Directora General: Carmen Lira Saade
México D.F. Miércoles 19 de junio de 2002
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Cultura

REPORTAJE

En la vestimenta familiar plasman fantasías, mitos, creencias, raíces

Con hilo entreverado, las mujeres tejen toda una historia de identidad

ROSARIO JAUREGUI NIETO/ I

Marco Buenrostro considera que haber dejado esa labor a las mujeres es resultado de la división del trabajo, aunque no privativa. Recuerda que hay hombres de algunas comunidades indígenas, como los mazahuas del estado de México, que se ven incluso ofreciendo su trabajo por las calles de la ciudad de México, que tejen gorras, bufandas o guantes. Y reitera: ''No lo vería como una cuestión de sexo, en sí es muy marcado que las mujeres hacen esta labor, pero es una división convencional del trabajo que no debe ponerse tampoco como sacrificio''

collagebordados Mujeres mexicanas han tejido hilo entreverado con paciencia, sensibilidad, ingenio y otras hebras, su historia, la de nuestros pueblos. En su vestimenta, en la de sus hombres e hijos plasman fantasías, mitos, creencias, raíces. Identidad. ''El vestido tiene así un significado más amplio que un simple ropaje que cubre la desnudez y protege del clima. Es así que la necesidad física y la cosmogonía metafísica integran una crítica dualidad que se manifiesta en cada prenda", escribe José Juan de Olloqui en el libro Tejedoras de vida.

Con el bello lenguaje del vestido todavía es posible trazar un atlas del país, considera Marco Buenrostro, estudioso de arte popular y creador de la página Tradición y cultura que publica La Jornada cada dos miércoles. En tanto, el Museo Serfín de Indumentaria Indígena rinde un homenaje a esas mujeres indígenas con la muestra Bordados del México antiguo.

Esa exposición retrata de cuerpo entero la historia cultural de los pueblos de México por medio de unas 150 prendas indígenas y mestizas que datan de 1940 a 2000, ejemplo de la forma de vestir que conservan unas 60 comunidades (cerca de 11 millones de personas) y de las casi 30 diferentes técnicas de bordado que existen en el país, explica Elvira Herrera Acosta, subdirectora de Relaciones Públicas y Patrimonio Cultural de Banca Serfín y directora del museo.

Pero el tema va más allá de esta importante exposición. Contextualiza Marco Buenrostro: ''Todavía hay bastante, como Oaxaca; Nayarit, con el traje del huichol, o el terno en Yucatán, bastante completos, no intocados, porque las expresiones culturales son dinámicas y las personas van cambiando su vestido en el transcurso del tiempo".

Don concedido por los dioses o resultado de la división del trabajo, las mujeres de los diversos grupos étnicos se han dedicado a tejer sus lienzos en el telar de cintura decorándolos con brocados que maravillan. Esa técnica data de la época prehispánica. Con los años se añadió la costumbre de agregar, siempre con bordado, motivos, adornos y figuras mediante la utilización de las diversas técnicas que trajeron los españoles con la Conquista.

bordados3 Según registra el libro Tejedoras de vida, editado por Serfín, ''fue la diosa azteca Xochiquetzal (Flor preciosa), a quien se atribuyó la invención del huso y el telar", e Ix-chel, que representaba la Luna, compañera del dios solar, era venerada por los mayas, por la misma razón. ''Hilar y tejer eran actividades exclusivas de las mujeres. Para reafirmar que estaban predestinadas a estas labores, se efectuaba un ritual: en cuanto una niña nacía, la partera con rezos y cantos le comunicaba sus dones y obligaciones propias de su sexo y le aconsejaba obedecer las inspiraciones enviadas por Xochiquetzal. Asimismo, invocaba a la diosa demandándole protección para la recién nacida... El conjuro concluía enterrando bajo el fogón del hogar el cordón umbilical de la niña, la placenta de la madre y los instrumentos necesarios para las artes textiles."

