocurrírsele contra los súbditos de su increíblemente adictivo y revelador cancionero de romances y dramas? ¿Dónde poner su voz horrenda que lo hizo un gran intérprete de blues, o la universalidad de su obra en covers incontables de músicos de reggae, jazz, folk, blues, hip hop, coros de iglesia. Lo han hecho suyo los grandes crooners (Joe Cocker, Rod Stewart, Brian Ferry) y sus sucesivas bandas acompañantes: The Band, Electric Flag, Greatful Dead, Heartbreakers, Dire Straits, The Alarm, Robbie Shakespeare. Más los intérpretes míticos: Peter, Paul and Mary, Joan Baez, Byrds, Fairport Convention. Casi nadie en el rock se ha librado de cantarlo o cantarle alguna vez (Beatles, Stones, Pearl Jam, U2, uf...).

El Dylan tan personal de cuando nos cuesta un chingo llorar y nos toma un tren echarnos a reír, que lamenta el amor perdido como José Alfredo al cien, se ríe de sí y de los otros perdido en las calles como piedra que rueda de Roma, Nueva York o Bruselas a Durango y Ciudad Juárez. Seguido le ha dado por rezarle a diversas variantes de "dios": el judío, el apostólico romano, el de los negros. También ha sido ateo, anticristo, antiyavhé. Le ha faltado disciplina para ser budista. Eficaz abogado de los derechos civiles, la paz, la libertad, la belleza cotidiana. Adorador de la Diosa Blanca.

Novelista fallido, actor de westerns, cronista insuperable, malabarista de sí mismo, ha sido una lata desde el principio. ¿No destrozó la admiración de su primer público folk-progresista al acometer el rocanrol estridente de Los Halcones de Robbie Robertson, y que en el Festival de Newport de 1964, donde era el ídolo, fue abucheado, silbado, tundido y casi lo matan? Los tiempos se la pasaban cambiando.

"Traidor" le han dicho los que luego lo perdonan. Se une a los negros bautistas y prefiere defender al boxeador Hurricane Harris que al activista Mumia Abu Jamal.

Incapaz de cantar igual dos veces cualquier canción suya, ahora entrega a Starbucks un concierto de 1962 en el Gaslight. La cadena de cafeterías chic ya lanzó a los cuernos de la luna el año pasado los palomazos finales de Ray Charles y vendió millones de copias póstumas junto con la oscareada película de Michael Mann. Seguramente Dylan también quiere millones de copias vendidas y póstumas. En él todo es póstumo, desde la juventud existencialista del cantautor de protesta que buscaba respuestas en el viento.

De tanto rasgarnos las vestiduras a cada capricho suyo, se nos acaban los trapos y hay que renovar el ropero.

Nunca sabremos si fue un hombre inteligente que comprendió el mundo y sus propios actos, o un burro que tocaba la flauta demasiadas veces y logró que lo creyéramos genio, amigo, profeta obstinado, duradero, lamentable y admirable, incómodo por lo que sí y lo que no.

Cientos de maravillosas baladas del artista desmienten las veleidadades del hombre. Echarle la culpa es un deporte equivocado. El muy canalla.

 
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