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México D.F. Sábado 8 de mayo de 2004

 

Carlos Montemayor/ II y última

Poemas de Tsin Pau

La espera

Vuelan los gansos salvajes

por los bosques de la aldea.

Huyen del invierno.

Al amanecer sus siluetas blancas y grises

se alejan de los caudales del río,

más allá de las montañas.

También huyen del invierno

las hojas de los árboles en el bosque,

la verde hierba, la erguida falda de maleza en la ribera.

No huyen por el cielo, como los gansos salvajes.

Huyen por la tierra, se caen, se tropiezan,

se secan en la tierra, se olvidan,

esperan ya muertas la hora de ser verdes.

Como los hombres, como los ancianos, como Lin Tsao,

el niño que murió ayer.

 

Al atardecer

Hace una semana que empezó el verano.

La vieja cocinera Tsun Min se queja del calor.

''No lloverá, sufriremos por el sol" amenaza a todos.

Al atardecer los muchachos van al río.

Se bañan, juegan, olvidan por momentos

las agotadoras labores del campo.

Algunos olvidan también el camino de retorno:

se detienen cerca de la ribera, buscan entre los juncos.

Las muchachas que los esperan

están más nerviosas que ellos:

hace calor y tiemblan de frío;

tardará en oscurecer, pero cierran los ojos

 

Despedida en el río

Aún no amanece y siguen

llegando de distintos sitios.

Las barcas se alistan,

se aproximan a la ribera.

Carretas tiradas por bueyes

levantan el polvo entre gritos de guías

y relinchos de caballos.

Dos grandes embarcaciones

se mecen en la oscuridad.

La neblina envuelve

las aguas lentas y ocultas del río.

A veces, entre la niebla,

me parece ver de pronto el farol encendido

en lo alto del mástil,

o el vuelo de las garzas inquietas

buscando posarse en la popa.

Otras carretas ruidosamente

se acercan a la ribera

y el rumor de la gente crece.

Comienza a amanecer.

El río va extendiendo su vasto caudal

y se empequeñecen las grandes embarcaciones.

Ha llegado el séquito del gobernador.

La gente se acerca a los guardias,

quiere ver la riqueza de los arreos,

el embarque de familias y servidumbre.

El murmullo crece como una pequeña corriente

que quisiera moverse también.

Un campesino me explica:

''El gobernador huye esta mañana.

Los ejércitos rebeldes

acosan las provincias, azotan los poblados.

El gobernador y sus autoridades

se ponen a salvo, por el río.

La gente viene a contemplar

la opulencia y la fuga.

Mire, las embarcaciones y sampanes se alejan ya.

Se han marchado guardias,

autoridades, servidumbre.

Cuando la guerra llegue,

sólo estaremos nosotros."

 

Las montañas de los guardianes

El sol se eleva ya por las montañas

de ríos y cascadas,

donde viven los cuidadores del Tao,

donde se esconden los ermitaños

que conocen el nido de la luz.

Hace años, en esos lugares

viví de joven con los hombres santos.

Desde aquella cadena de montañas,

las conocidas como las murallas de Chiang Tsun,

terminará pronto el verano

y llegarán los vientos fríos del norte.

¿Por qué hoy nace el día en el mismo sitio

donde ha de expirar el verano?

Las montañas sagradas, unidas al cielo,

no distinguen ya la diferencia

entre la luz y el frío,

entre la oscuridad y el silencio.

Las águilas vuelan sobre las cumbres

y su vuelo parece un dibujo,

se asemeja a un pensamiento.

La mañana avanza,

el sol asciende por encima de águilas y montañas.

Un cálido soplo de viento llega a mí

con olor a bosque, a tierra, a hierba.

¿Este aroma llegará también a las cumbres,

a los guardianes del Tao,

a sus finos pensamientos que las águilas presienten?

 

La danza y el río

Recuerdo a una bailarina

de la provincia de Henán.

Sus bellas piernas eran fuertes;

su cintura, incansablemente flexible.

Las compañeras reían y aplaudían

mientras ella bailaba con seriedad.

La noche avanzaba pero la música de flauta

nos obligaba a todos a sonreír.

Yo era joven aún

y recuerdo la seda donde bailaba.

Lo recuerdo ahora, 

detenido junto al río Hnun,

cuando comienza a atardecer.

Veo los juncos que se mecen a la orilla del río.

Al llegar la corriente a aquellas peñas 

se convierte en espuma blanca,

en un instante de fiesta,

y luego fluye otra vez oscura.

Uno de los dignatarios del Palacio

la vio bailar esa misma noche;

la compró al dueño de la hostería

y la llevó a otra provincia.

Ahora que estoy viejo, junto al río,

¿por qué me parece verla bailar

con sus pies desnudos en esta alfombra de agua?

 

La tormenta

Salí ayer de la taberna de Lin Yu

y la nieve brillaba en la noche,

parecía otra luz detrás de la bruma.

Hoy volvió a nevar.

Los copos de nieve caían espaciados

cuando me asomé a la puerta.

Ahora la nieve cae abundantemente.

La neblina nos envolverá varios días

y no veremos las celestes montañas.

Han emblanquecido las calles del pueblo y los caminos.

Las carretas y bueyes que permanecen a la intemperie

también comienzan a emblanquecerse.

Varios labradores bajo la nevada 

transportan pastura, granos, comida.

La nieve cae sobre los árboles, la tierra,

las piedras, las raíces, los arbustos secos,

Contemplo desde hace rato la tormenta,

sin saber por qué.

Como si por dentro yo estuviera esperando

que surgiera otra blancura.

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