Usted está aquí: sábado 14 de mayo de 2005 Opinión Una historia de amor

Margo Glantz

Una historia de amor

Ampliar la imagen Fotograf�de Andreas Bleckmann, 1996, que ilustra la portada del libro Historia de una mujer que camin�r la vida con zapatos de dise�r, de la escritora y acad�ca Margo Glantz

El nuevo libro de Margo Glantz, Historia de una mujer que caminó por la vida con zapatos de diseñador, reúne relatos de la escritora y colaboradora de La Jornada escritos mediante una ''histeria dosificada'', de 1992 a 2004. Con autorización de la editorial Anagrama ofrecemos a nuestros lectores un adelanto del volumen que en breve comenzará a circular en el país, como parte de la colección Narrativas Hispánicas de ese sello

A diferencia de los viajes que emprendían en barco de vela, a camello o sobre elefantes -ataviados de manera ostentosa-, los viajes circulares utilizan transportes más modestos, por ejemplo, un taxi, un tren o un camión rojo de dos pisos, típicamente londinense, y lo que veo yo, Nora García, es lo que se ve desde la altura, y no toda la altura; estoy sentada arriba y atrás; además fumo, y bien sabemos que en una sociedad puritana los fumadores merecen un castigo: ya no se puede fumar ni siquiera en el segundo piso de un autobús y muy pronto ni siquiera en la calle. Si estuviera sentada en la parte delantera del vehículo podría ver con claridad el panorama; en la parte posterior se pasa al lado de los árboles florecidos de la primavera y parecería que con la ventana abierta fueran a destrozarme la cabeza; pero es sólo un rozón, tropiezan con el autobús y rayan la bella pintura roja, dejándola marcada, cicatrizada, para hacer juego con los asientos remendados del interior. Viajo en un autobús número 14 con plataforma abierta, un autobús de los antiguos, que, cuando estuve en Londres, eran aún muy numerosos.

Prosigo: pasamos frente al Arco de Wellington, en la esquina de Hayde Park Corner (explicación redundante), estoy sentada, como dije, en el segundo piso del autobús, en la parte trasera, donde huele a tabaco, a tabaco rancio, el de las colillas aplastadas y enterradas entre las tablillas del piso, iguales a las tablillas de los viejos Metros (por ejemplo el maravilloso de Saint John's Wood que aún conserva sus bellas lámparas art decó y 450 escaleras hacia arriba y hacia abajo, ascensor en reparación) y si para colmo o para delicia -cada quien ve la feria como le acomoda-, viajo en uno de los tradicionales autobuses cuyos cobradores son gente de color -swarthy people, aquí les llaman-, hin-dúes los choferes o los conductores negros o viceversa -quienes además de vestir un uniforme raído huelen (humanamente) a sudor e insultan a los pasajeros en un inglés que nada tiene de africano o de oriental pero si de cockney-, específicamente dentro del perímetro comprendido entre la iglesia de Saint Gilles y otra iglesia u otra plaza pública en Soho de la cual en este momento no puedo recordar el nombre, me es imposible viajar sin distraerme y decidirme a favor del pasajero insultado (por lo general muy blanco, vestido como un caballero de otros tiempos) o aceptar que el conductor o el cobrador tienen toooooda la razón, por eso mi texto apenas alcanza el nivel de un cromo o de un paisaje de acuarela, acercamiento superficial, es decir, pintoresco, aunque quisiera tener la misma calidad de ese tipo de pintura llamada precisamente así, pintoresca, de la cual se dice (¿apropiadamente?) que era representante Turner (no lo creo), Turner, el pintor inglés que más me atrae junto a Stanley Spencer, Francis Bacon y Lucien Freud. Admiro a Turner cada vez más en mis frecuentes visitas a la Clore Gallery -una reciente extensión de la galería Tate (finales de los ochenta)- y lo contemplo como si estuviera en un autobús de dos pisos, rojo, sentada en la parte de arriba (donde apesta a tabaco), al lado de esa ribera del Támesis conocida como la Mill Bank (en la época de Turner, el río estaba repleto de barcos mercantes y barcazas de pescadores) (Inglaterra era entonces una isla rodeada de mar y Londres una ciudad con un hermoso, sucio y agitado río), y veo pasar los cuadros en rápida sucesión (la expresión de quienes se pasean en las pinacotecas revela una mal disimulada decepción: que en ellas sólo haya cuadros colgados, asegura Walter Benjamin), los cuadros pasan frente a mí como pasan los peatones por Picadilly Street, desde mi observatorio en movimiento, o cuando, en verano y en Hyde Park, los sorprendo acostados en el pasto tomando el sol, felices, sin preocuparse de que sus blancas pieles -si son blancas- puedan insolarse: practican un striptease maravilloso, lo admiro en todo su esplendor desde la torre vigía del camión (aún no se construye la nueva Tate con su vacilante puente, el Millenium: atraviesa el Támesis).

