Usted está aquí: domingo 19 de junio de 2005 Opinión Adela Lunas, tía

Bárbara Jacobs

Adela Lunas, tía

No podría asegurar que el relato gratuito que me hizo Adela de Lunas una tarde calurosa tuviera la finalidad de justificar el origen de su parálisis, pero lo cierto es que con una emoción sostenida, y casi tomándome de las manos, me contó que en el pasado, a partir de la muerte de su hijo, los domingos ella salía de su cabaña con su esposo, mi profesor, para comer en la ciudad en casa de su única sobrina y la familia de ésta, compuesta, muy ordinariamente, por un esposo o sobrino político, y tres sobrinos nietos, dos hombres y una mujer, la menor.

Para Adela, esta visita constituía el hito de la semana; la preparaba mentalmente a lo largo de seis días y no permitía que nada, ni problemas de clima, compromisos de Lunas, o malestares físicos crecientes de él o de ella, se la impidieran. El domingo se levantaba contenta y canturreaba, sin variación, una vieja tonada que incluía las frases: "Dame la llave, abuelita, y enséñame tu ropero, con cosas maravillosas" que aquí interrumpía sólo para volver a empezar.

La abuelita de su canción podía referirse a su única hermana, madre de su sobrina, muerta años atrás. "Sabe", insertó Adela en su narración, "la muerte de mi hermana marcó el principio del fin de mi propia vida." Dijo que su hermana significaba tanto para ella que, mientras la velaba, y sobre todo cuando los cargadores estaban a punto de llevarse el féretro al cementerio, ella se aferró con toda su fuerza a la caja, llorando, pues quería inútilmente que la dejaran quedarse con su hermana o, para el caso, que se la llevaran a ella también al panteón y la echaran sobre el ataúd como un puñado más de tierra. "Era mi vida", expresó; "del esfuerzo que hice para detener la caja las puntas de mis dedos se pusieron rojas y mis dedos cada vez más blancos." Además, me confió que lloró más a su hermana que a su propio hijo.

A partir de ese acontecimiento, Adela de Lunas volcó todo el amor que antes dedicara a su hermana y a su hijo, a su sobrina y la familia de ésta. Así, los domingos despertaba con entusiasmo y llevaba a cabo cuanto debía hacer, tan- to colocarse un clavel en la solapa, como atender a su esposo y a la misma casa, con celeridad . Debían salir con tiempo hacia la ciudad, pues, aparte de cualquier contratiempo imprevisto que pudiera presentárseles, estaba el hecho, imprescindible, de la compra del pastel con el que sin falta Adela y Pablo Lunas se presentaban en casa de la sobrina, para no llegar con las manos vacías a comer.

En el fondo de su bolsa, Adela cargaba chicles en pequeñas cajas de colores que sus sobrinos nietos se precipitaban a recibir. "Yo quiero el de canela", era el clamor semanal, el de caja roja, a pesar de su picor; y el de hierbabuena y el de menta eran recibidos con menos excitación por dos de los tres hijos de la sobrina de mi profesor y su esposa, Adela.

Un domingo en particular, quisieron las circunstancias que los Lunas llegaran, con el pastel y los chicles antes de la hora usual. La familia de la sobrina, hasta donde les constaba a los Lunas, era una familia feliz. "Si no lo fueran", argüía Adela con Lunas, "ya habríamos visto alguna señal, en especial en los niños." "Pues no estés tan segura", me come ntó Adela que sugería el pesimista de mi profesor; "las apariencias engañan." "Pero a mí me parecía que con ese punto de vista él sólo me fastidiaba por fastidiar", añadió Adela.

"Pero ese domingo", precisó, "no bien nos disponíamos, tras subir las cuatro empinadas gradas, a tocar el timbre, cuando oímos los gritos con que mi sobrino político se dirigía a mi sobrina. Eran violentos y soeces", aclaró, y que el llanto de los niños no se hizo esperar. "¡No le pegues, papá!", exigían los pequeños. "Lo que más me dolió", continuó Adela, "fue oír cómo gemía mi sobrina." Lunas tomó del brazo a su mujer y la conminó a dar una vuelta a la manzana en lo que la situación se calmaba. "Vamos, un pleito lo tiene cualquiera", afirmaba mi profesor para tranquilizar a su esposa. "Pero yo estaba desesperada; las manos me temblaban, y me hirió la sonrisa de Lunas que parecía decirme, 'Ya lo decía yo.'"

Finalmente Lunas llamó a la puerta y la sobrina, sonriente, abrió. Pero, entre esto y aquello, Adela tropezó en el último escalón y, con el pastel debajo, cayó al suelo ya dentro de la casa. El golpe la lastimó tanto que le impidió levantarse y agasajar a los niños que, con ojos llorosos, a coro le pedían el chicle de canela, aunque les picara y por favor.

 
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