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México D.F. Lunes 23 de febrero de 2004

León Bendesky

Aprendizaje

Arrecian las críticas y las posiciones enfrentadas respecto al curso que lleva el país y, en especial, la economía. Mientras el gobierno defiende las políticas aplicadas y la gestión de los asuntos públicos que ha hecho en tres años, desde diversas posiciones se plantean de modo cada vez más abierto las discrepancias, sobre todo en esas que antes se plegaban con mucha docilidad a lo que quería y hacía el gobierno en turno.

El presidente Vicente Fox ha llamado desmemoriados a quienes piden un cambio en la política económica y, a pesar de que la tasa de crecimiento del producto en promedio en la primera mitad de su gobierno es muy baja, incluso en términos de historia reciente, destaca las virtudes de la estabilidad prevaleciente: una reducida tasa de inflación, menores tasas de interés de los títulos emitidos por el gobierno (Cetes) y un tipo de cambio del peso frente al dólar que no acusa variaciones demasiado significativas.

Es cierto que las variables financieras mencionadas se comportan de manera más estable, pero parecen no tener relación alguna con las fuerzas que pueden desatar una recuperación de la actividad productiva y la creación de empleos. La oferta inicial fue de un crecimiento de 7 por ciento del producto y un millón y cuarto de puestos de trabajo. Valdría entonces la pena replan-tearse cuáles son las restricciones y actuar en consecuencia. No se ve ninguna intención al respecto.

En la práctica esta administración se ha planteado, a pesar de las repetidas declaraciones que hace en contrario, como una estrecha continuación de la forma de conducir la economía con respecto del gobierno al que reemplazó; en este sentido es eminentemente conservadora. Para advertirlo no debe perderse de vista que el control ha quedado prácticamente por completo en manos del sector financiero del gobierno, la secretaría de Hacienda y sus diversos órganos de gestión y reglamentación y el Banco de México, entidades, ambas, que siguen bajo la dirección estrecha de los mismos funcionarios desde hace casi dos décadas.

El Presidente y sus colaboradores no deberían menospreciar la memoria de los mexicanos, ni de aquellos que ahora demandan una forma distinta de gestión pública ni de los que a diario contrastan la realidad de su existencia venida a menos con los discursos cada vez más alejados de esa condición. La distancia entre el gabinete y la gente es cada vez mayor, pero esta característica no se limita a ese ámbito del gobierno y abarca también al Congreso y a la forma ya arcaica en que se hace política en este país en los partidos y en las instituciones que deben tutelar la democracia y la justicia. Nuestra modernidad es muy ambigua y las contradicciones se están agravando; ante ello, encerrarse en las oficinas en un mundo artificial puede ser cómodo, pero nada más.

Uno de los más cercanos asesores del primer mandatario dijo hace unos días que los próximos tres años aparecen más optimistas y basó su opinión en el hecho de que se había cumplido con la curva de aprendizaje. Desde hace algún tiempo las declaraciones de Eduardo Sojo no son demasiado afortunadas y, tal vez, en lugar de aprendizaje hay en el equipo del que forma parte destacada un agotamiento y una manifestación de la ley de Murphy o del principio de Peter. Puede ser que esta opinión lleve a formular lo que podrá denominarse la curva de Sojo, y que contenga hasta una autocrítica de orden inconsciente acerca de que ese grupo, que ya ha tenido cambios relevantes, no haya estado preparado para una tarea del tamaño que es gobernar este país, especialmente desde la perspectiva del cambio que ofreció.

Puede ocurrir que ahora se culpe a los buscadores de talento, que supuestamente garantizaban la eficacia del equipo, pero Ƒquién podrá llamarlos a que rindan cuentas? Los gerentes no son, necesariamente, buenos administradores públicos y este gobierno de gerentes no parece aprender, y si lo hace no se sabe qué referencia tiene con lo que pasa en la calle. El caso es que el costo del aprendizaje lo pagamos todos, en tanto que los beneficios de la situación vigente -porque se siguen creando beneficios- se concentran de modo cada vez más ostensible.

No se sabe qué ha aprendido el equipo de gobierno, por lo que valdría la pena que se haga explícito para después saber de modo razonable qué hará con eso que aprendió, y si eso que hará nos convence y conviene. No hay evidencias de tal aprendizaje, cuando menos no en lo que se sigue haciendo, los criterios con los que se definen las acciones y su efectividad en cuanto a modificar la dirección que siguen.

De las cuatro estaciones en que podría dividirse metafóricamente la vida de este gobierno estamos ya en la de invierno y de manera anticipada, lo que puede hacer que el periodo que resta sea más de los mismo o, cuando menos, sólo pequeñas variaciones sobre el mismo tema.

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