Usted está aquí: sábado 5 de febrero de 2005 Opinión Cordura, demencia y doble rasero en Estados Unidos

Alexander Cockburn*

Cordura, demencia y doble rasero en Estados Unidos

Tratándose de la izquierda y la derecha, es decir, las voces de la cordura y la demencia, respectivamente, en Estados Unidos se tiene doble rasero.

Empecemos con la cordura, bajo la forma de Ward Churchill, profesor titular de la Universidad de Colorado en Boulder y, hasta minutos antes de escribir este artículo, director del Departamento de Estudios Etnicos. Se le conoce en todo el país como elocuente escritor radical sobre temas referentes a los americanos nativos.

En 2001, después del 11/S, Churchill es-cribió un ensayo titulado "Algunos devuelven el golpe", en que exponía el sencillo argumento de que, en sus palabras, "si la política exterior estadunidense conduce a vasta mortandad y destrucción en otros países, no podemos fingir inocencia cuando algo de esa destrucción se nos devuelve".

Ese artículo evolucionó en un libro, So-bre la justicia de rostizar pollos, que en su mayor parte es una detallada cronología de las intervenciones militares estadunidenses de 1776 a la fecha, y de las violaciones al derecho internacional cometidas por Washington de la Segunda Guerra Mundial en adelante. Respecto de su postura en relación con el 11/S, Churchill expresa: "Mis sentimientos se reflejan en el discurso de Martin Luther King, de abril de 1967 en Riverside, donde, al preguntarse sobre la ola de rebeliones en las ciudades estadunidenses, dijo: 'Jamás podría volver a levantar la voz contra la violencia de los oprimidos... si antes no hablara con claridad al principal provocador de violencia en el mundo de hoy: mi propio gobierno'.

"Lloro a las víctimas de los ataques del 11 de septiembre de 2001 como lloro las de los niños iraquíes, los más de 3 millones de personas muertas en la guerra en Indochina, las que perecieron en las invasiones estadunidenses de Granada, Panamá y otras partes de Centroamérica, las víctimas del tráfico trasatlántico de esclavos, y los pueblos indígenas aún sujetos a políticas genocidas. Si respondemos con cruel desdén a las muertes de otros, no podemos esperar más que indiferencia hacia las muertes de estadunidenses."

La línea fundamental del argumento de Churchill es que la mejor y quizá única forma de evitar ataques como los de 11/S en Estados Unidos es que los ciudadanos de este país obliguen a su gobierno a sujetarse al imperio de la ley. "La lección de Nuremberg es que eso no es sólo nuestro derecho, sino nuestra obligación."

¿Qué hay de malo en esta argumentación? La finada Susan Sontag escribió algo muy semejante en el New Yorker después del 11/S y, si bien hubo un poco de enojo, en sus sentimientos parecía haber sentido común, como en estas palabras:

"¿Dónde está el reconocimiento de que esto no fue un ataque 'cobarde' a la 'civilización' o la 'libertad' o la 'humanidad' o el 'mundo libre', sino un ataque a la autoproclamada superpotencia mundial, emprendido a consecuencia de acciones y alianzas estadunidenses específicas? ¿Cuántos estadunidenses están al tanto del actual bombardeo de Estados Unidos en Irak?"

Ahora, sin embargo, al pobre profesor Churchill le ha estallado una tempestad en la cabeza, provocada por protestas en el Hamilton College por su programada participación en un panel llamado Límites de la disensión. Se le ha obligado a renunciar a la dirección de su Departamento de Estudios Etnicos, y ahora los políticos claman por su sangre.

El consejo de regidores realizó una reunión especial el jueves pasado para abordar los comentarios de Churchill y su futuro en la universidad. Bob Beauprez, representante republicano en el Congreso por el distrito de Arvada, expresó con voz tonante: "Esto va más allá de los límites de la claridad moral, de lo debido y lo indebido, del bien y el mal".

Mark Udall, representante del distrito de Eldorado Springs, expresó su interés en que Churchill se disculpe, no tanto que renuncie a la dirección. "Me parece que sería un paso en la dirección correcta. To-davía espero que el profesor Churchill se disculpe." ¿De qué tiene que disculparse Churchill? ¿Es un crimen decir que los pollos pueden venir a casa a rostizarse y que la forma de proteger vidas estadunidenses del terrorismo es respetar el derecho internacional?

Hasta aquí la voz de la cordura. Ahora vayamos a la demencia de la derecha. Tom Frank, de The New Republic (no el otro Frank, por favor, que acaba de escribir un libro sobre Kansas), describe en la edición en línea de esa revista cómo en fechas recientes presenció un panel contra la guerra, patrocinado por la Organización Internacional Socialista, el Centro Washington para la Paz, la Red Antibélica del Distrito de Columbia y otros grupos.

Escuchó a Stan Goff, antiguo soldado de las Fuerzas Delta y actual organizador de Familias de Militares se Manifiestan, expresar sentimientos como "nunca hemos resuelto nada con una elección". Esto orilló a Frank a escribir: "lo que necesitamos es un republicano como Arnold (Schwarzenegger), que camine hacia (Goff) y le dé un puñetazo en la nariz".

Sherry Wolf, integrante del consejo editorial de la International Socialist Re-view, expresó que los iraquíes tenían el "derecho" a rebelarse contra la ocupación, lo cual impulsó a Frank a confiar a sus lectores: "Estos no son zurditos inofensivos. No quisiera que (la representante demócrata californiana) Nancy Pelosi les metiera algo de sensatez en la cabeza: quisiera que John Ashcroft derribara la pared con una metralleta y se los cargara a todos para un viaje inmediato a Guantánamo, y que Charles Graner** estuviera a la mano para el interrogatorio".

La defensa que hizo Arundhati Roy, galardonada con el Premio Booker, del derecho a resistir inspiró a Frank la si-guiente reflexión profunda: "A veces uno quisiera estar del lado de quien tuviera más probabilidades de lanzarle una bomba antibúnker a Arundhati Roy".

Supongamos ahora que Churchill hubiera hablado de la guerra de Schwarzenegger contra los pobres en California y llamara a alguien a darle un puñetazo en la nariz al gobernador, o hacer que Graner lo obligara a realizar actos sexuales simulados con su gabinete, o volarlo con una bomba. En un minuto se quedaría sin empleo.

En aquel artículo en el New Yorker, Sontag escribió sobre "las peroratas moralizantes y los descarados engaños que endilgan figuras públicas y comentaristas de televisión", y de cómo "las voces que tienen autorización para seguir los acontecimientos parecen haberse unido en una campaña para infantilizar al público... al público no se le pide llevar a cuestas mu-cha de la carga de la realidad".

Ward Churchill pidió a la gente aceptar la carga de la realidad. En estos días ése es un acto peligroso.

* Coeditor con Jeffrey Saint Clair de la circular de periodismo de investigación CounterPounch. También es coautor del nuevo libro Dime's Worth of Difference: Beyond the Lesser of Two Evils, disponible en www.counterpunch.com

** Cabo de fuerzas especiales, recientemente condenado por abusos contra prisioneros en el campo de Abu Ghraib, en Irak (N. del T.)

© 2005 Creators Syndicate Inc.

Traducción: Jorge Anaya

 
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