Directora General: Carmen Lira Saade
México D.F. Jueves 1 de agosto de 2002
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Política
Creyentes decomisaron folletos repartidos por opositores a la canonización de Juan Diego

El Zócalo fue territorio exclusivo de católicos

La presencia de Solidaridad Popular Cristiana estuvo a punto de ocasionar un enfrentamiento

ALONSO URRUTIA

Muy pocos percibieron la presencia de los impostores en el Zócalo, pero cuando dejaron el lugar, buena parte de los centenares de jóvenes católicos traían en sus manos lo que les distribuyeron: La verdadera historia de Juan Diego y de la imagen de la Virgen de Guadalupe, un folleto con la figuras de Juan Pablo II y la efigie españolizada del nuevo santo en la portada.
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Prestos para la procesión de Juan Pablo II y aún bajo los acordes de un rock guadalupano, tardaron en darse cuenta del contenido del folleto: todo un compendio de lo que se ha escrito contra el todavía a esa hora beato Juan Diego.

Que si fray Juan de Zumárraga, primer arzobispo de México y quien según la versión oficial fue el primer testigo de la aparición guadalupana, nunca escribió sobre el tema; que si el provincial de los franciscanos fray Francisco de Bustamante arremetió entonces contra la veneración "de una imagen pintada por un indio"; que si la ilustración de la Virgen María sólo es una pintura que fue retocada, en fin, un recorrido por las inconsistencias históricas hasta culminar con la coincidencia de imágenes entre la del Juan Diego del arzobispado y la del conquistador Hernán Cortés.

La información no pudo circular mucho. Los primeros católicos que cayeron en la cuenta del contenido del detallado escrito organizaron una purga de los folletos que estaban en manos de los cerca de mil jóvenes feligreses que pernoctaron en la Plaza de la Constitución.

La cantidad de creyentes reunidos en el Zocalo quedó muy lejos de la cifra prevista (se vaticinaba la congregación de 100 mil fieles que no dormirían por el fervor de tener por quinta vez a Juan Pablo II en México).

A la basura fue a dar esa compilación de testimonios de Bernal Díaz del Castillo -sobre los pintores indígenas y en especial del indio Marcos-, y las declaraciones escandalosas del ex abad de la Basílica de Guadalupe, Guillermo Schulenburg, contra el mito de Juan Diego.

Ya para el amanecer sólo quedaban en el Zócalo puros convencidos de la existencia y la milagrería del beato Juan Diego, de sus méritos para hacerlo santo, pero las primeras horas de la mañana no estuvieron exentas de nuevos incidentes motivados por las variantes de la fe.

Lentamente fueron llegando más congregaciones. La afrenta contra Juan Diego en su día provocó el recelo entre la grey.

Poco después hubo un segundo conflicto; esta vez entre católicos y un supuesto grupo de cristianos.

La primera en advertir la presencia del grupo de supuestos cristianos fue una religiosa de la Congregación Franciscana de la Inmaculada Concepción.

La tensión comenzó cuando integrantes de la Comisión Pastoral Juvenil y otros grupos católicos comenzaron a decomisar banderines que a la letra decían: Solidaridad Popular Cristiana. Juntos por la vida, la justicia y la paz.

Enseguida se les acusó de pertenecer a una de las llamadas "sectas de cristianos".

Angeles Escandón era la cabeza visible de este grupo de presuntos misioneros católicos dedicados, según dijo, al trabajo comunitario en las zonas de extrema pobreza.

-¿Por qué están repartiendo eso? -le recriminó, eso sí, con el pudor que corresponde a la ocasión, Miguel Peraza, de la arquidiócesis.
EL PAPA Y JUAN DIEGO
-¿Qué tiene de malo? -respondió Angeles Escandón.

-¿Dónde están la Virgen y Juan Diego?

-No, pues no están, pero somos católicos.

-¿Aquí dice cristianos?

-Oiga padre... pero somos católicos, apostólicos y romanos, se lo juro.

-¿Pero, dónde está la Virgen?

-¿Conoce usted la doctrina social? -tercia un hombre.

-Retiren esto, porque se están haciendo publicidad ustedes solos.

-Oiga, pero somos católicos. Vea mi gafete, responde un joven de logística y miembro del grupo sospechoso.

La discusión siguió. Y es que el haber omitido a la Guadalupana y a Juan Diego, y colocar la palabra cristiano, nada más no cuadraban.

Para entonces, desde el templete, las monjas oraban con implacable pasión: "Santa María Madre de Dios, ruega por nosotros ..."

-Pregúntele al padre Pedro Agustín. El sabe bien que hemos participado en la organización.

-Ya nos la hicieron una vez -advirtió Peraza en alusión al folleto.

Desde el templete, el rosario continuaba: "Reina de las almas del purgatorio..."

Abajo, la confusión no se aclaraba y el rumor del protestantismo presente en un Zócalo exclusivo para los católicos en el día de San Juan Diego continuó.

Decenas de banderines corrieron la misma suerte hasta que, por fin, el citado cura Pedro Agustín los exculpó públicamente: "quienes porten estos banderines pueden seguir haciéndolo, la Solidaridad Popular Cristiana participa en nuestra organización".

Para cuando el Papa salia de la nunciatura se habían juntado unos 10 mil católicos en el Zócalo. Fue necesario utilizar animadores para revitalizar a los cansados creyentes.

Y al grito de: ¡Cristo Rey! Comenzaron a tañir las campanas de la Catedral y el ánimo se levantó.

La imagen petrificada de Juan Pablo II -transmitida en una megapantalla- reanimaba a la grey. Algunos lo miraban con conmiseración, otros no cesaban de gritar y el fervor católico casi llegaba a su clímax cuando el Papa apareció por la avenida Juárez y cruzaba frente al Hemiciclo, símbolo del Estado ¿laico? mexicano, con rumbo a la Plaza de la Constitución.

El paso de Juan Pablo II fue fugaz, aunque suficiente para desatar la frenética reacción de sus seguidores. Apenas un movimiento cuando pasó por la Catedral y la campana llegada de Pachuca para glorificar a San Juan Diego ya estaba bendita.

Y luego una misa peculiar en el Zócalo: cuando el Papa ora y a los fieles les cala más hondo la fe, la venta de hot dogs no se detiene.

Las hostias se reparten. Muchos comulgan, otros comen hamburguesas; algunos oran por el perdón de sus pecados, otros se confiesan ante las decenas de curas repartidos por todo el Zócalo y algunos más adquieren souvenirs de -ahora sí oficial- san Juan Diego.

Es la Plaza de la Constitución multifacética convertida -quién lo dijera- en improvisado recinto para la fe cristiana.

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