Directora General: Carmen Lira Saade
México D.F. Domingo 28 de julio de 2002
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MAR DE HISTORIAS

Nudos

CRISTINA PACHECO

En la capilla cuatro nos reunimos los alumnos del quinto C que no habíamos salido de vacaciones. Casi todos acudimos a la funeraria vestidos con las ropas con que nos presentábamos a nuestros festivales escolares.

A la entrada se apostó la profesora de gimnasia para recibir a los que iban llegando. Unos pasos más adelante José, el prefecto, les decía dónde poner los ramos de flores. En un sillón lateral la esposa del maestro Braulio se esforzaba por consolarlo. Junto a unas columnas la directora de la escuela, doña Gracia, recibía en actitud estoica las condolencias a nombre de los padres de Joel. Me alegró no verlos cuando entramos en la capilla. Alguien le dijo a mi madre que se habían refugiado en una salita privada.

La noche anterior, cuando supimos la mala noticia, mi madre me consoló, prometió acompañarme al velorio y me indicó: "Sé lo mal que te sientes, pero debes mantenerte sereno para no avivar el dolor que está matando a los padres de Joel. Muchachito loco: Ƒpor qué no pensó en ellos antes de cometer semejante barbaridad?" Sentí náuseas.

Al mediodía la maestra Luisa nos reclutó y nos llevó al pasillo para darnos nuevas instrucciones: "En riguroso orden montaron guardia. Cinco minutos nada más porque no tarda en llegar el padre que va a decir la misa".

Han sido los minutos más largos de mi vida. No podía resignarme a que dentro del ataúd estuviera Joel. Tuve ganas de cerciorarme y levantar la tapa. Abrigaba la esperanza de que, al hacerlo, mi amigo se levantara y huyera. Debo de haber tenido un aspecto terrible porque mi madre se acercó a preguntarme si me sentía bien. Apreté la boca para no soltar los gritos que me asfixiaban.

Por fin llegó el sacerdote. Fue directo a la cabecera del ataúd. Nos persignamos. La maestra de música se encargó de llamar a los padres de Joel. Doña Julia apareció de luto y con la cabeza apoyada en el hombro de don Humberto. El padre fue a su encuentro, les murmuró algo y ellos, con lágrimas, le besaron la mano. El sacerdote miró su reloj y nos dijo su nombre: Rafael. Fue un gesto de amabilidad hacia los niños que estábamos atónitos y horrorizados por la muerte de nuestro compañero.

El sermón estuvo dirigido a los padres de Joel. Les pidió resignación e insistió en que los caminos de Dios son intrincados. La señora Julia se desmayó. A gritos su marido clamó por un médico. Se adelantó el padre de uno de nuestros compañeros y doña Julia fue conducida a la salita privada. Durante esos minutos nos olvidamos de Joel, de que seguía allí esperando el momento de recorrer el último tramo de su camino en este mundo, el único que había elegido en sus once años de vida. El doctor reapareció. Su informe fue escueto: "Nada grave, todo consecuencia de la terrible tensión". Me saltó en la cabeza una palabra: culpa.

A las cuatro de la tarde los adultos formaron una comitiva encabezada por el coche en que iban los padres de Joel. ƑQué se habrán dicho en el trayecto? La señorita Gracia ordenó que los integrantes del quinto C abordáramos un camión de la escuela. Hasta ese momento no había asimilado que Joel, mi mejor amigo, ya no era parte de mi vida. Lo entendí cuando tomé asiento en el camión y quedó vacío el lugar de junto. Era el que ocupaba Joel cuando el maestro Braulio y José nos llevaban de paseo a las pirámides, La Marquesa, el Desierto de los Leones. Este año fuimos a Las Estacas. Si pasábamos la prueba de acampar dos días, en 2003 iríamos todos juntos a la playa.

II

La primera noche en Las Estacas comimos alrededor de una fogata. Me quejé de los mosquitos. El maestro Braulio aprovechó para decirnos que cuando fuéramos a la playa no debíamos olvidar los repelentes. El resto de la noche cantamos. Nos hicimos bromas escatológicas y obscenas antes de meternos en nuestras tiendas de campaña. Joel y yo compartíamos la misma.

