Usted está aquí: domingo 5 de junio de 2005 Opinión MAR DE HISTORIAS

MAR DE HISTORIAS

Cristina Pacheco

La quimera del oro

Cuando pienso en todo lo que tengo que hacer de aquí a octubre me parece que estoy al pie de una montaña inaccesible. Más vale olvidar esa tontería porque el tiempo pasa volando. A estas alturas ya debería haber buscado al menos un cuarto; no lo he hecho porque no tengo ánimo. Si por mí fuera me iría a vivir a la calle. Lástima que todas estén llenas de puestos y no quede libre ni un quicio: para lo poco que tengo no necesito más.

Me siento como si en la cabeza tuviera avispas enfurecidas. Me gustaría dormir y despertar cuando todo haya terminado y no quede ni sombra de este edificio. En el momento en que esto ocurra me arrepentiré de lo que estoy diciendo y pensaré: "Daría cualquier cosa porque no hubieran demolido El Avispero".

A lo largo de cuatro siglos el edificio funcionó como palacete, claustro, beaterio, cuartel, hospital, escuela de oficios para niñas, salón de baile, manicomio, hospicio, lupanar, vecindad. Acabó siendo mi refugio por más de cincuenta años.

Me parece increíble que haya transcurrido medio siglo entre el momento en que llegué a trabajar aquí y el día en que el licenciado Vélez nos anunció la demolición. Durante todo este tiempo ¿cuántos pasos habré caminado entre la azotea y el zaguán, pasando por los corredores, el patio, los departamentos?

Deben haber sido millones y, sin embargo, no dejaron una sola huella. El edificio tiene muchas. Se las han impreso los siglos, el viento, la lluvia, los terremotos: también los inquilinos. He visto llegar a decenas de familias, parejas, hombres y mujeres solos. Todos lo primero que hicieron fue perforar las paredes con clavos. Colgaron retratos, imágenes, calendarios, lazos, trastos, ropa. Cuando se fueron se lo llevaron todo, menos los clavos.

Hasta hace tres semanas, parte de mis obligaciones en El Avispero consistía en limpiar el departamento recién desocupado y ver qué reparaciones necesitaba antes de volver a alquilarse. Para enterarme bien tenía que revisar hasta el último rincón. En los cuartos vacíos siempre encontré ecos de voces, risas, llantos, música, motores.

Pude escucharlos con tanta claridad que hasta llegué a creer que los inquilinos seguían allí y me miraban disgustados, molestos por mi intrusión y con deseos de que me fuera. Pero no podía salirme. Mi deber era revisar las paredes. Las encontré siempre descascaradas y llenas de sombras. Para divertirme, mientras las observaba, ponía a prueba mi memoria:

Aquí, si no mal recuerdo, estaba el retrato de bodas, allá el calendario de La Chulita, junto a la ventana el altar, sobre la puerta un cuadro con una herradura y un trébol de cuatro hojas.

Con las sombras nunca fallé, con los clavos sí. No siempre logré saber, o siquiera imaginarme, qué colgaba de ellos o por qué estaban metidos en los sitios más raros -por ejemplo, a nivel del zoclo-. El misterio me parecía un insulto y cuando los clavos no estaban muy profundos los arrancaba para que en los hoyitos anidaran los insectos antes de que Tadeo comenzara el resane.

Tadeo se demoraba semanas haciéndolo. Aunque ellos no le pagaran el trabajo, los inquilinos subían a quejarse conmigo por la tardanza. Yo hacía lo posible para que entraran en razón:

A Tadeo no le pagan a destajo, sino por toda la obra. Comprendan que si se tarda es por ser muy minucioso.

Mis palabras, en vez de tranquilizarlos, acrecentaban sus sospechas:

No se haga, doñita: usted sabe muy bien que Tadeo, en vez de resanar, hace más grandes los hoyos para ver si hay tesoros enterrados.

