lunes 26 de agosto de 2002
La Jornada de Oriente publicación para Puebla y Tlaxcala México

 
Perfil

Alfabetización BUAP 2002

Los alfabetizandos

Jorge Machuca Luna n

A decir de sus moradores, la Sierra Norte poblana ha enfrentado este año la peor de las sequías en 32 años; los labriegos de esa zona, junto a sus ingresos, han visto este año desplomarse los precios del café, la pimienta y la vainilla.
Para ellos, la prioridad es encontrar la manera de sobrevivir hasta que llegue la cosecha del próximo año, "que a ver si se da", dicen; unos han emigrado a Puebla, al Distrito Federal, o planean llegar incluso a los Estados Unidos en pos del sustento diario que ya no pueden obtener trabajando sus parcelas.
Quienes se quedan tienen que esforzarse por asegurar la manutención de, en algunos casos, numerosas familias; pese a este panorama adverso, fueron 470 personas las que decidieron sumar a sus quehaceres una labor hasta entonces inédita para ellos: aprender a escribir y a leer.
Como se recordará, durante la incursión de alfabetizadores en la Sierra Norte y en las faldas del Citlaltépetl el año pasado, 350 personas resultaron beneficiadas con los cursos impartidos; en esta ocasión, 470 moradores de los municipios de Jonotla, Tuzamapan, Zoquiapan, Tenampulco y Ayotoxco fueron quienes recibieron conocimientos por parte de los alfabetizadores preparatorianos.
Por medio de los bachilleres de la UAP, las letras "tocaron las puertas"-refirió José Huaxi, morador de Xiloxóchitl-, y algunos de los otrora analfabetas las abrieron con cierta renuencia de por medio para aceptarlas en un inicio; pero una vez que las conocieron, las hicieron parte de su vida diaria, al igual que a los jóvenes alfabetizadores, que se granjearon el cariño de los lugareños.
Luego de agotadoras jornadas para cortar y "despicar" pimienta bajo temperaturas cercanas a los 40 grados, los campesinos alfabetizandos -cuyas edades iban de los 15 a los 94 años- se esforzaron por no quedarse dormidos o pensar en sus preocupaciones cotidianas frente a sus maestros, cuando éstos les impartían sus lecciones incluso durante la realización de otras tareas campesinas, como cosechar lo poco que les dejó la tierra, alimentar animales o chapear los patios.
Muchos presentaron problemas de la vista o dolor en la mano al tomar el lápiz por primera vez en su vida y escribir, como don Constancio Dieguillo, un campesino de 94 años que resultó ser el alumno de edad más avanzada entre quienes fueron atendidos por los alfabetizadores.
Como lo recordó su alfabetizador, Adrián Teutle -estudiante de la preparatoria Simón Bolivar-, para poder escribir don Constancio debió ocupar plumones anchos y hojas cuatro veces más grandes que una tamaño carta, debido a su problema de vista.
Al igual que a él, la memoria falló en varias ocasiones a los alfabetizandos, por lo que la paciencia tuvo que ser mayor y el esfuerzo doble, sumado esto a los problemas por la falta de dominio por completo del castellano, lo que a veces hizo más complicado el aprendizaje, pero enriquecedor para los jóvenes maestros, que tuvieron que entender los vocablos más comunes en náhuatl.
El caso de don Constancio destaca por su esfuerzo por aprender, ya que en la víspera de su alfabetización sufrió un accidente cuando cayó al suelo mientras se bañaba en el río, lo que le causó múltiples fracturas de costillas que deterioraron de manera importante su condición física.
Al momento de tomar clases, dijo Adrián, Dieguillo lo hacía acostado sobre las tablas colocadas en el piso; "para que viera, usé una libreta grande que le construí, porque le quedaban chicas las profesionales".
Desde su posición, el enfermo logró escribir valiéndose de marcadores, refirió Teutle; "como nunca en su vida había usado un lápiz, le llevé plumones, y ya podía trazar las letras".
"La o salía como nube, pero ya lo podía hacer; para que reconociera las letras usé un color para cada una de las vocales".
También las relacionó con diferentes objetos para que las memorizase más fácilmente: la e era un borrego -porque hace ¡beee!-; la o era un limón".
"Luego aprendió las familias silábicas valiéndose también de colores; deletreó usando fichas, y le hice su nombre en piedritas. Otros alumnos colaboraron y se rotuló su casa con su nombre y el de algunos objetos ahí colocados".
Varias de las comunidades alfabetizadas tienen un origen similar, como es el caso de Tiburcio Juárez, en el municipio de Jonotla, cuyos inicios se remontan a 15 años atrás, durante una lucha por tierras.
Al igual que en diferentes poblaciones, supuestos invasores fueron expulsados de campos de labranza, y previa intercesión de algunos políticos, lograron obtener tierras propias y fundar nuevas poblaciones que en la actualidad carecen de algunos de los servicios elementales, como agua, drenaje y energía eléctrica.
En medio de la marginación, los alumnos también enseñaron a sus mentores las dificultades de la vida campirana en uno de los rincones más subdesarrollados de la entidad, donde los pisos de las chozas son de tierra, los techos de lámina de cartón y las paredes de carrizo.
Como lo confesó José Crescencio Póchotl, labriego de 59 años que aprendió a leer y escribir en Xiloxóchitl, al principio privaba cierta desconfianza en la labor de los alfabetizadores debido a que pensaban que "el gobierno" enviaría a gente que sólo asistiría unos cuantos días y sin poner mucho empeño en la enseñanza.
Sin embargo, ocurrió todo lo contrario; lo malo, continuó, "es que ya se van los maestros y no podremos seguir estudiando porque tenemos que ir a trabajar la milpa, y como regresamos tarde, ya no da tiempo de estudiar, y vamos a tener que esperar a que regresen para seguirle".

