Usted está aquí: domingo 3 de abril de 2005 Sociedad y Justicia MAR DE HISTORIAS

MAR DE HISTORIAS

Cristina Pacheco

Desde la ventana

Tadeo vino a decirme que Amalia quería verme. Se me hizo raro porque ella sólo me llama cuando necesita que vaya a retirarle dinerito del banco y que le compre su mandado. Le hago el favor cada mes y faltaba mucho para eso. Siempre me recibe las cosas por la ventana. Junto tiene el catre donde duerme. En el día le sirve de sillón, así que nunca se aparta de ese lugar.

Amalia quiere que todos la veamos a la hora de su muerte. Le horroriza pensar que pudiera sucederle lo mismo que a su madrina Elena: la encontraron, ya toda descompuesta, hundida en la tina del baño donde al parecer le dio un infarto. Eso ocurrió cuando Amalia era niña pero aún recuerda el olor espantoso que emanaba de la carne putrefacta.

Amalia no siempre fue tan huraña como ahora. Recién llegada a El Avispero iba de un lado a otro y hacía reunioncitas, aunque guardaba luto por su madre. Luego, de buenas a primeras, se enclaustró y, como quien dice, nos cerró la puerta de su casa a todos, menos a Tadeo.

Cuando él dijo que Amalia me necesitaba bajé corriendo al 204. Me extrañó que ella me abriera la puerta y me invitara a pasar. Llevaba mucho tiempo sin verla de pie y me impresionó su delgadez. Se le doblaron las piernas y apenas tuve tiempo de sostenerla. Noté que ardía:

Tiene mucha fiebre. ¿Desde cuándo está así?

Movió la cabeza:

No sé, no sé nada. Todo me da vueltas.

Recordé que en tantos años de vivir aquí jamás ha recibido visitas, pero de todos modos le pregunté si tenía familia. El silencio me confirmó su soledad. Acaricié su mano:

No se mortifique: ya sabe que todos la queremos. La voy a llevar con el doctor Ramón Allende. Es muy bueno. Lo conocí una vez que acompañé a la señora Bonna a su consultorio. No queda lejos. En taxi llegaremos como en veinte minutos. Se asustó. Lo pido al sitio para que vayamos seguras. Ya verá cómo todo va a salir bien, nada más que me la voy a llevar muy bien cobijadita.

Pasé a la recámara. Enseguida vi el ropero de copete, con su luna biselada. Le recordé a Amalia cuánto se lo había chuleado la mañana que llegó con su mudanza a El Avispero:

Con decirle que hasta pensé en pedirle que me lo vendiera. ¡Es una preciosidad! Intenté abrir el ropero y no pude. ¿Dónde tiene la llave?

Amalia no me contestó. Volví a su lado y le repetí la pregunta. Se tardó en responderme:

Junto a la tumba de mi madre. La enterré allí para que ella descanse tranquila, sin temor de que vuelva a agarrarle sus cosas.

Pensé que Amalia estaba delirando a causa de la fiebre. Tomé una colcha que vi sobre la máquina y se la eché encima.

Espéreme tantito. Voy a llamar al sitio.

Amalia se frotó las manos con desesperación. Hago lo mismo cuando me siento nerviosa, acorralada. Me senté frente a ella y le ordené el cabello:

¿De qué tiene miedo? A ver, dígame.

Inclinó la cabeza y siguió frotándose las manos:

De la calle.

Me reí y le dije:

No me extraña. Lleva añísimos encerrada. ¿Por qué? Antes no era así, acuérdese... ¿Le digo una cosa y no se enoja? Como la veíamos ir de un lado para otro, le pusimos un apodo: Choclo Santo.

Creí que iba a reclamarme, pero sólo dijo:

Ella nunca miente. Le pregunté a quién se refería. Me respondió temblando: A mi madre. Anoche la vi en sueños. Me aconsejó que no saliera porque en la calle me está esperando la muerte. Temblando, insistió: Ella nunca miente. Odiaba que yo lo hiciera, sobre todo cuando me preguntaba si yo quería que se muriera: "entonces no tendrás que cuidarme y podrás largarte adonde se te pegue la gana".

