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P O L I T I C A
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México D.F. Miércoles 28 de julio de 2004

Arnoldo Kraus

Sida 2004: otras notas

Hace una semana, a raíz de la 15 Conferencia Mundial sobre el Sida, destiné este espacio para reflexionar acerca de esa enfermedad. Escribí, sobre todo, respecto a los números de la pandemia y de algunas de sus implicaciones económicas. Si se analizan los comentarios finales del congreso queda mucho por decir. Pesimismo, escepticismo, vergüenza y fracaso son algunos de los corolarios. Enfrentamientos entre grupos de activistas contra los "dueños de las políticas antisida", entiéndase Estados Unidos. Desencanto por el escaso progreso en relación con nuevos fármacos y por la falta de una vacuna contra el virus de la inmunodeficiencia humana, fueron también foros del escenario final de la conferencia.

Al magno evento asistieron más de 19 mil delegados de 160 países. Quisiera decir, šqué suerte!, con tantos cerebros reunidos "algo más" se debería hacer para detener la epidemia, pero, la verdad, mejor escribo lo que siento: šputa madre!, qué pasa, Ƒpor qué no se avanza lo suficiente para detener la pandemia?, Ƒpor qué no hay mejoras sustanciales a escala mundial para evitar que poblaciones enteras sufran el riesgo de desaparecer por un virus que, aunque por ahora no es posible eliminar, sí es factible controlar con una eficacia cercana a 100 por ciento? Quisiera que no fuese cierto lo que algunos escépticos de corte cioranesco piensan cuando aseguran que no existe el interés "suficiente", por razones políticas o económicas para desarrollar una vacuna. La ciencia no puede y no debería estar contaminada por la política o por intereses económicos. Sin embargo, hay quienes aseguran lo contrario.

Destacan al menos dos visiones. Una, que no admite crítica, pues carece de sesgo o de inclinaciones políticas, es la de Peter Piot, quien ha sido director de Onusida -la oficina de la Organización de las Naciones Unidas encargada del sida- desde hace muchos años. Al referirse a Africa del Sur, la región más "castigada" por la viremia, expresó "su asfixiante deuda externa debe terminar. Su pago cada año retira 15 mil millones de dólares del continente, cuatro veces lo que los mismos países gastan en salud y educación, los dos pilares de la respuesta contra el sida".

Las palabras de Piot, al igual que las del premio Nobel de la Paz Nelson Mandela, quien aseveró que "la lucha contra el sida es uno de los desafíos más grandes a los que se enfrenta el mundo en el principio del siglo xxi [...]. Nuestra atención sobre este asunto no puede ser desviada por problemas que aparentemente son más urgentes", retratan una de las caras más crueles de la realidad: en ocasiones, la ciencia se subyuga a intereses políticos. Es evidente que la balanza de las relaciones entre los países pobres y los ricos está enferma. El pago de la deuda tiene prioridad sobre la vida humana.

Es interesante cavilar en una segunda posibilidad. Desde hace algunos años muchas industrias farmacéuticas dedican buena parte de sus esfuerzos e investigaciones a desarrollar medicamentos para gente sana y no enferma. La razón es muy simple: la mayor parte de las personas en Occidente son sanas, tienen dinero, les interesa "no envejecer" y vivirán mucho más tiempo que los enfermos. Basta abrir algunos periódicos o ver televisión -šqué horror!- para comprobar esa hipótesis. Buena parte de la propaganda está destinada a promover fármacos que aseguren la juventud perpetua, la fuerza herculeana y la belleza incomparable.

Lo mismo sucede cuando se analizan las ganancias que perciben las compañías farmacéuticas. Las ventas por productos para bajar de peso, mejorar la memoria, erguir el pene o incluso agrandarlo -šjuro que no es broma!-, son mucho más cuantiosas cuando se comparan con medicinas utilizadas para males como diabetes, Alzheimer u otras enfermedades. Algunos analistas sugieren que esa "desvirtuación" de la realidad y de las prioridades de la medicina ha mermado la investigación para desarrollar más fármacos antisida o para contar con la ansiada vacuna. Difícil juzgar, pero imposible soslayar: intereses económicos contra intereses humanos.

Los planteamientos previos, aunados al hecho que en 2003 se batió el récord de contagiados -4.8 millones de nuevos infectados- dan la razón a Amnistía Internacional cuando califica la epidemia de sida como crisis de derechos humanos. La salud, por supuesto, es un derecho humano. Quizás el primigenio, sin duda uno de los fundamentales. No es posible pensar, siquiera pensar, que bienes como educación, libertad o democracia existan sin salud. La creciente pandemia del sida, su impacto económico, humano y moral son inmejorable tamiz para entender las prioridades de quienes ejercen y mal entienden el poder. Aunque sus razones son absolutamente diferentes, Estados Unidos, el Vaticano, las compañías farmacéuticas y los líderes retrógrados de países en vías de desarrollo deben modificar sus políticas hacia el sida.

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