La despedida de la "familia"

Dan casi las 3 de la tarde en el ejido Flores Magón; el calor deja sentir sus efectos mientras los pies de Luis Gerardo Huerta, estudiante de la preparatoria Benito Juárez, recorren por última vez los caminos que atestiguaron su labor educativa.
Con su sombrero blanco y su playera pegada al cuerpo por el sudor, el bachiller se encamina a una humilde choza de carrizo, y al entrar saluda en náhuatl.
Lo mismo ocurre al llegar a las moradas de quienes hasta ese día fueron sus alumnos; la primera en despedirlo es María Mateo, de 30 años, quien tiene algunas dificultades para hablar español y sin embargo es representante del ejido ante el DIF de su municipio.
Sonriente, la diminuta mujer de rostro moreno y largo pelo lacio recibe con emoción su constancia de alfabetización de manos de Gerardo; éste, a cambio, recibe un fuerte abrazo y un libro escrito en náhuatl, lengua que comenzó a hablar y a entender a las pocas semanas de haber llegado a dar clases a Flores Magón.
"Cuando ellos te hablan en náhuatl", explica el preparatoriano, "es una forma de mostrarte que se sienten en confianza contigo; que les respondas en su lengua te hace sentir parte de ellos, de su gente".
En realidad, acepta Gerardo, si bien llegó a enseñar a leer y escribir, él también aprendió a hablar un poco de náhuatl, a "echar tortillas" -lo que pocas veces es enseñado a los varones- y a entender que en medio de la pobreza de un pueblo destaca la riqueza de la honestidad y cariño de sus habitantes.
"Hasta hace dos meses yo no tenía familia aquí", dice con la voz quebrada al dejar Flores Magón y haberse despedido con emotividad de cada uno de sus alumnos; luego sube a la camioneta en la que le esperan sus compañeros, que al igual que Gerardo parten "con medio mercado encima", luego de los múltiples regalos que recibieron de sus alumnos.
Sin embargo, el más grande regalo, dicen, sería regresar a estas comunidades, donde ya tienen otra familia.