Viernes 22 de marzo de 2002
La Jornada de Oriente publicación para Puebla y Tlaxcala México

 
n Desairado, el espectáculo organizado por las autoridades municipales
Cientos de visitantes recibieron el equinoccio de primavera en la zona arqueológica de Cantona

Amelia Domínguez n

Cantona, la Casa del Sol según su significado en náhuatl, recibió ayer a cientos de personas que acudieron a cargarse de la energía que emanaron los rayos del astro con mayor intensidad en la cima de las pirámides al inicio del equinoccio de primavera. Ataviadas totalmente de blanco, o solamente con una prenda de este color, los turistas que arribaron desde la ciudad de Puebla, o de los diferentes poblados de la región, Oriental, Libres, la cabecera municipal de Tepeyahualco e inclusive de Perote, Veracruz, aprovecharon para recorrer, algunos por primera vez, otros por segunda o enésima ocasión, la ciudad prehispánica más urbanizada en el altiplano central de México.
Pero si a alguno se le ocurrió asistir para apreciar el espectáculo organizado por las recién nombradas autoridades del ayuntamiento de Tepeyahualco -al que pertenece el territorio de la zona arqueológica-, para celebrar el equinoccio de primavera, debió haber vuelto decepcionado pues de todo lo que se anunció, sólo una mínima parte se llevó a cabo.
Con más de dos horas de retraso inició el espectáculo, programado para las 12 del día, y a falta de los grupos de Puebla y Tlaxcala, salvaron la situación los estudiantes de la escuela secundaria local, quienes hicieron su mejor esfuerzo arriba del tablado, interpretando bailes regionales. Los únicos que llegaron a tiempo fueron los integrantes del grupo de Xalapa, VeraDanza, programado para el cierre del evento.
Tampoco fueron instalados los talleres de cerámica, palma y barro anunciados la víspera por la presidenta municipal y la Secretaría de Turismo del estado. Ni el espectáculo y práctica del juego de pelota, pues las autoridades del INAH omitieron dar su consentimiento para que las actividades fueran realizadas en la zona.
El bien acondicionado escenario, con su serie de reflectores y bocinas, facilitado por la Casa de la Cultura Móvil, de la Secretaría de Cultura, se mantuvo vacío, esperando, al igual que el escaso público, a que llegaran los grupos programados procedentes de la ciudad de Puebla: Cuicatlani, Compañía de Danza del estado de Puebla y Ballet Cultural de la ciudad de Puebla, que finalmente arribó, pasadas las 3 de la tarde.
Pero el espectáculo no parecía ser el centro de atracción de los visitantes, que seguían llegando en vehículos particulares, dirigiéndose directamente a la zona arqueológica, adentrándose en las calles perfectamente trazadas y empedradas de la zona, para ir en pos de los efluvios solares. Ya arriba de alguna de las estructuras, que ahí no tienen gran altura, se situaban con la mira hacia cada uno de los puntos cardinales, levantando las manos e invocando a alguna deidad, basados en sus propias creencias. Otros se limitaban a subir y permanecer un rato admirando el paisaje, poblado de cactus, pinos y oyameles, que contrasta enormemente con la aridez que acompaña el recorrido desde la salida de Puebla hasta Tepeyahualco, cuya vegetación comienza a cambiar a medida que se asciende hacia Cantona.
Por cierto, el viaje hasta la zona arqueológica resultó más rápido y fácil que en visitas anteriores, dado que está recién asfaltado el tramo carretero de 16 kilómetros que conduce de Oriental a Tepeyahualco, y sólo falta la conclusión del puente Salado para poder circular libremente y sin interrupción. Inclusive el tramo de terracería que conduce de la cabecera municipal de Tepeyahualco hasta la zona estaba recién aplanado por las máquinas, lo que redujo en la mitad el tiempo del trayecto hasta el lugar.
Los trabajos de excavación en Cantona iniciaron en 1992, y fue abierta al público en 1994, aunque supuestamente fue descubierta por Henri de Saussure en 1855 y visitada a principios de siglo por Nicolás León, quien hace una amplia y completa descripción de las estructuras y objetos que en ese momento se encontraban a flor de tierra. Otro estudioso, Paul Gendrop, en 1938 menciona que el sitio ocupa una extensión de casi 20 kilómetros de largo por 12 kilómetros de ancho.
El estudio reciente del área fue elaborado por çngel García Cook, quien se hizo cargo de los trabajos de rescate. Actualmente el área descubierta y abierta al público ocupa apenas tres kilómetros, lo que constituye apenas el uno por ciento de su extensión original.
Durante las excavaciones se encontró vestigios de que los antiguos moradores realizaban prácticas de autosacrificio, como navajillas de obsidiana y entierros que se encontraron como ofrendas.
En la plaza de la fertilización de la tierra o plaza central, en donde se encuentra la pirámide más grande, fueron localizadas nueve esculturas fálicas, con los que al parecer realizaban ofrendas a las deidades para favorecer las cosechas.
La magnitud de la urbanización de Cantona -que además era una ciudad fortificada-, comprende 500 calles, 3 mil patios habitacionales, 24 juegos de pelota, además de plazas, plataformas, pirámides, adoratorios y unidades arquitectónicas que la comunicaban con villas y aldeas.

En proyecto, el museo de sitio

Pero la historia de Cantona no puede ser comprendida en su magnitud por el visitante, debido a la inexistencia de un museo de sitio en donde se exhiba las piezas encontradas durante las excavaciones y que explique otros aspectos de las culturas que habitaron la ciudad prehispánica.
Aunque al parecer, según informó tiempo atrás el delegado del INAH, Víctor Hugo Valencia Valera, el museo está presupuestado para este año, a la fecha no hay señales que evidencien el inicio de su construcción.
La carencia de un museo de sitio fue suplida durante un tiempo por don Juventino Limón Limón, habitante de Tepeyahualco fallecido el año pasado, quien coleccionó durante años diferentes piezas encontradas en el sitio, las cuales exhibió en su casa en un pequeño museo, acondicionado para el efecto.
No obstante, actualmente su esposa y sus hijos, ante el anuncio hecho por las autoridades del INAH del proyecto de instalar un museo de sitio, se muestran temerosos ante la posibilidad de que se les despoje de los objetos para ser llevados fuera de la región.
Así lo expresó Sara Limón de Rivera, quien impidió a los reporteros de este diario el acceso al "museo" instalado dentro de su hogar, por temor a que una mayor difusión de las piezas pueda hacer más factible su enajenamiento por parte de las autoridades del INAH o inclusive de los ladrones.
Sin mencionar el número de piezas, aseguró que la colección la inició su padre desde 1935, cuando nadie sabía de la existencia de los vestigios arqueológicos, y según ella, fue (çngel) García Cook, el arqueólogo que estuvo a cargo del proyecto de excavación, "quien se llevó todas las piezas" de Cantona.
Inclusive, planteó que el nombre de Cantona es equivocado, pues el nombre en náhuatl es Caltonal, que significa la casa del sol (de callicasa y tonatiuhel sol).
Lamentó que hasta ahora, a pesar de que fue su padre, don Juventino Limón, quien dio a conocer el sitio, no se le haya hecho ningún reconocimiento u homenaje ni por parte del gobierno federal, estatal ni el municipal.
Además, en caso de construirse el museo de sitio y embellecer la zona para la mayor afluencia del turismo, su padre, que trabajó tanto, ni siquiera va a poder ver los frutos de ello, consideró.