Usted está aquí: sábado 5 de febrero de 2005 Opinión DESFILADERO

DESFILADERO

Jaime Avilés

Con la Constitución o con Fox

El desafuero en la perspectiva petrolera

Llaman a coordinar acciones de resistencia

GOLPE EN DOS TIEMPOS. Ha llegado el momento de tocar las campanas de alerta en todos los pueblos, en todos los barrios, en todas las colonias, en todas las delegaciones del Distrito Federal: nuestro gobierno, el gobierno que elegimos por amplia mayoría en pleno ejercicio de los derechos que nos otorga la Constitución, está a punto de ser derrocado por el capricho, el rencor, la ceguera y los compromisos inconfesables de una pandilla de delincuentes.

Andrés Manuel López Obrador va a ser depuesto de su cargo mediante una trapisonda jurídica sin el menor sustento legal, y encerrado en una prisión de máxima seguridad como rehén del movimiento popular democrático. De esta manera será alevosamente expulsado de la carrera por la sucesión presidencial, pero eso, para México, no será lo más grave. Lo peor es que su destitución marcará el primer paso de un golpe de Estado en dos tiempos: primero contra los ciudadanos de la capital y después contra los ciudadanos del país entero.

Desde la impotencia política absoluta que lo embarga, Vicente Fox ve la tardía oportunidad de cumplir, después de su sexenio, el pacto esencial que lo llevó a la Presidencia de la República bajo el patrocinio secreto de los consorcios petroeléctricos estadunidenses: entregar a los amigos de George WC Bush en propiedad exclusiva tanto Petróleos Mexicanos como la Comisión Federal de Electricidad, empresas estratégicas sin las cuales nuestro país dejaría de ser económicamente viable.

La Casa Blanca y Los Pinos saben con certeza que si López Obrador encabeza el próximo gobierno mexicano, los planes de adueñarse de esas dos industrias se pospondrían, como mínimo, seis años más, una eternidad para WC que, en el más optimista de sus propios cálculos, dejará el poder dentro de cuatro (y con éste la ocasión de extender las oficinas de Halliburton y firmas afines desde Texas hasta Tabasco, Campeche y Chiapas). De modo que para los actuales gerentes del imperio y sus lacayos la cosa es ahora o nunca.

En esta perspectiva, el inminente desafuero de López Obrador tiene la misma importancia geoestratégica que las invasiones de Irak y Afganistán, y es el equivalente a la guerra de agresión que Washington ya está preparando contra Irán para, obviamente, apoderarse en ese país de las mayores reservas de petróleo que existen en el planeta. Y ésta, controlar todo el petróleo de Medio Oriente, como bien sabemos, es una tarea de vital urgencia para el aparato industrial estadunidense, enloquecido como está por el afán no sólo de asegurar su abasto de hidrocarburos durante los próximos cien años, sino también de reducir el de China, el rival económico que inexorablemente va a derrotarlo en el curso de este siglo.

Sin embargo, para Bush y sus criados de acá, el asalto al petróleo mexicano será mucho más simple y barato (en apariencia): bastará que se monte un circo en el Palacio Legislativo de San Lázaro y dos payasitos de nariz de pelota (Emilio Chuayffet y Manlio Fabio Beltrones) ejecuten los chistes del guión que ya tienen preparado, para que otro payasito más (Miguel Angel Yunes) capture a Andrés Manuel y se lo entregue al rey de los payasos (Rafael Macedo de la Concha). Y seguramente, como presupone Santiago Creel (ese gran estadista de altos vuelos, ese visionario esclarecido, ese prohombre tan escaso de gracia que nunca llegará a payaso), la gente, el pueblo ingenuo y dócil, hará "una manifestación más" y sin duda se irá a su casa diciéndose: "Chin, qué mala onda, se nos cebó, mano".

¿Quién es Fox?

Ahora que todavía hay tiempo, veamos las cosas desde una perspectiva un poco más amable para todos. Lorenzo Meyer recordaba hace días que en 1968, cuando Gustavo Díaz Ordaz cerró todas las válvulas de escape político y asesinó al movimiento estudiantil en Tlatelolco, miles de jóvenes se fueron a la lucha armada, pero el crecimiento económico del país era de 7 por ciento anual en serio. Hoy, bajo la administración del supremo devorador de tamales de la patria, México lleva cuatro años de crecimiento cero, la pobreza afecta a seis de cada 10 personas y las expectativas de empleo y buena vida para los jóvenes y los ancianos son terribles. Una inmensa capa de la población sólo tiene, en relación con el futuro, algo que se llama esperanza. Y esa esperanza está depositada, vehementemente, en López Obrador.

