Jornada Semanal,  domingo 19 de septiembre de 2004         núm. 498

JAVIER SICILIA

 


RAMÓN XIRAU, LA EXPERIENCIA DE LA PRESENCIA

Conocí a Ramón Xirau en la Facultad de Filosofía y Letras a finales de los años setenta. Sus profundos vínculos con la poesía y la filosofía, y su cristianismo, que hacía pasar a través de esas dos disciplinas del espíritu, me lo hacían entrañable. Nunca, durante mi carrera, dialogué con él. Sus libros y sus cursos bastaban al muchacho tímido que entonces era yo. Fue a final de la carrera que me animé a hablarle. Un incidente lo hizo posible: había terminado mi tesis sobre Saint-John Perse aplicando al análisis de su poesía la categoría bergsoniana de la duración, cuando me presenté en el Departamento de Letras para inscribirla y recibirme. Ahí, sin embargo, me aguardaba la burocracia para descomponerme el alma: la tesis que había hecho pertenecía a la disciplina de la filosofía y yo había cursado letras, así es que no podía recibirme. Se me ocurrió entonces hablar con don Ramón. Si alguien sabía de los secretos vínculos que unen a la literatura con la poesía, si alguien los había explorado y los vivía con todo el peso de su existencia, era él. Conversamos, le di mi tesis y en menos de seis meses me estaba recibiendo. Don Ramón, con esa generosidad que siempre lo ha caracterizado y que lo hace –extraña realidad– un hombre que está a la altura de su obra, no sólo intercedió por mí, sino que me hizo valiosas sugerencias, me reveló a una de las más altas místicas del siglo xx, Simone Weil, y fue mi sinodal. Desde entonces lo amé más. No ha habido libro suyo que no lea; no ha habido ocasión en que no pregunte por él.

Este año, don Ramón cumple ochenta años y no quiero dejar pasar este acontecimiento sin rendirle un homenaje.

Si algo define la realidad cristiana de la persona y de la obra poética y filosófica de Ramón Xirau, es la presencia. Su mirada es la de un moderno que, a partir de su experiencia cristiana, ha reactualizado para la era de la ausencia postmoderna, una mirada medieval. Como los medievales, Xirau asocia el cuerpo espiritual y el cuerpo material con un vínculo de proporción que es Cristo. La carne mística y el cuerpo físico son diferentes, pero uno no puede ser sin el otro. Esa unión es para Xirau la gracia misma que emana de la presencia del Verbo. Xirau, en este sentido, podría decir lo que el monje Edried le decía a un amigo: "Cuando me dirijo a ti, un tercero nos mira." Ese tercero, el Verbo, por el que todo fue hecho, que se encarnó, murió y resucitó en la Palestina del siglo i, y que permanece en la presencia ausente de la Eucaristía, es ese vínculo que hace posible la comunión en la amistad, es también el vínculo que en esa comunión une dos acontecimientos distintos: la promesa de Cristo, confirmada en la Última Cena y la resurrección, y el Reino por venir; es, por lo mismo, el lazo que hace posible que lo que fue –la redención– sea aquí, ahora y siempre, y el hombre esté unido con lo divino. Por ello, el universo poético y filosófico de Xirau es un universo habitado por la presencia. Todo y cada momento es para Xirau la vida verdadera, porque todo está vinculado por el amor que es el modo en que el hombre se define y está en el mundo. Estar presente es sentir la presencia de ese tercero que hace posible la vida en común, la comunidad, la comunión que es atisbo, presencia del Reino y continuidad hacia ese más allá que es su plenitud. Por eso Xirau puede escribir en una de sus reflexiones filosóficas: "El ‘estar’, la estancia del hombre en el mundo [...] depende en buena medida de una forma de ver el tiempo. Si lo vemos [...]desde nuestra intimidad, el presente no es fugaz: es lo que somos toda la vida." "Este hombre [está] religado al mundo, a las personas concretas y, para quienes lo quieren así, al Otro, a la Persona en su morada." Por eso, también, desde su universo poético, que bebe de la misma fuente de la presencia, escribe: "Nuestro Otro, todo es claro en el paisaje [...] claror del mundo, claror de nuestro sol [...] Todo es sencillo, todo claro./ Mirad:/ el mundo es tal como se ve."

No es otra cosa lo que me enseñó aquella tarde, hace veinticinco años, cuando desconcertado me acerqué a él para solicitar su ayuda. En aquel hombre encorvado, calvo, de pesados lentes, de maneras afables y de palabras suaves que rozaban casi el silencio; en ese hombre, que escuchaba mis lamentos y recibía mi tesis, vi la presencia, esa presencia que me religa al mundo y que descubro cada domingo en la eucaristía.

Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, liberar a todos los zapatistas presos, derruir el Costco-CM del Casino de la Selva, esclarecer los crímenes de las asesinadas de Juárez y levantar las acusaciones a los miembros del Frente Cívico Pro Defensa del Casino de la Selva.
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