Esta es obviamente la historia de un viaje, mi viaje, un viaje singular, la historia de un turismo a medias, recorro Londres en metro o en un camión rojo de dos pisos, antiguo, con su plataforma descubierta, su escalera de madera casi de caracol y su cobrador reglamentario (quizás hindú) y desde la parte trasera del autobús donde se sientan los fumadores, cerca de la ventanilla, en el segundo piso, contemplo el panorama: por mi relato van pasando los personajes de la calle o las novelas, los cuadros de los museos, los reportes del tiempo de la BBC: siguen el ritmo -la rapidez o la lentitud- con que el autobús o los Metros recorren la vieja ciudad inglesa: es un viaje interior, el mío, el de Nora García o, más bien, si soy más precisa, confesaré que se trata de un viaje topográfico. Cuento entonces la historia de un viaje circular: insisto, mi propio viaje, el viaje in illo tempore de Nora García.

(¡Qué locura, la de perseguir acontecimientos en todo el mundo! Si hubiese una revolución en China, sería necesario irla a buscar. En esta tierra se juega solamente el papel de espectador, se transita de teatro en teatro y nunca es posible fijarse en el lugar de la escena. Una abominable forma de proceder: habría que pasar por lo menos parte de la vida en un solo lugar. Algún día las puertas se cerrarán: la vejez será el único premio al incesante movimiento de la juventud.)

[¿Carta de Mme. de Staël a Jean Potocki? ¿1787?]

King's Cross huele a orines, es natural, por sus pasillos, sus escaleras, sus plataformas, deambulan centenares de londinenses y de extranjeros de todos los colores, los olores, las razas, los vestidos más estrafalarios, adornados o desordenados, compuestos o descompuestos (¿averiados?), parecidos a los relojes distribuidos a lo largo y ancho de esta estación de Metro (the tube) -y muchas otras, Picadilly Circus, por ejemplo- jirones del vendaje espectacular que permitió construir el Museo Británico en cuyas salas se alojan los faraones dentro de sus sarcófagos. Cada uno de esos cadáveres momificados, perfectamente envueltos, el ejemplo deteriorado, duplicado, de los relojes que en Earl's Court Station, línea Picadilly, deberían marcar claramente las horas, los minutos, los segundos, para que los usuarios puedan consultarlos y llegar a tiempo a sus destinos; los relojes son secretos, enigmáticos, velados, muy parecidos a las momias de los sarcófagos de los monarcas egipcios, antes de que los trasladasen al taller del relojero o al depósito de cadáveres, la prueba palpable del fin de un imperio: King's Cross huele a orines y sus relojes están vendados como las momias de los faraones.

La antigua puntualidad inglesa es un mito, pienso, Conan Doyle ya no podría escribir sus novelas sobre Sherlock Holmes. ¿Cómo podría el famoso detective salir despavorido de su casa situada en Baker Street (muy cerca de Marylebone y de lo que es ahora el museo de cera donde se reproduce a los famosos: Marilyn Monroe, Margaret Thatcher, Jackie Kennedy Onassis, María Callas, Ronald Reagan), acompañado de Watson (quien abandona a su esposa y a sus pacientes para seguirlo) con el objeto de alcanzar el tren (saldrá en punto de la 1.25 de la tarde) y llegar a tiempo a Baskerville para resolver el misterio de los mastines fantasma en uno de estos trenes que siempre se retrasan? Los relojes verificaban fehacientemente el paso de los años, y los ingleses llegaban siempre puntuales a su destino; los relojes de hoy están vendados, maniatados, comunican su retraso, marcan la impuntualidad que en todas las estaciones de Londres convoca a largas colas de viajeros esperando pacientes en Liverpool Street, Paddington, Victoria, Waterloo, King's Cross a que el tren de las 5:55 en punto del viernes por la tarde (antes de iniciar el weekend, la famosa semana inglesa) llegue con veinte minutos, treinta minutos, dos horas de retraso, anunciadas sistemáticamente cada diez minutos con voz amable que apologiza the inconvenience que ese retraso cause a los viajeros (sin mencionar en absoluto la posibilidad de múltiples catástrofes provocadas por el deficiente mantenimiento de los trenes), para que cuando al fin y al cabo pueda yo abordar el vagón de segunda (los pasajes de primera son muy caros, los de segunda también y desplazarse a distancias muy largas lo es aún más), pueda ocupar uno de los asientos cuidadosamente remendados: hacen juego con los vendajes llenos de polvo que cubren los relojes de las estaciones de los Metros o de las calles, y me recuerdan los que en las plataformas extienden su impuntualidad y la transmiten a las pantallas electrónicas detenidas misteriosamente (¿los enigmáticos relojes de Cartier?), a las cinco en punto de la tarde, hora del té o de la muerte de Ignacio Sánchez Mejías, en el poema de García Lorca.

La morosidad es una dimensión espacial.

 
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