Jornada Semanal, domingo 11 de  mayo de 2003           núm. 427

MICHELLE SOLANO

¡ES CABARÉ!

Para Aarón Fitch, por sus pasteles,
su azotea y su fundación


De entrada, una discusión inútil: unos dicen que es teatro-bar, otros dicen que es cabaret, otros que no, que nomás son mamarrachadas. Inútil discusión, digo, porque a fin de cuentas se trata de un género teatral (unos prefieren llamarlo engendro) que, a veces, convoca a mucho más público que el teatro (sobre todo aquél que se las da de culto, profundo y muy serio) y sirve a propósitos muy claros: divertir, así, sin pretensiones ni búsquedas pseudointelectuales. Resulta una obviedad decir que el cabaret, teatro-bar, o teatro "de chunga", tiene un árbol genealógico vasto y complejo; sin embargo, revisar a cada uno de sus antepasados arroja luces sobre los elementos que hoy lo constituyen, de cómo se transforman y del rumbo que sigue este género.

En México, lo niegue quien se atreva y le guste a quien lo entienda, las carpas, las revistas musicales, los sainetes y hasta los vodeviles, encarnan la materia y la sangre de las que se ha nutrido el teatro cómico, y la vertiente del cabaret no es ajena a este mismo efecto, pero para realizarlo se requiere ingenio, chispa, sagacidad y ¿por qué no? una buena dosis de mala leche… ¡Jesusa Rodríguez!

Si hay alguien que tiene años apostando por un cabaret mexicano, por la recuperación afectuosa de la desgracia nacional, de la comedia involuntaria del acontecer patrio, esa es Jesusa, y esta vez ha hecho un espectáculo llamado Pedro Paramount (el antimusical), que por un lado se muestra como una parodia de los musicales de Broadway y por otro como una reconstrucción de acontecimientos sociales que han tenido lugar en el México de ayer, hoy y siempre (las muertas de Juárez, el destino del maíz, la situación campesina, los avatares de los mojados, etcétera).

Bien sabemos que ante un fervor o nostalgia nacionalista, los intelectualosos suelen refugiarse en Juan Rulfo y su Pedro Páramo, o en Mariano Azuela y Los de Abajo. A su vez, los menos pretenciosos (o más honestos, digamos) prefieren las vertientes de la familia Burrón, y la estética de los calendarios que se reparten en las carnicerías, las misceláneas y boneterías (en vías de extinción). Ambas, al fin y al cabo, constituyen un marco referencial que nos refleja y que refracta la identidad nacional, la visión de los vencidos, el neoliberalismo salinista y hasta el hecho de quitarle el freno al cambio (del vamos México… al sionismo más recalcitrante).

Un hallazgo en este espectáculo es que está articulado en cuadros que mezclan todo lo anterior y que no necesariamente siguen un hilo conductor, de modo que aquellos que no son tan eficaces, no logran cancelar el poder de los que sí alcanzan un grado de madurez escénica muy palpable.

La base textual de este espectáculo estuvo en las manos de Alfonso Cárcamo, y el resultado de llamar a un dramaturgo para este tipo de espectáculos salta a la vista: los diálogos, la construcción de los mismos, resultan más efectivos en tanto que no son sólo el resultado de una imaginería y creatividad, sino que existe además la conciencia y el compromiso de un oficio. Quizá por ello, un defecto, grave en verdad tratándose de un trabajo de Jesusa Rodríguez, consiste en el desperdicio de todas las frases, intenciones y acciones que el diálogo sugiere, sin sobriedad ni elección cuando están a cargo de alguien como Isela Vega, a quien nunca se ha visto ni se verá actuar (aun cuando la intención hubiese sido una sátira en sí misma, al llamar a la Vega para que representara a la tierra mexicana en decadencia). De tal suerte, si es cierto que desde hace un par de funciones es la propia Jesusa quien tomó en sus manos las riendas de ese papel, el error se habrá corregido desde la raíz.

El elenco: Marisol Gasé, Cecilia Sotres, Ana Francis Mor y Nora Huerta, y aquí vamos por partes: si algo podría pedirse a las actrices de un espectáculo musical, digamos un requerimiento mínimo (y más cuando tienen que hacerlo) es que canten y bailen, aun cuando lo que van a hacer sea una parodia de la comedia musical. Marisol Gasé es ágil, e incorpora a su trabajo cualidades muy considerables. Cecilia Sotres tiene un defecto gravísimo que le urge corregir si quiere seguir haciendo cabaret: la habilidad de su cuerpo y su voz. Al cuerpo hay que entrenarlo, incluso en cuestiones de ritmo, y entrenar también la voz, la pronunciación y las respiraciones. Ana Francis Mor imprime en esta puesta todo su temple de actriz y lo hace bien. Nora Huerta está extraordinaria, con una capacidad y un ímpetu irreprochables.

En cuanto a la música, se le reconocen mejores trabajos a Liliana Felipe. Por momentos suena postiza, de añadidura.

No es conveniente desconfiar del público, creer que se contenta con lo más pobre y lo más bajo, cuando se le puede ofrecer cosa que más valga. Es probable que empeños como éste exijan de la compañía un mayor esfuerzo; pero la compañía misma y todos, saldremos ganando.
 

 

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