Marco Buenrostro considera que haber dejado esa labor a las mujeres es resultado de la división del trabajo, aunque no privativa. Recuerda que hay hombres de algunas comunidades indígenas, como los mazahuas del estado de México, que se ven incluso ofreciendo su trabajo por las calles de la ciudad de México, que tejen gorras, bufandas o guantes. Y reitera: ''No lo vería como una cuestión de sexo, en sí es muy marcado que las mujeres hacen esta labor, pero es una división convencional del trabajo que no debe ponerse tampoco como sacrificio. También está el mérito femenino en términos de sensibilidad, manejo del color, de delicadeza. Es muy duro, a veces las chicas que bordaron a los 22 años la blusa con la que se casaron dicen que no serían capaces, una o dos décadas después, de volverla a hacer porque se requiere de vista, paciencia, precisión y otra serie de cualidades que se pierden con el tiempo. Tal vez el hombre no tendría la paciencia y delicadeza para estar contando pequeños hilos y hacer un bordado prácticamente perfecto y creativo, además".

Pero sí hay datos de que el hombre también ha participado en los tejidos, por ejemplo los que requerían de mayor fuerza en el telar, como los ayates o cobijas. En Mexican indian costumes (serie The Texas Pan American, Universidad de Texas-Austin and London), un documento preciado retrata a un huichol trabajando en el telar de cintura.

Hilos entreverados

El bordado como tal no existió en la época prehispánica. ''Lo que se hacía era el brocado en telar de cintura, a base de incluir hilos de distinto color y entrelazarlos a mano, se hacían diseños de decoración exquisita, sin fin, sin límite", dice Buenrostro. Se comenzó a bordar cuando llegaron las agujas, las puntadas, técnicas y materiales europeos traídos por los españoles.

El Diccionario de la lengua española define el acto de bordar como ''enriquecer las telas con labores de aguja". Tal ''frase excluye los trabajos realizados por las mujeres del mundo mesoamericano, a pesar de que fueron muy laboriosos y fabricaron ricos textiles en sus telares de cintura", se anota en el libro Bordados y bordadoras, de la Colección de Arte del Grupo Gutsa. Aunque hay registros de que había agujas hechas de hueso o con las puntas de maguey, sólo eran utilizadas para unir, coser, los lienzos.

En el desarrollo del bordado en México influyó en gran parte la Iglesia católica, pues los religiosos eran quienes enseñaban a bordar a las mujeres y aprovecharon su trabajo para los bártulos de los oficios religiosos. Así, las hacían bordar las casullas, las cubiertas del lecisternio (mesa de la imágenes) o el cubrecáliz, entre otras piezas. Dentro del arte sacro, explica José Luis Sánchez Mastranzo, investigador y curador de la exposición que se presenta en el Museo Serfín, hay tres importantes tipos de obras: Anglicanun (obra inglesa), que era el más rico de todos, pues incluía rellenos, con hilos de oro, macizos, puntos de cruz, lomillos; Teutonicum (obra alemana), más ligero, blanco sobre blancos, con gasas, y por último el Pulvinarium.

''Los españoles pusieron a trabajar a los indígenas y así nos apropiamos de las técnicas. Todavía hacemos cosas maravillosas, como el bordado con chaquira o incluso el bordado de tipo documental o histórico, que consiste en registrar costumbres. En suma, hacer del bordado casi como un nicho histórico, como ha sido el trabajo de una señora llamada Raquel, en Michoacán, que se casó con un individuo que no era de su cultura y de repente entró en crisis y para salir empieza a bordar y así fue haciendo dibujos de su vida", relata Buenrostro.

''Las personas han adoptado el bordado y sus técnicas como identidad de su propio grupo y expresa elementos de su cosmogonía. Las comunidades se han apropiado de las técnicas y han aplicado sus propios motivos, para expresar una creencia o una tradición", afirma María Teresa Pomar, una de las fundadoras de la asociación Populart.