En el contexto internacional, López Obrador no representa, ni mucho menos, una amenaza al abasto petrolero de Estados Unidos. Con él o con cualquier otro político en la Presidencia, el suministro de hidrocarburos a la potencia del norte continuaría sin variaciones porque ese mercado, nos guste o no, es nuestro destino inevitable. Así que en este aspecto, la victoria electoral no podría considerarse una cuestión de seguridad nacional para Washington; en cambio, el desafuero tendría indudablemente efectos que perturbarían la estabilidad interna del Tío Sam, por la violencia que en cualquier momento va a desencadenarse al sur del río Bravo debido a la insanía mental del foxismo, al que por lo visto nada va a detener ya en la consumación de su locura.

Con López Obrador al frente del gobierno federal, México entraría en la lógica adoptada en los últimos años por los países del Cono Sur, que están en búsqueda de caminos más allá del neoliberalismo pero no ponen en riesgo los equilibrios financieros ni las grandes líneas rectoras del Consenso de Washington, aunque ésta sea una calamidad que están tratando de superar todavía con poco éxito. El proyecto esbozado por López Obrador pretende reorientar la economía en una dirección muy clara e inaplazable: reparar los nudos más débiles del tejido social, invertir en las necesidades básicas de la gente, mejorar la calidad de vida de los que menos tienen aplicando a escala nacional la muy afortunada experiencia que desarrolló en la ciudad de México: nada más, pero nada menos.

Después de 20 años de desenfreno y latrocinio neoliberal, de apretarse el cinturón sin tregua, de tomar "medicinas amargas pero necesarias" que sólo agravaron todos nuestros males, México tiene derecho a emprender otros caminos y está política y socialmente preparado para ello. Por desgracia, el salinismo en su avaricia, en su rapacidad, en su envilecimiento, en su putrefacción, cree -como todas las dictaduras decrépitas- que puede mantenernos sometidos hasta el fin de los tiempos. Y la verdad es que eso no es cierto.

Vicente Fox, empacador y vendedor de brócoli que no come brócoli porque lo detesta; "demócrata" que prometió la transición y ahora promueve la tiranía; analfabeto funcional que nunca ha leído un libro completo, defraudador de todas sus promesas, demagogo desprovisto de la mínima grandeza política, mitómano ebrio de mentiras, porque sí y por sus pistolas ha tomado la histérica -no histórica- decisión de declarar la guerra al pueblo de México, al que desprecia y desconoce como todos los conservadores que lo apoyan.

Pero Fox olvida que en 1810 ese pueblo derrotó al imperio español, y que en 1862 venció al imperio austrohúngaro, al imperio francés y al imperio británico juntos, y que en 1910 pulverizó la dictadura de Porfirio Díaz, y que en 1938 impuso su voluntad soberana a las compañías petroleras de Estados Unidos, Holanda e Inglaterra, y que en 1988 le ganó las elecciones al PRI (aunque no tuvo un líder a la altura de ese triunfo), y que en 1994 arropó con su propio cuerpo la rebelión de los indígenas zapatistas que desencadenó la resistencia mundial contra el neoliberalismo.

Hoy, hoy, hoy, ese pueblo está ávido de un verdadero, profundo cambio político, y deseoso de vivir en paz pero no, ya no, al precio de la ignominia, que es el pan de todos los días para la inmensa mayoría de los mexicanos. Y sin embargo ahora resulta que ese hombre tan insignificante en cuanto a sus méritos públicos, ese anticuado señor de hacienda porfiriana se cree capaz de destruir nuestro sistema electoral, de golpear de muerte a las instituciones democráticas, de humillar a los habitantes de la ciudad de México, de imponernos después del suyo un gobierno sin legitimidad ninguna, de proscribir a la izquierda que es la tercera fuerza política del país, de legarnos un Poder Legislativo de opereta y despojarnos del petróleo y de la industria eléctrica nacional. ¿A cuenta de qué o por qué? ¿En dónde piensa que está parado?

Flor y Canto regresa

A partir de hoy, la organización ciudadana Flor y Canto, que el pasado mes de noviembre realizó una huelga de hambre para exigir el fin de la degradación de la vida política nacional, volverá a instalar su campamento afuera del Palacio Legislativo de San Lázaro para poner en marcha un centro de información y coordinación de acciones encaminadas a preparar la resistencia ciudadana, civil y pacífica, contra el desafuero de López Obrador. Froylán Yescas, vocero del grupo, dijo a esta plana que ojalá muy pronto, por toda la ciudad, aparezcan puntos de contacto a los que la gente pueda acercarse para decidir qué hacer de acuerdo con la evolución de las circunstancias.

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