lunes 24 de junio de 2002
La Jornada de Oriente publicación para Puebla y Tlaxcala México

 
Mundianálisis

Fuerte olor a podrido

n Horacio Reiba

La relativización del resultado a la entronización del espíritu festivo de que hablábamos el otro día están sometidas a revisión por la marcha misma del evento. Si lo primero parecía en principio simple efecto de la cantidad anormalemente alta de marcadores inesperados, hoy aletea la sospecha de que el resultado depende menos del desempeño de los equipos que de maquinaciones urdidas al margen del juego. Y lo segundo -esa permanente y contagiosa euforia que vive Corea- puede no ser algo tan espontáneo e ingenuo como se creía, sino producto más bien de una muy hábil canalización política y mediática de la necesidad de evasión desmadrosa de la gente, necesidad tanto mayor en culturas tradicionalmente represivas con la extroversión como parece ser el caso. Que existía una suerte de falsificación de lo auténtico, es algo evidente en el plan de disfrazar de "hinchas" a los neoaficionados locales, habilitados con camisetas, banderas y pintas faciales a imitación de lo que ocurre en países de larga raigambre futbolera. O en el decorativo rellenado de huecos en el graderío con escolares similarmente maquillados e instruidos para la ocasión. Nada más natural que, en ese mundo de apariencias sin sustento, el futbol esté siendo una pálida sombra, desmentida a cada paso por el pobre nivel de equipos y jugadores.
Robo de ilusiones. Lo más grave del asunto, más allá de la alarmante ausencia de calidad, es la descarada manipulación de un sinfín de partidos, multiplicidad que hace inadmisible la cantinela de tipos como Codesal, entrenados para repetir mecánicamente que "el arbitraje es limpio" y los "errores humanos han sido mínimos". Si así fuera, tanto peor, pues eso de equivocarse "menos que nunca", pero hacerlo precisamente cuando el "error involuntario" sirve para desnivelar un partido o decidir un resultado condena como dolosa semejante conducta arbitral. Sería tanto como admitir que importaba poner a Italia fuera -si no, que alguien explique lo de los cinco goles anulados, cuatro de ellos legítimos, incluido uno de Inzaghi a México y otro en el decisivo encuentro contra Corea-, y que el negocio está en proteger a Corea del Sur, así sea al costo de inventarle penaties a favor -contra Estados Unidos e Italia, atajados ambos-, expulsar jugadores contrarios por faltas comunes -así les quitaron del camino a Conceicao y Beto, de Portugal, y a Totti de Italia-; pero el escándalo que desborda todo intento de explicación racional está en el robo de dos goles absolutamente legítimos al equipo español en cuartos de final, jugadas donde ni con lupa es posible apreciar falta alguna. Tal cúmulo de "equivocaciones lamentables", orientadas siempre en la dirección conveniente, desmonta cualquier idea de aleatoriedad y apunta a la de ayudas deliberadas al equipo designado, que si en un sentido es siempre Corea -o Brasil-, en otro admite cambios de camiseta no menos cómplices, mediante los cuales México se puede beneficiar hoy con un offside dudoso que desbarata el gol italiano, para soportar mañana un penal no señalado al basquetbolista gringo que despejó con el puño en su propia área, o EU, así ayudado durante el desordenado asedio azteca, pasando a la opuesta condición de víctima en cuanto el de enfrente se llama Alemania -penal igual o más escandaloso, pues el defensor teutón devolvió el balón con la mano sobre la misma raya de gol-, o es Corea y requiere de un penalti inventado.
¿Fair play? Desde luego, frente a tanto y tan reiterado descaro la enumeración no puede ser exhaustiva. Baste reconocer que la multiplicación del amaño representa un atentado contra los mínimos de limpieza exigibles, y desmonta sin apelaciones la pretensión de juego limpio proclamada por la FIFA, organismo cuyo historial -y el de su presidente Blatter, personaje sórdido si los hay- no avala decencia alguna, y ha terminado por vaciar de contenido al evento más apasionante del planeta. Como siempre la simulación y el dinero fácil conllevan su propio escarnio.