Usted está aquí: jueves 24 de marzo de 2005 Opinión La democracia en cuestión

Adolfo Sánchez Rebolledo

La democracia en cuestión

La situación política nacional transita por cauces inéditos, imprevistos. En vez de la competencia democrática imaginada como una contienda de ideas y propuestas, estamos inmersos en un forcejeo sordo de ambiciones, personajes e intereses que no acaban de mostrar sus verdaderos rostros. Por el momento, todos se reconocen en la democracia y en su nombre actúan, pero hay motivos para pensar que esa adhesión es en gran medida retórica o instrumental. Está por verse si los grupos de interés que en el pasado sostuvieron el "antigobiernismo económico", arropados por el discurso democrático, estarían dispuestos a aceptar un nuevo curso de acción donde ellos dejaran de llevar la voz cantante. Ese es, en buena medida, el dilema que hoy divide a las elites dominantes.

Quienes ven en el "populismo" la amenaza principal temen que un gobierno de izquierda regrese a las prácticas estatistas de los últimos gobiernos "revolucionarios", es decir, los de Echeverría y López Portillo o, muchísimo peor, que ponga en agenda la urgencia de un cambio más radical. El fantasma del autoritarismo ronda en los cenáculos y se esgrime sin rubor en cualquier debate: Chávez o Fidel Castro personifican las posibilidades del miedo, las ansiedades generadas en los círculos de poder ante la simple hipótesis de que pudieran perder las próximas elecciones.

Sería absurdo no reconocer que entre los priístas hay algunos nostálgicos que quisieran volver al pasado, pero es ilógico suponer que, en efecto, esa vuelta sea viable. Nadie que sepa una pizca de economía política es capaz de imaginar a México de vuelta al presidencialismo tal como se desarrolló tras la Revolución a los largo del siglo XX, en el escenario histórico, social y cultural en que justamente lo pone en crisis.

El país, la sociedad, son otros, y el mundo también. Tal vez en el futuro veamos cosas peores contra la democracia, pero no existe la posibilidad de volver al esquema anterior, aun cuando sobrevivan elementos de ese pasado en el presente. Sin embargo, cada vez que alguien discrepa de alguna fórmula inscrita en el recetario del pensamiento único, se alzan las voces en defensa de la modernidad y la democracia, como si la simple búsqueda de alternativas fuera un pecado capital, un sueño conservador. La crítica necesaria al "populismo" se ha transformado por esa vía en una forma de descalificar toda objeción al curso neoliberal en boga, en una justificación del poder político y empresarial para no cambiar nada.

La izquierda en Latinoamérica, por citar sólo nuestro foro, no pretende recrear forma alguna de estatismo, pero sí está obligada, por necesidad y vocación, a pensar en la reforma social, es decir, en la urgencia de que los cambios estructurales desemboquen en una mejoría sustancial de la calidad de vida, que hoy en general es deplorable. Que se sepa, ninguna de las fuerzas políticas -anticapitalistas o no- pretende la autarquía económica, la renuncia al mundo global, pero es imposible pensar en atender los problemas de la gente sin poner en práctica una política deliberada de desarrollo, es decir, un conjunto de políticas públicas no sujetas a la espontaneidad del mercado. Y ahí está el núcleo de las divergencias de fondo entre quienes creen que la democracia excluye al Estado de esos objetivos y los que, por el contrario, conceden a la autoridad una responsabilidad que va allá de sus funciones fiscales, educativas o policiacas.

México enfrenta una situación internacional delicada en virtud del curso general impuesto por Estados Unidos. En el futuro se le pedirá un mayor compromiso para vigilar las fronteras y detener a los trabajadores migratorios y, a la vez, la apertura del sector energético a sus capitales. En otras palabras: se nos ofrece, como siempre, una integración subordinada y arbitraria, no una sociedad entre iguales. Ante esa perspectiva cabe pensar si, en verdad, los actores políticos nacionales están poniendo todas sus cartas sobre la mesa. ¿Estamos preparados para aceptar una opción crítica a los argumentos dominantes? ¿La aceptarían todos los actores? En rigor, ¿hay alternativas? En verdad, esa es la cuestión hacia el 2006.

 
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