Usted está aquí: lunes 13 de junio de 2005 Opinión Trabajos perdidos

Hermann Bellinghausen

Trabajos perdidos

Quedaron de verse en el Café La Blanca. La curadora vendría a su encuentro, así que Belarmino hizo tiempo para esperarla. Ella fue puntual. Rápido ocuparon una mesa contra la pared y ella sacó un sobre grande y gordo de la bolsa de lona que llevaba. Que por cierto no iba con su personalidad, ella tan fina y arreglada, y la bolsa, en cambio, opaca, amorfa, fea.

-Lo poco que conservamos. Junto con los cuadros despareció el archivo de Severo en el incendio. Hemerografía. Su bibliografía completa, creemos. Bocetos. Diarios. Cartas recuperadas que dirigió a Herrán, Ruelas, López Velarde, Tablada, y una, devuelta por el correo, y patética por cierto, pidiéndole trabajo a Alvaro Obregón. Documentos legales, partida de nacimiento, acta matrimonial y una fotocopia del expediente clínico, que se puede recuperar en Lecumberri. Existen otros archivos y registros. Habrá que empezar de nuevo.

Belarmino creyó adivinar el paso reciente de lágrimas por los párpados y conjuntivas de la curadora. El sobre contenía cartas de Severo Amador a su benefactora, la señora Diener, escritas desde La Castañeda la mayoría; algunas, las más antiguas, en papel membretado de hoteles o del restaurante Bellinghausen. Todas, igualmente planas, monótonas. Sin asomo de relieve. Zalameras. Correctas. Belarmino las ojeó, con el mismo desmayo de la señorita Díaz Feria al abrir el paquete y hacer a un lado el vaso de café con leche y la charola de los bizcochos para mostrarle los restos de Amador. Una carta, por ejemplo:

"Manicomio General La Castañeda. Mixcoac, DF, 24 de diciembre de 1929.

"Señora de Diener, México: Muy estimada y fina amiga, he estado muy apenado, desde hace tiempo, por no haber correspondido a los finos obsequios que se sirvió enviarme con la señora Carmen Díaz González. Después, de intento, dejé pasar tiempo para que llegara la Navidad. Ahora tengo el placer de remitirles para usted y para su esposo, dos humildes portaplumas que no tienen más mérito que ser enteramente novedosos. No quedo conforme con esto. Más tarde tal vez podré obsequiarles algo digno de su esmerada educación. Deseándoles una feliz Navidad, mucho dinero y mucha felicidad para el año entrante, me repito como siempre, a sus órdenes, como su afectísimo y atento amigo: Phila Makalla, conde de Doval".

Al calce, como un hilo hacia la cordura, la dirección "sexta del doctor Liceaga, 165".

Belarmino miró a la guapa curadora de ojos grandes. La señorita Díaz Feria. Una chica agradable. Ella agregó:

-La mencionada señora Díaz González era la esposa de Severo Amador, pero no del conde de Doval.

-¿Algún parentesco con usted? -inquirió Belarmino.

-No. Cómo va a ser. Yo vengo de otros Díaz.

-Ah bueno.

-También este librito de 1918, y dos fotografías.

La señorita Díaz Feria exhibió a Belarmino un ejemplar de Pensamientos, encuadernado con hilo verde, en edición de autor. El colofón: "Yo mismo imprimí estos pensamientos, en México, el año de la Paz de 1919". En cada página una viñeta diferente con el tema de guirnalda y calavera. Los pensamientos corren numerados del uno al 370. La señora Diener estampó su hombre en el frontspicio, al pie de una calavera a la que le brotan de las cuencas vacías los tallos de sendas flores altas y sexuales.

Las fotografías: Un retrato juvenil del artista, esbelto, en casaca de pintor, melena negra y bigote largo y exquisito; y otro donde un hombre en traje de calle, regordete y envejecido, el sombrero de fieltro en la mano, posa junto a una fuente ruinosa en el patio trasero de La Castañeda. Al reverso un sello del estudio La Rochester y, escrito por la señora Diener, "Severo Amador". Esto, ya cuando el artista poseía otras dos identidades.

Y para dar una idea de los Pensamientos: "209. ¡Oh, no comprendéis hasta qué punto influye la buena música en la regeneración individual! 210. La tristeza es la hez del alma feliz. 211. Di siempre la verdad aunque no sea verdad lo que digas. 212. La mujer ingrata merece nuestra eterna gratitud. 213. El Mal es una de las formas del Bien. En el Universo todo es bueno. 214. Los buenos trajes tienen más influencia que los buenos cerebros".

Belarmino se rascó la cabeza y miró a la curadora.

-¿Eso es todo?

-Bueno, también los portaplumas "enteramente novedosos".

Se trataban de dos ramas secas, pintadas toscamente. Una sugería la cabeza de una boa exageradamente ancha; la otra, el cuerpo de un ave con una cabecita azteca clavada en la punta, copiada del códice Dresden y coloreada al óleo.

-¿Eso es todo?-repitió Belarmino.

-Ajá -carraspeó la curadora.

Se miraron conteniendo un rictus. Un brillo idéntico les humedeció los ojos. Y de pronto allí, en el bullicio del Café La Blanca, irrefrenablemente, les ganó la risa.

(Severo Amador nació en 1886 en Zacatecas, y murió en 1931 en la ciudad de México. Grabador, dibujante, pintor, escritor, terminó sus días en el manicomio de La Castañeda. Entonces era, intercambiablemente, Yörik Valencia, Severo Amador o Philla Makalla, conde de Doval; los tres llegaron a pintar acuarelas con los bosques y las construcciones interiores del célebre siquiátrico de Mixcoac. En su tiempo fue reconocido como notable dibujante y grabador. Por lo demás, no existe evidencia de que entre 1906 y 1908 haya pintado la serie de óleos de que habla esta historia. En las primeras dos décadas del siglo XX publicó varios libros, hoy completamente olvidados: Confesión, Brozas, Bocetos provincianos, Carbúnclos, Himno a Salomé, Cantos de la sierra, Pensamientos y Estampas viejas.)

 
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