Así, las bordadoras las combinan en sus ropas dibujando diversas figuras y dotándolas de valor humano, símbolos. Piezas artísticas. El libro Bordados y bordadoras registra puntadas como el hilván, punto atrás o cordoncillo, punto de lazada o mar, nido de abeja, rellenos, punto de ojal, cadeneta y relleno, con todas sus variantes: encarnación, petatillo, seda floja, puntada corta, punto de cruz y media cruz, que en Francia se llama petite point.

En el Museo Serfín de Indumentaria Indígena están vivamente representadas algunas de ellas. Destaca el punto de cruz, no por ser el de mayor belleza y precisión, sino porque ha cruzado de norte a sur nuestro país. Desde delgadísimos hilos hasta los más gruesos (lanas) se intercalan entre las finísimas tramas de los géneros para decorar quechquémitl, huipiles, morrales o fajas de huicholes, otomíes, mazahuas, totonacas, triquis, tzotziles, mixes o huastecos. ''Aparece en todo el país y en todo el mundo, es una de las técnicas más antiguas, básicas y de carácter contable; se pueden hacer casi todas las formas orgánicas e inorgánicas, geométricas y combinados", explica el investigador José Luis Sánchez Mastranzo, curador de la muestra.

Esta puntada se inventa con las manos en diferentes tramados de telas y con diversos grosores de hilos, de lo que dependerá el tamaño y finura de la cruz. Se obtienen puntadas de idéntico tamaño, en dirección horizontal, vertical o diagonal. ''La mejor calidad se encuentra en telas de tejido balanceado pero muy cerrado, como las mantas que utilizan las mazahuas, o los linos que se usan en Yucatán, aunque ahí la cuenta se lleva con un canevá (el tramado es más abierto) que se sobrepone al lienzo. Las puntadas son más grandes e irregulares, algo completamente diferente al punto de cruz ejecutado sobre la misma retícula de la tela", señala Sánchez Mastranzo.

Mediante macizos, realzados, pepenados, fruncidos, rebordados, negativos, cadenillas, bucles, cilantro y araña, las palabras se convierten en figuras sencillamente delineadas y cargadas de significados, por ejemplo sapos relacionados con la lluvia, estrellas de ocho picos, aves, venados.

Un vestido de novia, un huipil mixteco de Pinotepa Nacional, Oaxaca, tiene bordada al frente un águila bicéfala, que se pensaba protegería a la mujer para no tener gemelos, pues ello implicaría que había cohabitado con dos hombres. Está bordado en punto de cadenilla y ciertamente el hilo va formando finísimas cadenas, casi filigranas. Se trata de un bordado de contorno. Es otra de las técnicas antiguas y se caracteriza por su sencillez.

La costumbre de las mujeres de bordar el huipil para ser amortajadas se aprecia en una pieza de San José Miahuatlán, Puebla, cuyo cuello y hombros están tupidos de puntada de bucle, que se realiza con hilo grueso de lana; la hebra se deja floja por el derecho de la tela y apretada por el revés. Por el frente el bordado da la impresión de una alfombra maciza. Una vez terminados, los blucles se destiñen para manchar la tela blanca en la que ha sido confeccionado, ''para sangrarla". Lo portará en la eternidad para que su esposo la reconozca en la otra vida.

Pepenando la tela

El pepenado es un tipo de bordado que se desarrolló después de la Conquista, aunque tiene sus orígenes prehispánicos en la puntada que ahora se llama aplastada o satín. Se bordan en negativo animales, flores o humanos, motivos que toman forma con las partes de la tela que se dejaron en blanco.

''Házme si puedes, si no déjame para las mujeres" es como se le llama popularmente al pepenado fruncido con rebordado envolvente, puntadas lineales de un lado a otro que al ir envolviendo la tela dan forma a una cenefa con figuras de hombres y mujeres tomados de la mano. El hilo las abraza. Esta técnica es ejecutada en San Antonio Castillo, Oaxaca.