Desde que llegué a El Avispero oí el cuento de las bolsas llenas de monedas y joyas escondidas aquí. Cuando Tadeo vino a trabajar los rumores corrieron con más fuerza. Luego cesaron las habladurías y creí que el asunto estaba olvidado. Me equivoqué: resurgió, en medio del silencio pero con más fuerza, desde que los inquilinos se enteraron de que van a demoler este edificio.

Aunque fuera posible dormirme de aquí a que desaparezca, no podría hacerlo. Los ladridos de los perros no me dejan pegar los ojos. Rambo y Killer están asustadísimos porque oyen pasos, voces, rumores, muebles que se arrastran, piedras que ruedan, vidrios que se estrellan, golpes.

Como El Avispero tiene eco, la primera noche me pareció que algo estaba sucediendo en el patio. Salí a ver: ¿Qué pasa? ¿Quién anda allí?

No vi nada ni a nadie, pero me quedé a esperar por si ocurría algo. Al fin no escuché nada. Los perros se aquietaron y eso me dio confianza para volver a mi cuarto. Antes de encerrarme eché un último vistazo. Entonces vi lucecitas en algunas ventanas. Me entró curiosidad: ¿Qué estarán haciendo?

No encontré respuesta, a lo mejor porque era tardísimo y, con tantos desvelos, estaba molida. Además recordé que al día siguiente me tocaba hacerle sus compras a Amalita. A ella le gusta que vaya al mercado muy temprano, a la hora en que los puestos rematan las verduras y frutas del día anterior.

Al pasar por la miscelánea Four Seasons vi a Margarito lavando la calle. Lo saludé y me dijo:

Me quedan pocas velas. ¿No quiere que se las aparte?

Le respondí que aún tenía algunas de las que le compré en febrero, porque desde entonces, gracias a Dios, no hemos sufrido apagones. Margarito me miró asombrado:

Creí que seguían batallando con la falta de luz, porque sus vecinos han estado comprándome mucha vela. Ayer El Maras se llevó dos cajas. Le pregunté para qué necesitaba tantas y me respondió que luego me decía. ¿Usted sabe en qué anda ese cuate?

No pude menos que reírme: No, pero me lo imagino.

En eso apareció el repartidor de cervezas y Margarito entró con él en la miscelánea. Aproveché para despedirme, aunque de todas formas no pensaba decirle a Margarito lo que acababa de descubrir: El Maras usa las velas para lo mismo que Rafa, Máximo y hasta José: alumbrarse mientras escarba en secreto, en busca de los tesoros que, se supone, están enterrados en todo El Avispero.

De seguir con esa locura sólo conseguirán que los demás inquilinos se pongan a cavar también y, antes de lo que se imaginan, el edificio se nos venga encima. Con eso nada más el arquitecto Montesinos saldrá ganando, porque así le ahorraremos el costo de la demolición.

En la junta que tendremos mañana diré a El Maras, a Rafa, a Máximo y a José que estoy al tanto de sus maniobras. Además de parecerme una soberana pérdida de tiempo, nos ponen en peligro. No faltará un loco que venga, secuestre a uno de nosotros y -luego pensando en que estamos forrados de oro- nos pida millones de rescate. Esto sería terrible, pero hay algo peor: que los ladrones entren en nuestras casas y nos maten para llevarse las riquezas que, según ellos, encontramos aquí.

Por ese lado estoy tranquila. Si un ladrón me sorprende en mi casa no encontrará nada de más valor que mi tele. Le diré que se la lleve, pero que no me haga daño ni toque los retratos de mis padres. Están juntos. Disimulan la grieta en la pared. Desde que vivo aquí, será esta la primera temporada de lluvias que no llame a Tadeo para que la resane.

Dejaré que la humedad profundice y alargue más la hendidura. Si tengo valor, en algún momento antes de irme para siempre de esta casa deslizaré la mano por la fisura. No pretendo hallar monedas, sino asegurarme de que no se encuentra allí una muchacha desnuda mirándose al espejo. Apareció en un sueño que tuve. Quiero desvanecerlo antes de que la picota lo destruya.

 
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