Me pareció monstruoso lo que acababa de oír:

Con todo respeto a la memoria de su madre, creo que hizo muy mal diciéndole algo tan feo. Usted era una niña.

Amalia se iluminó:

¡Pero era cierto! Yo acababa de cumplir 12 años cuando mi madre cayó enferma. Entonces era planchadora en la tintorería de un chino. El calor y los vapores le provocaron un reumatismo que le llegó al corazón.

Me sentí incómoda y preferí interrumpir la conversación:

Ya perdimos mucho tiempo. Usted está malita. Deje que la lleve al doctor y en el camino me sigue platicando.

Amalia no me escuchó. Estaba atrapada en su historia:

Cuando mi mamá se dormía -sólo entonces- me acercaba a la ventana para mirar la calle. Se me antojaba subirme a los camiones para irme lejos, lejos... Mi madre tenía razón en una cosa: ansiaba mi libertad, pero no su muerte.

Tuve una sospecha:

¿Ella consultó algún médico?

La dulzura que antes iluminaba la cara de Amalia se convirtió en rencor:

No, nunca. Siempre supe la razón: temía aliviarse y que entonces me alejara de ella. Fue inútil ocultarle ese pensamiento, porque ella lo adivinó: "¿Crees que estoy enferma a propósito, verdad? ¡Contéstame!" Y yo, ¿cómo iba a decirle que sí? Eso hubiera sido como clavarle otro alfiler en la piel. La tenía amoratada. Luego se le despellejó.

Amalia me miró fijamente:

Sé lo que está pensando, doñita: que mi madre era una mala persona. Me apresuré a negarlo y ella sonrió indulgente: Yo también lo pensé muchas veces. Pero otras... ¡Ella era tan linda! Le gustaba jugar. ¿Sabe a qué? A que yo era ella. Me pedía que me pusiera alguno de sus vestidos o sus zapatos y me ordenaba dar vueltas por toda la casa para hacerse las ilusiones de que era ella quien paseaba.

Después, cuando se agravó y empezó a perder la vista, el juego se convirtió en un infierno. De pronto pedía que me detuviera y gritaba: "Ya sé que en cuanto me muera te pondrás todas mis cosas y te largarás de aquí, sola". Yo le juraba que no y se entristecía: "Con el tiempo verás que tuve razón".

Me conmovió verla como niña asustada:

¿Qué edad tenía usted cuando su madre falleció?

Amalia miró a la distancia:

Diecinueve años. Después de que la enterré me puse su ropa. Se le cortó la voz y cayó de rodillas frente a mí: juro que lo hice sólo para sentir que mi mamá aún estaba conmigo y me pedía que jugáramos a que yo era ella.

Le pedí que se tranquilizara y procuré levantarla, pero me apartó con la mano y se volvió hacia la recámara:

Después seguí usando sus cosas porque no tenía nada más que ponerme... No: estoy mintiendo. Su ropa me gustaba y ya era mía. ¿Ve cómo ella siempre dijo la verdad? También cuando me aseguró que me iría lejos. Suspiró: Llegué a El Avispero.

Le recordé lo sociable y amistosa que era entonces, cuando la conocimos, y me atreví a preguntarle por qué había cambiado tanto. Respondió:

Porque oí a mi madre en sueños: "¿Ves cómo todo lo que te dije era verdad? En cambio tú siempre me engañaste. Me fui con ese dolor". Cuando desperté metí todas sus cosas en el ropero, después fui al panteón y enterré la llave junto a su tumba para que se quedara tranquila, segura de que nunca más le mentiría. Luego me enclaustré. Cerré la puerta de mi casa y volví a ver el mundo desde la ventana, como cuando era niña.

Le recordé que era urgente llevarla al doctor. De nuevo intenté levantarla, pero Amalia me rechazó con violencia:

No saldré. Mi madre no mentía; en la calle me está esperando la muerte.

 
Compartir la nota:

Puede compartir la nota con otros lectores usando los servicios de del.icio.us, Fresqui y menéame, o puede conocer si existe algún blog que esté haciendo referencia a la misma a través de Technorati.