Directora General: Carmen Lira Saade
México D.F. Miércoles 18 de septiembre de 2002
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Política

Marcos Roitman Rosenmann

La colonización del tiempo

La apropiación del tiempo como una técnica de dominio y control político se fundamenta en construir relatos míticos. La producción de tiempo histórico posibilita manipular y organizar los hechos y acontecimientos de coyuntura para ampliar poder y expandir doctrina e ideología. Asimismo, su control puede acelerar una dinámica histórica o marcar un punto de inflexión en el devenir de un Estado, de un continente o de una razón cultural. En este sentido, los hechos del 11 de septiembre de 2001 profundizan un tiempo histórico de involución política cuyos orígenes los encontramos en los lineamientos de la nueva derecha estadunidense nacida en la década de los 70.

Los ataques al Pentágono y a las Torres Gemelas vinieron a favorecer una estrategia diseñada con anterioridad para recuperar la hegemonía perdida como consecuencia, según la nueva derecha, de la derrota de Vietnam, el escándalo del Watergate y el ascenso de James Carter. El triunfo de Ronald Reagan fue el inicio de esta nueva etapa de esplendor estadunidense. El mito de la raza superior y el destino manifiesto sirvió para reafirmar el papel de Estados Unidos en el concierto de las naciones y justificar el uso de la violencia y la fuerza en caso de necesidad. La guerra fría orientaba las decisiones. La planificación del tiempo político quedó en manos de los estrategas del Pentágono y la Casa Blanca. Puestos en estas coordenadas resulta fácil entender cómo y por qué los hechos del 11 de septiembre de 2001 son considerados un atentado contra la dignidad del mundo libre y de Occidente.

La nueva hegemonía de Estados Unidos, proyectada desde los años 80 del siglo XX, posibilitó rápidamente imponer su interpretación de los hechos, arrinconando o menospreciando cualquier otra opción de comprensión de tales ataques. En eso consiste la colonización del tiempo. Estados Unidos ha obligado a pensar el mundo desde sus postulados. Ello asienta y da fuerza a los principios bélicos del gobierno de Bush y justifica la redición del mito del ave Fénix para la venganza.

Cualquier hecho real o imaginado puede servir como punto de partida para organizar y orientar un orden social de forma mítica. Sin ir más lejos, tomemos como ejemplo el mito de la guerra de las galaxias en la época de guerra fría. Este sirvió a Ronald Reagan para imponer la doctrina de guerras de baja intensidad, articular la contra en Nicaragua posibilitando la destrucción del gobierno sandinista y, posteriormente, a George Bush invadir Panamá e Irak.

El tiempo organizado de forma mítica debe ser, y lo fue en esta ocasión, consistente, dotado de cohesión ideológica para facilitar, legitimando, las acciones posteriores de violencia y fuerza -invasión de Afganistán- que corroboren su decisión inquebrantable de llevar el relato mítico a sus últimas consecuencias. Así, la fuerza de un mito político radica en la capacidad para hacer que los sujetos se sientan portadores de los valores en él inmersos, de manera que sientan en sus carnes y vivan con intensidad sublime la realización del mismo. La escasa legitimidad de Bush hijo, en unas elecciones presidenciales ganadas en los tribunales y no en las urnas, se transformó en un apoyo casi incondicional y en una cerrada aprobación a las medidas de fuerza puestas en marcha para mantener el mito del destino manifiesto y combatir al enemigo terrorista. Utilizado como arma política cumple el objetivo de acrecentar el poder del gobierno republicano al no poner límites al uso de la violencia como estrategia de lucha contra sus enemigos, sin importar quiénes sean.

Existen mitos políticos cuyos orígenes se hallan en la proposición de ideas fuerza dentro de una razón cultural. El mito de la globalización, y su relato neoliberal fundamentado en la economía de mercado. Pero el mito nacido del 11 de septiembre hunde sus raíces en la formulación colectiva de una cosmovisión cuyo principio forma parte, repito, del mito de la raza y el destino manifiesto lanzado por los padres fundadores de Estados Unidos. Su actualización sirve como advertencia al mundo entero de que Estados Unidos está destinado por la Providencia a realizar grandes hazañas y no renuncia a expandir sus valores como parte de una misión que conlleva la necesaria lucha contra el mal. Así, los estadunidenses son un pueblo elegido, como los judíos, para llevar al mundo su paz permanente y su noción de libertad duradera.

Para los estadunidenses medios, el mal siempre acecha y tiene múltiples rostros. Unas veces serán los pueblos indios aborígenes a los cuales hay que exterminar, destruir o ejercitar el genocidio en nombre del mito de la raza superior y del destino manifiesto. Otras ocasiones su lugar será ocupado por las potencias extranjeras, como a principios del siglo XIX. La doctrina Monroe será el correlato del destino manifiesto. También el mal puede representarlo su vecino del sur, México, país al cual usurpó un tercio de su territorio para expandirse por orden de la Providencia y el destino manifiesto. Incluso puede tener, circunstancialmente, la cara del fascismo y el nazismo, con los cuales más tarde convivirá en estrecha complicidad, cuando la cara del mal se identificó con el comunismo y la Unión Soviética. Asimismo, se puede transformar apresuradamente en la década de los 90 del siglo XX. El imperio del mal se visualiza en Medio Oriente y en los países islámicos. Hoy el mal no tiene un rostro definido, se trata del terrorismo internacional. Ya no quedan más enemigos que los portadores de la destrucción total, contra ellos hay que proceder. Los ataques del 11 de septiembre de 2001 son pues una buena excusa para activar el tiempo mítico del destino manifiesto y la raza superior.

Con contratiempos y reveses, su imposición, no exenta sino fundada en el uso de la violencia física y síquica, se legitima bajo los supuestos beneficios universales de una globalización sin fisuras. La globalización y la lucha antiterrorista colonizan el tiempo futuro, lo organizan, dan sentido y justifican el uso de la violencia contra los detractores. Toda la fuerza debe recaer sobre las espaldas de los herejes. Sean organizaciones políticas, personas o movimientos sociales. La globalización y la lucha antiterrorista son el eje por donde pasa la realización del destino manifiesto. Estados Unidos impone sus tiempos y sus ritmos. Nunca se sentirá corresponsable de los acontecimientos del 11 de septiembre de 2002. Sólo víctimas de la Providencia que les llama a cumplir su destino manifiesto.

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