El pepenado punteado encordonado al negativo se refiere a un bordado sobre fondo de tela blanca y se rellena o encordona con base en puntadas de color, de manera que el dibujo aparece al negativo. Ejemplo de estas piezas son las que usan los mazahuas de San Felipe Santiago, estado de México.

Sin duda unos de los más bellos y lucidores son los que se realizan con chaquira, como el pepenado fruncido que consiste en fruncir la tela y al pasar la aguja se ensartan cuentas de diversos colores. Quedan atrapadas en el canal del fruncido y forman flores y animales. El conocido de chaquira o de abalorios consiste en aplicar cuentas mediante dos puntos: el de hilván con el que la chaquira o abalorio correrá por el hilo y se encontrará en el centro de cada puntada, y el punto atrás para sujetar la cuenta.

Para armar el así llamado punto de oro, uno debe bordar puntadas rectas verticales escalonadas, como formando una pirámide, y cubriendo con cuatro o más hilos de tejido que, alternados, dan lugar a ricos difuminados. De esta técnica se ha derivado el punto de oro llama, en el que las puntadas ascendentes recuerdan las llamas del fuego, la calidez.

El punto de Asís (casi siempre representado en los huipiles) atrae la mirada por su sencillez. Finas y apretadas puntadas dan forma a estrellas de ocho picos aves y ciervos y, en momentos, al cadencioso movimiento del mar. Siempre escalonado, es también considerado una de las puntadas más antiguas. Se realiza con la unión del punto de Holbein para marcar los límites y usa el punto de cruz para rellenar el dibujo. Lo utilizan los otomíes de Querétaro en blusas de vizarrón.

Representado en una blusa nahua de Chicontepec, Veracruz, se aprecia el punto agusanado o güimultik. De origen prehispánico, es utilizado por los pueblos nahuas. Pertenece a los puntos lineales, aunque con variantes de acuerdo con el movimiento: de derecha a izquierda o de abajo hacia arriba. Los nombres de los puntos están inspirados en la naturaleza: tocatlitexis (huevos de araña) o cicitlaltepec (flor de cuatro pétalos).

Tules bordados con artisela, trabajo difícil de ejecutar por la textura de los elementos, visten a las mestizas de Chiapas, en Chiapa de Corzo. Se trata del bordado en tul o punto húngaro que se ejecuta sobre diseños previamente elaborados, combinando la técnica ''al pasado'' (puntadas largas y cortas, derechas y oblicuas, ''muy tímidas") y el punto de fallo.

El femenino y seductor rebozo es ''para el Dr. Atl, la prenda nacional por excelencia, síntesis de tres influencias históricas: el mamatl prehispánico, la mantilla española (de influencia árabe a su vez) y el repacido o anudado oriental", escribe Marta Turok en Cómo acercarse a la artesanía. Abrigo en las zonas frías, base apara ayudar a cargar enredado en la cabeza, como en el Istmo, o accesorio, como en Yucatán, es una extensa área para tupirla de figuras dibujadas con hilos de colores. En Michoacán, los purépechas ensartan entre el tejido de los extremos multicolores chaquiras, para dar el acabado.

También están los pequeños tapices mazahuas decorados con diferentes puntadas en hilos rojos y negros, que no por su tamaño son menos hermosos; los morrales otomíes, de punto de cruz doble, o los huicholes de punto de cruz de una hebra.

Reminiscencia de la serpiente y símbolo de fertilidad, que ayuda a sostener la falda (enredo) usada debajo del huipil corto, la faja es otra de las prendas prehispánicas que se conservan, indispensable en el atuendo femenino, y también es espacio para bordar.

(El Museo Serfín de Indumentaria Indígena está en avenida Francisco I. Madero 33, Centro Histórico. Tiene servicio de visitas guiadas, previa cita, y biblioteca. La exposición Bordados del México antiguo concluirá el 12 de julio. Puede visitarse de lunes a sábados de 10 a 18 horas. Entrada gratuita.)

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