No teníamos sueño. El se puso a practicar los nudos que nos había enseñado el maestro Braulio. Yo hice planes para que viajáramos a la playa. "Espero que se diviertan mucho", comentó Joel. Lo corregí: "Que nos divirtamos. ƑO qué, no piensas ir?" Levantó los hombros y se mordió los labios, como cuando íbamos a tener algún examen.

Le pregunté qué le sucedía. Me dijo que estaba preocupado por sus padres: "Se sacrifican demasiado por mí y no lo merezco: no logro sacar puro diez y los hago sufrir". Nunca había oído una confesión semejante y escucharla me desconcertó. Abandoné mi bolsa de dormir y me acerqué a mi amigo para obligarlo a mirarme: "ƑDe dónde inventas eso, güey?" Joel siguió practicando los nudos y sacó la lengua por entre los labios.

Le di un golpe en el hombro: "Cierra el hocico". El rió, se acercó al cuello el lazo anudado y me preguntó: "ƑCómo me veo?" Enseguida sacó toda la lengua y cerró los ojos. Sentí horror y le grité: "Como un vil pendejo". Indiferente, volvió a su antigua posición y siguió practicando nudos.

Regresé a mi bolsa de dormir pero seguí despierto. Me angustiaba que Joel se quedara sin tener a quién confesarle sus preocupaciones. "Ya deja eso", le pedí. Ignoro si me refería a su obsesión por los nudos o a la broma estúpida de fingirse ahorcado. El entendió otra cosa y siguió hablando de su familia: "Todos los días es lo mismo: nos sentamos a comer y lo primero que hace mi madre es quejarse porque no le alcanza el dinero. Mi papá le contesta que se esfuerza por aumentarle el gasto, pero que ya no puede matarse más. Cuando les digo que me permitan trabajar o que me inscriban en otra escuela, mamá llora. Dice que eso nunca, que sería una vergüenza verme en una primaria pública".

Intenté consolarlo: "Piensa que luego, cuando ya tengas una profesión y trabajes, podrás ayudarlos y devolverles lo que te han dado". Joel levantó el lazo y lo meció en el aire: "Si llegara a dedicarme a pintar no podría hacerlo. Cuando le dije a mi mamá que pensaba ser artista ella me advirtió que moriré de hambre y ella de pena al verme en ese camino. Mi padre me explicó que eso sería como echar al caño todos sus sacrificios para darme estudios. Me recordó que él no los tuvo, primero por mantener a mis abuelos, después a mamá y luego a mí, que soy su único hijo".

Hice un comentario sin pensar: "Tus papás son jóvenes. Puedes tener hermanos". Joel me reveló que su nacimiento le había causado a doña Julia un problema que la imposibilitaba para embarazarse otra vez: "Papá tiene un cuaderno que escribió durante los días en que mi madre estuvo en el hospital, luchando contra la muerte. Cuando le dije lo que pensaba ser de grande me lo leyó. Sentí feo de haberle causado tantos dolores a mamá". No le creí: "Eres un hablador y si no, a ver, Ƒqué decía el cuaderno?" A Joel se le llenaron los ojos de lágrimas y yo le grité: "Pinche puto".

Al día siguiente por la tarde regresamos a México. En el camión sólo hablamos del futuro viaje a la playa. Joel volvió a decirme: "Se van a divertir mucho". Fingí no oírlo y el resto del camino me dediqué a ver el paisaje por la ventanilla.

Llegamos a la escuela a las ocho. Allí estaban nuestros padres esperándonos. En cuanto doña Julia vio a mi amigo corrió a abrazarlo: "šAl fin podré dormir! Estos dos días no pegué los ojos pensando en si necesitabas algo. Cuéntame: Ƒfue divertido, aprendiste cosas bonitas?" Joel respondió: "Nada más a hacer nudos". Su padre le preguntó, medio en serio y medio en broma: "ƑY eso para qué sirve?"

Don Humberto obtuvo la respuesta dos días después, cuando descubrió, bajo la luz del amanecer, el cuerpo de Joel balanceándose en la rama de un árbol.

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