Directora General: Carmen Lira Saade
México D.F. Viernes 25 de octubre de 2002
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Editorial
 
EU, ENEMIGO DE SÍ MISMO

sol-2La captura de John Allen Muhammad, ex sargento del Ejército de Estados Unidos, veterano de la Guerra del Golfo y muy probable autor de los homicidios perpetrados en los alrededores de la capital estadunidense a lo largo de este mes y que han mantenido a la nación vecina en un estado de pánico sólo comparable al que causaron los ataques terroristas del 11 de septiembre del año pasado, confirma las más sombrías previsiones formuladas por distintos sectores de la opinión pública internacional en semanas recientes. En este mismo espacio se comentaba, hace dos días, que la cadena de asesinatos en Maryland debería llevar a las autoridades y a la sociedad "a reconocer que, con más frecuencia de lo que les gustaría admitir, el enemigo principal lo tienen en su propia casa: en su industria armamentista, en su entorno social que fabrica monstruos, en su admiración a Rambo, en los violentos contenidos de su cultura de masas".

No es mucho lo que se sabe, hasta ahora, del presunto homicida serial: 41 años, negro, dos veces divorciado, entrenado en los años ochenta en Fort Lewis, estado de Washington, participante en la guerra del Golfo como ingeniero de combate, miembro de la Guardia Nacional y, según CNN -aunque otras fuentes difieren-, "`experto al máximo nivel´ en el uso de rifles de asalto M16" (como el empleado en los asesinatos), convertido al Islam, hace 17 años o recientemente, de acuerdo con distintas fuentes, y con antecedentes judiciales por uso indebido de armas de fuego. John Allen Muhammad fue capturado en compañía de su presunto hijastro, un menor de edad marginal, oriundo de Jamaica, y quien, al parecer, participó de alguna manera en los 13 atentados de octubre.

El individuo es, en suma, un producto promedio de la fábrica de sociópatas en la que se ha convertido la sociedad estadunidense con su culto a los arrasadores violentos, a las armas de fuego, a las soluciones bélicas para cualquier conflicto y al ingenio como recurso para destruir vidas humanas.

John Allen Muhammad es, en esa lógica, el retrato a pequeña escala ?un individuo en poder de un fusil de asalto? del grupo gobernante en Washington -una banda en poder del máximo poderío militar del planeta-, y su irracionalidad homicida constituye un grano de arena en los cimientos de la barbarie bélica que alienta al gobierno de Bush. Con toda probabilidad, el país que engendró al francotirador asesino se dispondrá, ahora, a juzgarlo, a condenarlo a muerte y a ejecutarlo mediante una inyección letal. Se cerrará, así, uno más de los círculos de degradación y miseria humana que corroen al país vecino.

Bush, por su parte, máximo representante de esa sociedad violenta y enferma, pretende, a contrapelo de la ética y del sentido común, erigirse, por mandato de sí mismo, en defensor de los valores universales, de la paz, de la legalidad y del orden, y dar al mundo lecciones de decencia sin más fundamento que un enorme poder de destrucción.
 

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