Usted está aquí: sábado 4 de junio de 2005 Opinión Los cambios en Gobernación

Roberto Campa Cifrián

Los cambios en Gobernación

En medio de un fuego severo, amigo y enemigo, dejó Santiago Creel la Secretaría de Gobernación. Su legado es paupérrimo; después del balance, sus sucesores decidirán si aceptan o repudian la herencia.

Ante la evidente falta de resultados, quien se va le hecha la culpa a las limitaciones que impone un ejercicio democrático del poder, a la carencia de los instrumentos perversos mediante los cuales el viejo régimen procesaba sus decisiones políticas.

El hecho es que no hay un solo acuerdo trascendente y serio, que las reformas no salieron, que este gobierno gastó en frivolidades el enorme bono democrático que le otorgó la alternancia.

Concluir su tarea, viajando a Estados Unidos, no es una señal menor, sobre todo porque ahora deberá enfrentarse electoralmente a quien es supuestamente visto como un peligro por importantísimos grupos de interés estadunidenses.

En su favor puede decirse que no debe ser fácil ser cabeza política del gabinete de la pareja presidencial y, a diferencia de su principal crítico, puede dejar Bucareli a plena luz del día y por la puerta de enfrente.

La llegada de Carlos Abascal ha desatado una dura polémica. Siendo más los comentarios críticos, ha habido expresiones informadas y fundamentadas de quienes trataron con él en su anterior encargo y dan cuenta de su seriedad y de una autentica vocación para cumplir lo que compromete en los acuerdos.

Abascal es un personaje sorprendente, nacido en el núcleo más radical, más duro del sinarquismo, se forma en la lógica de salvar a la patria de la Revolución Mexicana, con la mira puesta en enemigos precisos: los bolcheviques, los masones, los judíos, los protestantes.

Su padre, Salvador Abascal, fue líder visible de un movimiento que pierde banderas cuando la Revolución Mexicana se modera, que -a juicio de Jean Meyer- perece de muerte natural cuando cumple la misión que le habían asignado sus dirigentes invisibles, que se dan por satisfechos con la elección de Avila Camacho y, más aún, la de Miguel Alemán, y entonces deciden terminar el movimiento y eliminar a don Salvador.

Carlos cuenta a Katia D'Artigues en entrevista después del escándalo por su discurso sobre el trabajo de las mujeres, que es el quinto de 11 hermanos, que su madre fue novicia y su padre seminarista, que de niño jugaba a ser padrecito y a los 11 años decidió probar su vocación, yéndose al seminario donde estuvo tres años, al término de los cuales ya no se sintió con entusiasmo para ser sacerdote.

Para Carlos Abascal no hay figura más importante que la de su padre; muy lejos están en sus recuerdos otros ejemplos, como el tío Juan Carranza, o incluso su madre, a quien quiere entrañablemente, pero, reconoce, no puede nunca disociar de su padre.

Sin embargo, cuando se analiza la relación de Carlos Abascal con su padre se puede advertir que la identidad está en las diferencias, sutiles, mínimas para un librepensador, profundisímas para alguien con esa formación, con esa intensidad y naturaleza de fe.

Espero sinceramente que a Abascal le vaya muy bien en su paso por Gobernación, le van a servir mucho los cinco años en la Secretaría del Trabajo, y ojalá le sirva haber enfrentado a la opinión publica por sus escandalosos excesos cuando censuró a Georgina Rábago Pérez, la maestra del Instituto Félix de Jesús Rougier, quien puso a sus alumnas a leer a Carlos Fuentes y
a Gabriel García Márquez.

Consciente de que en época de vacas flacas es más fácil mediar entre empresarios y trabajadores, creo que su gestión en la Secretaría del Trabajo fue buena, percibo respeto de quienes lo trataron.

Pero lo duro viene ahora, porque, sin ser sencillo, tratar con sindicalistas y patrones no es lo mismo que hacerlo con candidatos y dirigentes partidistas. Aunque la conducción del proceso electoral ya no está en Gobernación, sigue jugando un papel de primer orden en una elección que será seguramente apretada y con un árbitro que nació sin el acuerdo de uno de los actores principales.

Por su formación, por sus convicciones, Carlos María Abascal Carranza deberá estar dispuesto a traicionarse a sí mismo si quiere enfrentar con éxito el papel que le ha tocado jugar. Me refiero a la traición como el meollo del arte político, en los términos del libro de Denis Jeambar e Ives Roucate, El elogio de la traición, y particularmente me refiero a la explicación de la diferencia entre la traición que no viola las reglas divinas, de la cobardía que las transgrede, la diferencia entre la traición de Judas y la de Pedro.

 
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