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México D.F. Domingo 15 de agosto de 2004

Carlos Bonfil

Lutero

La primera sorpresa en esta nueva biografía épica de Martín Lutero (1483-1546), reformador radical de la religión cristiana, es la manera en que el personaje polémico es caracterizado por Joseph Fiennes, el bardo seductor en Shakespeare enamorado. Físicamente, la distancia es considerable entre la representación tradicional de Lutero como hombre de estatura baja, complexión robusta, rostro severo, y la galanura de este joven esbelto, de aspecto franciscano (en el estilo Hermano sol, hermana luna, de Franco Zeffirelli), a quien escandaliza la corrupción eclesiástica que presencia en Roma. El desfase es mayor cuando el joven Lutero se vuelve presa de las vacilaciones y los temores, y de una piadosa conmiseración ante la miseria del campesinado alemán, que abiertamente contradicen una imagen más perdurable del académico rebelde como personaje temperamental e irascible, muy conservador en política, defensor del orden social y crítico acérrimo del autoritarismo eclesiástico del Vaticano. El personaje histórico es fascinante y complejo, y buena parte de esa complejidad y ese atractivo se pierden en el tratamiento cuidadoso y muy higiénico que le reservan en la cinta Lutero el director Eric Till y los guionistas Camille Thomasson y Bart Gavigan.

A nadie sorprenderá que una película de corte comercial e inspiración hollywoodense decida poblar el relato de seres heroicos, moralmente intachables, y de villanos recalcitrantes, de monarcas y frailes comprensivos, y conspiradores de perversidad insondable. La primera motivación no parece ser aquí la reflexión histórica ni tampoco la de precisar el contexto histórico en que se produce el mayor cuestionamiento a la rigidez e intolerancia de la Iglesia católica romana ("Fuera de la Iglesia no hay salvación"). La película se esfuerza en proyectar una imagen de Lutero a un tiempo amable y políticamente correcta. Véase la perplejidad del rebelde ante las consecuencias sangrientas de su prédica doctrinaria, su enfrentamiento a los elementos radicales que buscan la confrontación y la violencia, y a los que rechaza enérgicamente, como en estampa pastoral del Nazareno corriendo a los fariseos del templo. La cinta ensaya un acercamiento anecdótico, de valor didáctico muy mediano, a una época y a un protagonista que merecen mejor suerte en la pantalla. Hace 30 años quedaron de manifiesto limitaciones parecidas en la adaptación fílmica que hizo Guy Green de Lutero, la obra teatral del británico John Osborne. (En esa cinta, al rebelde germano lo interpreta Stacey Keach). El punto clave de la interpretación era ahí el estreñimiento crónico de Lutero. El tránsito de aquella escatología humorística a la presente simplificación histórica no representa en realidad un gran avance.

Hay sin embargo momentos afortunados en la cinta de Till: la confrontación de Lutero con los emisarios eclesiásticos de Roma, quienes intentan obtener de él una retractación de su doctrina, todo bajo la mirada consternada de Carlos Quinto, árbitro supremo; el drama de Lutero asediado por sus demonios en lo que semeja un trance alucinatorio; su prédica chispeante en la que satiriza el fanatismo corrupto detrás de las indulgencias, las reliquias y las procesiones ("Al parecer, 18 de los 12 apóstoles están enterrados en España"), y la actuación impecable de Peter Ustinov, cálido protector del monje de Wittenberg. Otras actuaciones destacables, la del alemán Bruno Ganz, como el religioso que siempre aconseja moderación a Lutero sin dejar un instante de admirar su arrojo, y la de Jonathan Firth, como Cirolamo Aleandro, consejero papal dispuesto a llegar al crimen en defensa de la ortodoxia eclesiástica. La cinta cubre un espectro de 23 años de la vida de Lutero, de 1507 a 1530, desde la colocación de las célebres 95 tesis del reformador, hasta su traducción del Nuevo Testamento en alemán, texto fundador de la nueva lengua nacional. Lutero, de Eric Till, es una aproximación biográfica bastante convencional, muy por debajo, por ejemplo, de Daens (Stijn Coninx, 1993), sobre el cura rebelde belga Adolf Daens, y en su contenido y en su factura, apenas difiere del lenguaje de una teleserie histórica, entusiasta, ligera, bien intencionada.

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