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Obituario   - NUEVO -

P O L I T I C A
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México D.F. Jueves 29 de julio de 2004

Soledad Loaeza

Todos para uno

El lema de la convención del Partido Demócrata en la ciudad de Boston es la unidad. Convencidos que este objetivo es el primer paso hacia la victoria, delegados, dirigentes y militantes saben que un partido fracturado y rijoso no inspira confianza entre los votantes. Sus conflictos familiares -derivados de la oposición entre radicales y centristas- les han costado la presidencia varias veces. El precio de la derrota ha sido en cada caso elevadísimo, porque los republicanos victoriosos, una vez en la Casa Blanca, desmantelan muchas de las políticas progresistas de los presidentes demócratas. En los pasados cuatro años el gobierno de Bush ha llevado lejos esta estrategia. El sello del más decidido conservadurismo, intolerante y sectario ha quedado impreso desde luego en el unilateralismo de la política exterior, pero también en materia de seguridad social, en la política ambiental, de investigación científica o de educación, que han sufrido de los recortes en el presupuesto federal y de las imposiciones de la religiosidad presidencial. Los republicanos en el poder también han tomado decisiones cuyo propósito es afianzar su puño sobre la Casa Blanca y el Congreso, por ejemplo, rediseñando los distritos electorales en varios estados de la unión, a manera de asegurarse la perpetuación de sus mayorías. Por esta razón Ted Kennedy, el benjamín de la legendaria familia a quien la vida ha convertido en el patriarca del Partido Demócrata, parafraseando al presidente Roosevelt, recordó ayer a los convencionistas: "No hay que tenerle miedo a nada más que al miedo mismo, y también a cuatro años más de George W. Bush".

La búsqueda de la unidad va mucho más allá de la decisión de mostrar al mundo el rostro de una familia feliz. En el fondo de su corazón, los delegados y los dirigentes todos saben que John Kerry no puede ganar la elección de noviembre próximo él solo. Por esa razón todos sus contrincantes en la competencia por la candidatura lo han apoyado y han expresado sus razones para votar por Kerry. Es el momento de unir fuerzas, incluso antes de la reconciliación. El candidato necesita del apoyo del partido y de todos aquéllos que activamente rechazan a Bush -que son muchos, si miramos la lista de celebridades de Hollywood y del mundo académico y científico que se han pronunciado en contra de la relección. Esta estrategia es una apuesta audaz en un mundo que hasta ahora parecía dominado sin redención por la creencia de que las elecciones las ganan los individuos y no los partidos. Es un reconocimiento de que en campañas electorales los partidos pueden jugar un papel determinante. Los demócratas están desafiando la tendencia a la personalización exagerada de la política, al papel de la televisión, a la firme creencia de los publicistas de que un carisma de papel de celofán hace más ruido y moviliza más simpatizantes que una organización partidista.

Muchos suspiraron de nuevo por Bill Clinton, cuya participación apasionada e inteligente en la sesión del lunes por la noche inyectó en los convencionistas un entusiasmo delirante -hasta Hillary se enamoró de él otra vez. Pero el ex presidente estaba ahí no para hablar de sí mismo, sino de Kerry. Y en un acto de inusitada generosidad en el medio político, se refirió con admiración a la decisión del joven Kerry de ir a la guerra de Vietnam, y lo comparó con el vicepresidente Cheney y consigo mismo, quienes evadieron el servicio militar (respetuosamente, Clinton omitió el nombre del presidente Bush en esta lista). Presentó a Kerry como un patriota cuya vocación de servicio lo había llevado a pedir que lo mandaran a Vietnam cuando su país lo necesitaba: "Send me" ("Mándenme a mí"). Clinton lanzó esta frase para ilustrar cómo ahora que su país lo necesita, John Kerry ha dicho otra vez "send me", pero a la Casa Blanca. Atentos a la batuta de Clinton, los asistentes corearon repetidamente en transporte democrático: "send me". Una expresión cuyo tono febril podía ser escuchado como el deseo de muchos de recuperar una Casa Blanca secuestrada por los intereses particulares. El triunfo de Kerry sería la victoria de todos.

Esta fórmula intenta remediar el problema de personalidad del nominado. En el partido nadie pone en duda sus cualidades. Lo que preocupa son sus carencias. Kerry tiene las virtudes del gobernante, pero no tiene los atractivos del candidato. Es un político serio, maduro, cuya trayectoria profesional ha estado guiada por la ambición de emular a John Kennedy y llegar a la Casa Blanca. Su éxito habría sido seguro en los tiempos pretelevisivos; pero hoy en día la serenidad y la reflexión no ganan votos. Kerry no tiene capacidad de movilizar sentimientos y pasiones. Esta limitación buscan suplirla todos, sumar el efecto electrizante de Howard Dean -que parecía tratar de contenerlo cuando se presentó en la convención-, con la conmovedora bonhomía de Ted Kennedy y la intensidad de Clinton, con la emotividad de su esposa Teresa Heinz Kerry, y sobre todo, con el inmenso atractivo de la ascendente estrella del partido Barak Obama. Es probable que este regreso al partido haga pensar a muchos que han estado pregonando su liquidación.

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