Usted está aquí: jueves 19 de mayo de 2005 Opinión ANTROBIOTICA

ANTROBIOTICA

Alonso Ruvalcaba

Libertinaje oral

El tabaco, "postre del infierno"

Tomar café, aunque huya el sueño

OCIOSOS, GLOTONES, CACHONDOS, libertinos, fumadores y bebedores del mundo, todo conspira contra vosotros. Mira a tu derecha: ahí está el matrimonio como una institución represora en la que quieren inscribirse hasta los antiguos forajidos; mira a cualquier lado: la gente te ve mal, estás gordo, nunca vas a fiestas con la misma mujer o el mismo tipo (piensan "pobre, él sí está solo"), tienes antojos todo el tiempo y, ocioso al fin, no te alcanza para pagarlos. Quieres juntarlo todo en una cama. Los nutriólogos, los dietistas, los sicólogos cuentan historias de miedo de gente como tú. Eres un triste ejemplo para ellos. Prohibido fumar, no confundas libertad con libertinaje, y yo no me acuesto con panzones.

PERO A TI no te importa. Te ríes de tanta ley, de las recomendaciones del surgeon general y del pobre de Charles Sorel, que en su Berger extravagant (1627) condenó al tabaco con el apelativo "postre del infierno". Otros (como tú) ven el puro consumirse como una hermosa serpiente marrón que cambia de piel al final de una comida, e intuyen en él aromas de nueces, de tierra mojada. En el mero principio del Dom Juan de Molière (1665) están aquellas sinuosas palabras, que uno prefiere degustar en voz baja, saboreando las sílabas: "Nada hay igual al tabaco: es la pasión de la gente honesta, y quien vive sin tabaco no es digno de vivir. No sólo regocija y purga el cerebro humano, incluso enseña al alma virtud, y aprendemos con él a ser hombres cabales. ¿No veis acaso, desde que uno lo enciende, la manera cortés en que se desea compartirlo a diestra y siniestra, doquiera que se esté?" ¿Quién no ha pedido un cigarro en un antro, con el deseo nada secreto de que ese regalo lleve en algún momento a las caricias? Casanova decía: "Como mi tabaco español era excelente, mi tabaquera siempre le daba la vuelta entera a la mesa." Codera fumadora, ¡jamás! Y Margot la Ravaudeuse, en el libraco epónimo de Fougeret de Monbron (1750), comete "cien impertinencias" para seducir a un barón alemán en la ópera, entre ellas abrir y cerrar su tabaquera, sabrosísimamente...

EL CAFE TAMBIEN se deja debatir. Primero, por los desheredados a los que les impide dormir, aunque se trate sólo de ese jugo de calceta que suelen llamar "café americano". Más triste es el caso de quienes lo agarraron como modita, para ver a la fauna que se planta en el Starbucks de la esquina (y dejarse ver por ella)... Rápido vuelven a la mente el Casanova, él sí ejemplar, y sus cachonderies: cómo con la preciosa mucama Lucie el café se vuelve pretexto para "once noches de posesión", y en la forma en que le pide a la accesible mademoiselle Roman: "Permítame que vaya a verla mañana muy temprano, que me tome un café con usted, sentados bien cerquita los dos, en su lecho." Todo el chisme está, claro, en la sápida Histoire de ma vie.

DEL CHOCOLATE -que ya estudiaremos muy pronto, porque se cuece aparte- y sus virtudes eróticas hablan todos: el Thémidore de d'Aucour, el clérigo calenturiento de L'Abbé Il-et-Elle, Casanova (obvio), el querido marqués de Sade, pero las ostras se llevan de calle las referencias. Pretexto manifiesto para beber vino (champaña, sobre todo), en el XVIII se comían a lo loco: Grimord de la Reynière ya habla de la "indiscreción" de algunos invitados que las tragan "por centenas", Furetière menciona a "codiciosos que comen seis docenas de conchas" por sentada... Cuánto remilgo. Las ostras también son símbolos del sexo femenino: la joven Manon, en Thèrese philosophe (1748), cuenta de un cura que, en un intento frustrado de cunilingus, se ve reducido "al humillante recurso de escupir en la ostra que no puede tragar".

Y LAS OSTRAS llevan derechito a la ebriedad. Cuando, en Les cent vingt journées de Sodome, de Sade, Curval se encierra "en la alcoba del fondo con Fanchon, Marie, la Desgranges y 30 botellas de vino de Champagne" ya sabemos que no van a salir de ese cuarto en blanco. En ese libro revolucionario (aunque a la prosa le falta explosión) la Duclos ve a su hermana, chez la Guérin, "desnuda, en un gran bidet lleno de vino de Champagne, y ahí nuestro hombre, armado de una gran esponja, la limpiaba, la inundaba, recogiendo con cuidado hasta la más mínima gota que caía de su cuerpo y de la esponja". Puro Las Vegas antes de que los ñoños se robaran el micrófono.

PERO A TI ninguna ñoñería te importa. Tú quieres más vino, ostras por docenas, café hasta el insomnio total, quieres fumar más, más lo que sea. No te puedes contener. Y está bien que así sea: este lamentable mundo está en tu contra, quiere verte flaco, que duermas bien, que huelas a Armani en la mañana, que respetes los semáforos y los viernes para hacer el amor. Allá el mundo. Cuando todo se acabe tú vas a estar en el infierno, los pulmones grises, la garganta color vino tinto y los dientes negros, riéndote de todos y diciendo lo único que valdrá la pena decir ahí y entonces: "Yo viví."

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