Usted está aquí: domingo 5 de junio de 2005 Opinión Entre el siglo XIX y los años 30

Guillermo Almeyra

Entre el siglo XIX y los años 30

Hay quienes (Negri y Hardt) nos tranquilizan diciendo que no existe ya el imperialismo, que los estados agonizan, que las trasnacionales, que gobiernan supuestamente el mundo, no tienen ya interés en guerras, y que lo que llaman Imperio es resultado de la victoria de la multitud, o sea, del avance anticapitalista incontenible de la humanidad, que busca el éxodo del sistema y, llevada por el amor franciscano, triunfará ineluctablemente. Ellos cumplen el papel de los curas tradicionales, con sus promesas de felicidad eterna... en la otra vida. Hay otros (I. Wallerstein) que aseguran en cambio que el capitalismo se derrumbará inevitablemente, por sus propias contradicciones, exactamente dentro de 50 años, durante la vida de nuestros nietos y, por tanto, si hasta entonces nos da el cuero podríamos esperar sin angustiarnos demasiado. Pero, a mi juicio, ni el capitalismo muere por sí solo (pues si no hay resistencia de los oprimidos no hay límites hacia abajo, fuera de los ecológicos y los demográficos, para el aumento de la explotación y de la desigualdad), ni estamos ganando la batalla por la igualdad, la justicia y la civilización. Por el contrario, en el campo social se está retrocediendo hacia fines del siglo XIX y en el campo político estamos en 1930, preñados de fascismos, clericalismo-fascista y guerras.

Por supuesto, la historia no se repite y el pastor alemán que fuera guardián de la Inquisición no es exactamente Pío XII, el Papa fascista que bendijo los ejércitos de Mussolini, Franco y Hitler, y lo que está sucediendo en Estados Unidos no es la réplica idéntica de lo que sucedía en la Alemania del führer. Pero un perro es un perro, tanto si es bulldog o rotweiller, y hay que distinguir, por obvia seguridad, entre las especies asesinas y los chihuahuas o caniches de las señoras chic. Por eso, en mi opinión, los analistas-adormideras responden al miedo difuso por la fascistización de la primera potencia militar mundial y por las tormentas bélicas (incluso nucleares) que se adensan en el horizonte. Si Negri se ofrece como nuevo San Francisco es porque, como en tiempos del de Asís, vivimos en una época de hambrunas, desastres sociales, guerras continuas, destrucción del Estado como moderador de los conflictos y descomposición de las herramientas para la hegemonía cultural de los dominantes -entonces el cristianismo del Nazareno- ante la violencia y la corrupción de los que hablaban en nombre de esa ideología (el papado y los reyes "cristianísimos" o "catoliquísimos").

Si la democracia tiene hoy como sacerdotes y profetas a los Bush, Cheney y Condoleezzas varios, y se sustenta mundialmente en la amenaza de lanzar bombas atómicas sobre Corea del Norte o Irán, y si la guerra preventiva (que Goering defendió en el proceso de Nurenberg como justificación de la política internacional nazi) es la base de la política internacional estadunidense, ¿quiere decirme usted ante cuál régimen estamos? Porque si este animal tiene pico, grazna, nada, camina como pato y pone huevos de pato, es lícito considerarlo un pato.

Pero no sólo Bush sostiene, como Hitler, que los pueblos son responsables de sus gobiernos y deben ser castigados armas en mano y con la ocupación por lo que éstos hacen (Serbia, Afganistán e Irak son los primeros ejemplos, pero hay planes también para Siria, Irán, Corea del Norte, Cuba y Venezuela, y la lista siempre puede alargarse). El neofascismo estadunidense anula también el seguro social, restringe salarios y derechos de las clases subalternas, cancela los derechos civiles mediante el espionaje y los controles policiales, quita a los pobres para subvencionar a los millonarios y pagar la carrera armamentista. No contento con envenenar el mundo -no firmando el Protocolo de Kyoto o con sus armas con uranio enriquecido y sus guerras biológicas inconfesadas-, envenena también, como Hitler, la mente de la mayoría de los estadunidenses aprovechando su ignorancia y su miedo al resto del planeta, con una religiosidad fundamentalista, el chauvinismo, el racismo y el conservadurismo agresivo. No se puede hacer la guerra si no se ha ganado la batalla por las mentes y robotizado, pervertido, a los futuros soldados con los gases venenosos del patrioterismo y de la idea de que el Dios Vengador ostenta una escarapela con las barras y las estrellas.

Quien hoy piense libremente, en un país que declaró ser el de los hombres libres, está en una situación parecida a la de sus semejantes en la Italia anterior al asesinato de Matteoti o en la Alemania de Hitler anterior al incendio del Reichstag. Esta mezcla de retorno hacia 1880-1890 (con colonialismo y todo, como el de Israel en Palestina o el de Estados Unidos en Afganistán e Irak) en lo social, anulando las ocho horas, la protección al trabajo de la mujer y la prohibición del trabajo infantil y la esclavitud, robando las jubilaciones y pensiones a los trabajadores, rebajando los salarios directos e indirectos, va acompañada con la guerra como política.

Von Clausewitz decía que la guerra era la continuación de la política por otros medios. Bush hace de la guerra la política, porque sin ella no puede mantener la declinante hegemonía de Estados Unidos ni puede forrar los bolsillos de la camarilla que gobierna y, al mismo tiempo, es petrolera y armamentista. No hay que dejarse, pues, arrullar por los que se niegan a ver la verdad de frente. Por el contrario, es necesario luchar, ganar en poder y ganar el poder, para cambiar este mundo antes de que los fascistas y sus sirvientes y cipayos lo acaben.

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